Somoniacos

  • CANTO XIX · Tercera Bolsa. La Carcoma Abrasada

    Tercera Bolsa. La carcoma abrasada. Manipuladores de los bienes sagrados. Simoniacos.

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      Hemos llegado al tercer foso y
    estamos en el medio del arco, en
    la mitad del puente, y también
    al medio del tercer abismo, ni
    tan hondo ni tan estrecho, pero sí
    más terrible que los otros.

      Ven mis ojos que caen en terraplén
    sus paredes, y la tierra —allí
    lívida— está llena de agujeros
    redondos e iguales como cuando
    entra en la madera la carcoma.
    Por cada uno de ellos asoma
    un par de piernas, y los pies, formando
    antorchas, arden como candeleros
    de aceite, desde el calcañar
    a la punta.
                    Patean de dolor
    aquellos miembros, con tal furor
    y rabia, que harían saltar
    los altares. Y cual suele pasar
    con las llamas mantenidas por
    fluidos grasos, producen terror
    y gran miedo, pues parecen flotar
    en la superficie.
                          Y tras mirar
    todo alrededor:  —¿Quién es, Señor,
    ésa que oscila más que las demás?
      —Si quieres que te acerque, lo sabrás
    por ti —me dice—.  —Tú sabes mi temor
    y mi ansia.
                   Y así, tras llegar
    al cuarto foso, volvemos atrás
    a la izquierda. Mi Guía me toma por
    la cintura, me asienta con vigor
    en sus caderas y me baja al compás
    de sus pisadas, sorteando las
    llamas que forman alrededor,
    en las laderas, un aterrador
    espectáculo, tal como jamás
    se ha visto, hasta dejarme junto
    al hoyo que buscamos.
                                    Ya al asunto
    a que venimos, me dirijo a aquel
    miserable, inclinándome sobre el
    orificio. Y él, así que me oyó,
    grita:  —¿Tan pronto, Bonifacio? No
    te esperaba aún. ¿Ya se hartó
    tu alma de riquezas, y de haber
    engañado a la Iglesia, y de hacer
    simonía con sus bienes?  Yo
    quedé mudo. Mi Guía me indicó:
      —Dí: "No soy el que esperas".
                                                 Fue saber
    mi respuesta y enfurecer 
    como un demente. Luego añadió
    amargamente:  —Entonces, ¿qué deseas?
    ¿A qué vienes? ¿Qué te importan las teas
    de mis pies? Y ya que estás aquí,
    te diré que no ha poco revestí
    la púrpura, ávido de amasar
    para los míos, y vine a dar
    a este pozo.
                       Yo estaba como
    el fraile que confiesa al traidor
    que —ya hincado— le reclama por
    aplazar su muerte. Y abierto el pomo
    de su infamia, prosiguió sin asomo
    de vergüenza:  —Aquí hay mucho pastor
    de mi estilo. Sobre mi antecesor
    yazco, y un nuevo mayordomo,
    aún peor al que espero, tomará
    su puesto. ¡Ése sí esquilmará
    al rebaño! Será como el Jasón
    de los Macabeos, siervo y pendón
    de reyes y los gustos del poder.

      Y aquí ya no me pude contener
    más:  —Di ¿cuánto pidió el Señor
    a Pedro? Y Pedro y los demás,
    ¿cuánto pidieron? No iban detrás
    del oro, salvo uno, el peor
    de los hombres. Queda con tu dolor
    y retuércete, porque aún más
    fuerte fuera el fuego en que estás
    y fuera justo. Sois el horror
    y la burla de la Iglesia y del mundo.
    Juan ya os vio como la mujerzuela,
    desposada del rey, que se vende
    en el arroyo. Di: ¿cómo entiende
    vuestra razón y vuestra escuela
    la idolatría? Y si no hundo
    más mi lengua, no es por falta de
    ganas: me lo veda el respeto
    al cargo del que hiciste amuleto
    de Midas. ¡Ay, Constantino! ¡Qué
    amarga tu dote! Porque fue
    rico el pastor.
                       Y en tanto yo arremeto
    indignado —sea por el objeto
    de mis palabras o por la rabia de
    escucharlas—, el mísero, al mismo
    tiempo, pataleaba con más
    furia.
          Creo que a mi Guía le agradó
    mi discurso. Tras ello me abrazó,
    y cual me trajo, me vuelve atrás,
    hasta dejarme sobre el cuarto abismo.