Las bolsas malditas

  • CANTO XVIII · La Codicia

    La codicia: el cubil de la loba, las Bolsas malditas. Círculo octavo. Primera Bolsa: látigos. Manipuladores del sentimiento: Venedico. Jasón. Segunda Bolsa: estiércol. Aduladores: Alessio, Tais.

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      Hay en el Infierno un lugar llamado
    las Bolsas Malditas. Lo forman diez
    fosos que en círculos, cada vez
    más estrechos, hacen plano inclinado
    en embudo. Cada uno está aislado
    de los otros por una ancha pared
    de piedra roja y  hay una red
    de arcos—puentes que parten del lado
    externo. En el fondo, se abre la
    boca del pozo donde todo es
    muerte.

                Raudo, Gerión se va,
    mordiendo esta vez el revés
    de su cebo. Estamos al borde del
    primer foso. Virgilio toma el
    giro a la izquierda y puedo ver
    abajo, a mi derecha, el suelo
    de la zanja y el minucioso celo
    de los látigos, que en el poder
    de los demonios, muestran saber
    su oficio. Los espíritus —hielo
    enfebrecido— se gozan del duelo
    del hombre.
                       Y cual se suele hacer
    en las calles, allí los condenados
    corren en dos sentidos —como rueda
    de doble dirección—, azotados
    continuamente, sin que nada pueda
    evitarlo.
                 Vuelve a mi recuerdo
    la loba maliciosa y cómo pierdo
    toda mi esperanza al contemplar
    sus ojos, y me estremezco ante lo
    que me preparaba. ¡Bien lo vio
    mi Guía, que me hizo escapar
    de sus garras, a costa de cruzar
    el Abismo! ¡Bien lo conoció
    la que desde el Cielo me envió
    su ayuda!
                    ¡Malas Bolsas! ¡El lugar
    donde lleva la codicia a su presa
    para devorarla! El hombre no
    pierde su alma, poco a poco la
    va entregando, poco a poco la va
    matando en sí, hasta que entró
    en la boca de la muerte: besa
    al Amigo y le vende.
                                     Al ir
    caminando, mi vista reparó
    en una sombra que me pareció
    conocida, aunque sin distinguir
    su rostro. Me paré a concluir
    mi examen y mi Guía consintió
    en volverse un poco, para que lo
    hiciera. No fue éste el sentir
    del de abajo, que se quiso ocultar
    bajando el rostro, pero de poco
    le valió:  —Si no me equivoco
    —le digo—, tú eres Venedico. ¿Qué
    te hizo llegar aquí?
                              Y él:  —Se
    que lo sabes, aunque más dio en hablar
    tu pueblo. Soy el que llevó
    a su hermana a ceder y entregarse
    a los gustos del grande, por cobrarse
    el precio. Y espléndido me pagó
    el capricho. Pero no soy yo
    el único, que en lo de rentarse
    de las honras, sí puede honrarse
    mi avara tierra.
                            En estas le hincó
    el látigo un demonio, gritando:
      —¡Corre aprisa, rufián, como corrió
    tu ansia! ¿Es que ya se sació
    tu codicia? ¡Corre! ¡Sigue hurgando!
    ¡Ve si aquí hay mujeres que mercar!

      Yo vuelvo con mi Guía, y tras andar
    un corto trecho por el borde, damos
    con un lugar en donde sobresale
    un gran peñasco que aquí nos vale
    de puente, y por él nos separamos
    de la primera orilla.
                                   Estamos
    sobre el vacío. Entra y sale
    la doble hilera, tal que no la iguale
    rebaño a matadero. Nos paramos
    en el medio del arco, y mi Maestro
    me muestra, a mi derecha, la fila
    de dentro que ahora nos viene
    de cara:
              —Ése es Jasón, tan diestro
    como falaz: seduce a Hipsila,
    que le salvó de la muerte, obtiene
    lo que buscaba y la abandona,
    dejándola encinta, igual que
    a Medea. Harto necio fue
    su valor, pues aquí no se perdona
    su infamia. ¡Vámonos!, esta zona
    no merece mirada, ni que el pie
    se detenga, ni pena alguna de
    su tormento. No en vano se traiciona
    al sentimiento
                          Y cruzando el puente,
    pasamos sobre el arco del segundo
    foso. Un hedor, denso y pestilente,
    sube del fondo y cubre la roca
    de un moho tan sucio que provoca
    náuseas. El hueco es tan profundo
    y angosto que no es posible hallar
    el suelo, e inútil, la mirada
    topa con la pared. Pero en la arcada,
    hacia el centro, vemos despuntar
    un peñasco que parece retar
    al vacío.
               Desde allí, bajada
    la vista y no poco esforzada,
    llego al final de aquel lugar
    infecto. No existe muladar,
    ni letrina, ni estercolero que
    se le parezca. Y revolcándose
    en él, vi a mucha gente, hozándose
    en su inmundicia.
                                Pronto me fijé
    en uno, que me era familiar
    por sus gestos. Y él, que lo notó,
    me grita:  —¿Por qué me miras más
    que a los demás? Y yo:  —Porque estás
    muy sucio, Alesio. Eso es lo
    que veo.
                 El otro se golpeó
    la cabezota, gruñendo a su compás:
    —Aquí estoy tras mi lengua que jamás
    se sació de alabanzas.
                                        Concluyó
    mi Maestro: —Si te inclinas, verás
    a esa mujer infecta, que se araña
    con sus uñas inmundas. Es Tais, la
    cortesana: siempre te admirará,
    si eres rico. Ya está esa alimaña
    en su sitio.
                      Y no quise ver más.

  • CANTO XXIII · Huyendo de la Tropa Infernal

    Huyendo de la tropa infernal. La Sexta Bolsa. Las capas de plomo dorado. Los hipócritas. Hipócritas pisoteados. Anas. De aquí no hay salida.

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                           En fila, silenciosos
    como frailes menores, proseguimos
    nuestro viaje, ya sin los arrimos
    de los demonios, pero no con dichosos
    pensamientos, sino más tenebrosos
    todavía.
                Por la mente sentimos
    más allá del instante que vivimos.
    Hay enlaces sutiles, misteriosos,
    que llevan la memoria hacia adelante,
    y ésta me dio la fábula de Esopo,
    de  “La rana que quiso ahogar a un topo
    y los llevó un vilano". Y enlazando
    los sucesos, la vi tan semejante
    con el nuestro, que quedé temblando.

      Yo pensaba: —Los demonios han sido
    engañados. Buscarán un culpable
    y lo hallarán. Su mente miserable,
    ya de por sí cruel, se habrá crecido
    con la burla. Y como han perdido
    al del foso, ¿quién será? No se hable
    más: ¡nosotros! Y eso no es probable,
    ¡es seguro! Estos ya han decidido
    capturarnos.
                      Y no hay que tener
    mucha imaginación para saber
    lo que nos esperaba de llegar
    a sus garras, pues llegué a envidiar
    al rufián, y por primera vez,
    me pareció deseable la pez
    hirviente.
                 —Mi Señor, presiento
    que si no huimos pronto, vendrán
    por nosotros y así saciarán
    su furia. Me parece que los siento
    ya —le digo.
                     —Hijo, tu pensamiento
    y el mío son gemelos. No podrán
    atraparnos. No nos encontrarán
    donde esperan y no hay momento
    que perder. A nuestra derecha está
    la sexta fosa. Nos deslizaremos
    por su borde y así nos libraremos
    de la presunta caza.
                                    Aún estaba
    hablando cuando vi que se acercaba
    la hueste con sus negras alas ya
    sobre nosotros.
                             Mi Maestro no
    se lo pensó dos veces: Igual que
    la madre que al despertarse ve
    que hay fuego, y sin importarle lo
    que pase va a la cuna en que dejó
    al hijo, y ya en sus brazos, aunque esté
    sin ropa alguna, huye con él de
    las llamas, así él se deslizó
    conmigo por el borde. Y no corriera
    más veloz el agua en el canal
    del molino, como él por la pendiente
    de la roca.
                    Cuando llegamos al
    suelo, vimos cuán precisa era
    la huida, y la tropa –impotente—
    nos miraba desde arriba, derrotada
    por segunda vez, pues el poder
    divino no les deja trasponer
    sus límites.
                     En cuanto a mí, superada
    la aventura, ya tenía ocupada
    mi mente y mi atención en conocer
    el nuevo sitio. Y pude ver
    que su gente iba toda pintada,
    y cubierta con grandes capas con
    capuchones, como los monjes, pero
    de color tan brillante que dañaban
    la vista.
               En lenta procesión,
    giraban a la izquierda y mostraban
    tal cansancio y fatiga, que el mero
    hecho de alzar el pie, les dejaba
    exhaustos. Sus cansinos lamentos
    llenaban todo el foso con acentos
    lúgubres, tales como el que cava
    su fosa. Yo, en silencio, observaba
    sus rutilantes trajes y sus lentos
    andares. Y vi que sus sufrimientos
    venían de las capas.
                                Aún estaba
    en esto, cuando mi Guía tomó
    su misma senda, y aunque yo
    intentaba mirarles, no me era
    posible: tan lentos iban, que
    a cada paso cambiábamos de
    condenado.
                    —Mi Señor, si hubiera
    modo —le digo—, mira de encontrar
    a algún conocido. Mas no fue
    preciso buscarlo, porque el de
    atrás —que me oyó— vino a procurar
    mi deseo:
                 —Vosotros, que al pasar
    asemejáis el viento, sabed que
    entiendo vuestra lengua que hablé
    arriba. Si podéis esperar,
    hacedlo.
                  Y mi Maestro: —Espera
    —me dijo—. Y aunque apenas hubiera
    trecho, harto tardaron, él y otro que
    le acompañaba. Al llegar, me
    miraron torvamente y se volvieron
    entre sí: —Si está vivo —se dijeron—,
    ¿por qué está aquí?..., y si está muerto,
    ¿por qué no lleva capa y su peso
    no le oprime?
                         Pero no por eso
    se conformaron. Luego, y por cierto,
    con las suaves maneras del experto
    —que bien conoce el corazón avieso—,
    con comedimiento y sin exceso
    alguno, me mostraron su abierto
    deseo de saber de mí.
                                     —Toscano,
    que has venido a la triste mansión
    de los hipócritas, dinos quién eres.
    Y yo les respondí:  —Mi corazón
    aún late. Nací y crecí en el llano
    del Arno, en la ciudad de poderes
    opuestos. Mas vosotros, que os veo
    tan hundidos, ¿cuál es vuestra pena?,
    pues tal parece que vuestra condena
    es muy pesada.
                             Uno de ellos —creo
    que el que nos llamó— tras el cuchicheo
    habitual, me dijo con voz llena
    de fatiga:
               —La capa está rellena
    de plomo, cual fue nuestro deseo
    de fingir la bondad. Ahora gemimos
    como balanzas repleta. Fuimos
    de una orden justa e hicimos pingo
    de su enseña. Este dorado plomo
    que nos aplasta, carga en nuestro lomo
    el peso de las ruinas de Gardingo.
    Tu ciudad nos llamó para poner
    la paz, e hicimos nuestra guerra.
    El lugar devastado que os aterra,
    es las resultas de nuestro poder
    e intrigas.
                   Yo quise responder,
    pero no pude… Tendido en la tierra
    con tres estacas cuya línea cierra
    la forma de una cruz, pude ver
    un cuerpo en el camino, que era
    pisado por todos.
                                Al yo callar,
    notó el otro mi asombro y me explicó
    su causa:  —He aquí al que declaró
    que es justo que el justo muera
    —y como un criminal—, para salvar
    al pueblo. Ahora es la estera
    de todos los hipócritas.
                                         Yo vi
    que el Poeta le miraba cual si
    aquello no estuviera la primera
    vez que bajó, y esta maldad fuera
    extraña a su mundo, monstruosa y
    execrable a sus ojos. Y sentí
    vergüenza. Y bien quisiera
    decirle que no se repitieron
    nunca más las palabras que fueron
    nuestro escarnio. Pero el
    sendero, desde entonces, estaba
    empedrado de seres como aquél,
    todo a su largo.
                            Mi Señor buscaba
    el modo de salir y preguntó
    al tapado: —¿Sabes si a la derecha
    existe alguna senda que aprovecha
    a un puente?
                        El otro respondió:
      —Al temblar la tierra, aquí no quedó
    ni un arco. Desde entonces esta brecha
    está aislada, al par que fue hecha
    la senda infamante. De aquí no
    hay salida. Ved si podéis volar
    sobre los restos que quedaron en
    los bordes del que se derrumbó
    más adelante.
                       Y mi Guía:  —¡Bien
    mintió aquel demonio! Y se alejó
    enojado. Y yo le fui a buscar.

  • CANTO XXIV · Escalando el Pozo

    Escalando el pozo. La Séptima Bolsa. Las serpientes furiosas. Los ladrones. El ladrón mordido. Fucci el Mulo. Cuarta Predicción sobre Dante y su ciudad.

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      Cuando en febrero los días son ya
    más largos y en el campo la helada
    copia a la pluma inigualada
    de la nieve, el campesino, que está
    escaso de forraje, mira la
    tierra —que quisiera verde— y hallada
    blanca, no sabe qué hacer. Mas mirada
    luego, ve mudar el paisaje, va
    por el ganado y lo lleva a pastar.

      De un modo semejante vi cambiar
    la faz de mi Maestro, así llegó
    al puente. Lo miró largamente,
    y como el que ya ha hallado lo
    que hacer, abrió los brazos mansamente:

      —¡A trepar! Y ya me había izado
    en un peñasco y me señalaba
    el siguiente, mientras calibraba
    su resistencia.  —Ahora ten cuidado,
    no te sueltes sin haber comprobado
    que aguanta.
                        Y mientras me empujaba,
    sostenía mis pasos y alertaba
    por aquel tramo de ambos ignorado.
    Mal camino al que llevara capa,
    o no llevara Guía; porque yo
    con su ayuda, y él sin las cadenas
    del cuerpo, a durísimas penas
    podíamos cubrir aquella etapa
    por entre las ruinas que no holló
    pie humano alguno.
                                Pero el lado
    de la pared interna de aquel tajo,
    afortunadamente es más bajo
    que el otro. Malas Bolsas está echado
    todo hacia el centro, donde helado
    arde el Cocito y más abajo
    no hay nada.
                       Así, aunque con trabajo
    ímprobo —y que yo habría dado
    por perdido—, logramos alcanzar
    el punto en que la roca se desgaja
    del borde y hace como un hendido
    en plataforma. Allí caí rendido,
    con los pulmones a punto de estallar
    y faltándome el aire.
                                  —¡Ataja
    el cansancio!— exclamó mi Señor—.
    No se llega a la victoria con
    blanduras. Sólo el recio corazón
    logra el premio. Cuanto hay de valor
    cuesta. ¡Levántate!, el dolor
    pasará. Ve que el cuerpo es carbón
    seco e inerte, si la pasión
    del alma cesa. Pero el amor
    lo mueve todo, sin él, el hombre
    no es nada. Y aunque te asombre
    esta pendiente, aún nos espera,
    mas ya al aire libre, una escala
    más alta.
                  La palabra verdadera
    tiene en sí tal virtud, que cala
    en ser y crea el acto. Fue
    como si un nuevo aliento prendiera
    en mi pecho y enardeciera
    mis potencias. Me incorporé
    al instante:
                    —¡Vamos, Maestro! —le
    digo—. Ya no hay cansancio y espera
    el escollo. ¡Vamos! Ya quisiera
    verlo vencido y ya te demoré
    por demás.
                     Seguimos ascendiendo
    por la grieta —más dura, estrecha
    y empinada—, yo hablando por mostrar
    mis nuevas fuerzas. Y casi al llegar
    a la cima, oímos de la brecha
    siguiente una voz que, procediendo
    de garganta humana, más pareciera
    de loba rabiosa, despedazada
    por la ira a todo y tan privada
    de todo juicio, que a más pusiera
    toda mi atención, no me era
    posible descubrir en ella nada
    racional. Ya sobre la hondonada,
    tendí los ojos, y era tal barrera
    de negrura, que nada pude ver.

      —Busca, Señor —le digo—, descender
    por algún sitio, pues estas gentes
    se ocultan. Mi Guía no respondió,
    pero cruzado el arco, bajó
    por su extremo. ¡Y vi las serpientes
    de aquel pozo!
                         ¡Que no se enorgullezca,
    nunca más, la Libia y sus arenas:
    que si quelindros, farias, anfisbenas,
    yáculos y cencros hace que crezca
    su desierto, ello es porque aparezca,
    en imagen oscura y en terrenas
    formas, la sustancia de éstas, tan llenas
    de veneno, que hacen que palidezca
    cualquier figura!
                           A mí, que contemplaba
    el foso desde arriba, se me helaba
    la sangre. Y entre la muchedumbre
    de reptiles, vi a muchos desgraciados
    que corrían desnudos, aterrados,
    tratando de huir, con la certidumbre
    de no haber sortilegio ni lugar
    de refugio.
                    Corren rodeados
    desde todas partes —muchos atados
    los brazos y los muslos— y al aullar
    de su pánico, se une el silbar
    de los ofidios que, ayudados
    del número, se enroscan apretados
    a tronco y pecho hasta alcanzar
    la cabeza.
                   En estas —y aquello
    me quedó grabado—, uno —el más
    cercano—, fue mordido en el cuello,
    debajo de la nuca. Se incendió
    como una antorcha, ardió y cayó
    al suelo. Y una vez allí, las
    cenizas volvieron a rehacer
    el cuerpo.
                   Y como el que ha caído
    tras un trance —a veces producido
    por el Maligno y otras el padecer
    de la epilepsia—, que al volver
    en sí y despertarse, aún aturdido
    del golpe, sólo tiene el sentido
    de la angustia; y sin comprender
    lo que le sucedió, se va palpando
    las partes de su cuerpo, mirando
    si está entero y si puede mover
    sus miembros; y luego se levanta
    poco a poco, y apenas se aguanta
    sobre sus piernas, así fue hacer
    aquel condenado que nos miró
    incierto.
                Mi Guía le preguntó
    quién era. Y él:  —Tu tierra me echó
    hace poco. De siempre me agradó
    la vida feroz, cual me engendró
    mi padre: ¡bastardo! Y bien lo
    demostré, porque jamás me domó
    buen sentimiento, ni me importó
    ser alguno. Soy Fucci el Mulo, y
    Pistoya fue mi digno cubil.

      Yo quedé muy extrañado, porque si
    mal no sabía, era hombre brutal,
    de carácter propio del cenagal
    de Estigia, mas no para el reptil
    artero. Así, rogué a mi Señor
    que le preguntara por su pecado.
    El otro me miró con el enfado
    del odio contenido y el color
    del despecho. Luego, con un rencor
    sordo, dijo:
                    —Me has desenmascarado,
    lo que aborrezco más que haber dejado
    vuestro mundo. Soy un depredador
    sacrílego y a punto estuvo
    un inocente de pagar mi crimen
    en la horca. No fui yo quién le tuvo
    lástima. Y para que te lastimen
    mis tormentos, y por si te acuerdas
    de mí, toma esto, para que muerdas
    en tu futuro:
                       “En primer lugar:
    vuestros enemigos partirán de
    Pistoya e irán a tu ciudad que
    cambiará de dueños, al llegar
    ellos —y bien saben cómo lograr
    aliados—. Dos: tu patria, que fue
    hermosa, pronto será que esté
    burlada. Y tres: Marte hará juntar
    vapores de guerra. El huracán
    bajará sobre el Campo de Piceno
    a descargar su furia. Saldrán
    los dos ejércitos. Ten por cierto
    que cuando cese de bramar el trueno,
    todo cuanto has amado estará muerto”.
    Y ahora, ¡alégrate!

  • CANTO XXIX · Décima Bolsa: Los Enfermos Putrefactos

    Décima Bolsa. Los enfermos putrefactos. Destructores de la verdad. Adulteradores de las cosas. Capocchio.

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      ¡Aquella multitud! ¡La visión
    de tanta sangre…, la división
    de los cuerpos…, la dispersión
    de los miembros…, la exposición
    de las entrañas…, la destrucción
    del sentido…! Tanta desolación
    y tan ingente, en irrupción
    continua, entrando en aluvión
    por mis ojos, en tal modo oprimió
    mi alma, que hubiera deseado
    detenerme para poder llorar
    y desahogarme.
                              Virgilio habló
    impávido:  —¿Qué haces ahí, pasmado
    y quieto? No te he visto actuar
    así en las otras fosas. Ya has mirado
    bastante. Si los quieres contar
    faltan siglos. La luna está a mediar
    su arco, el tiempo señalado
    es corto y no hemos empezado
    para lo que falta. Deja su pesar
    para ellos y vuelve a estar
    en ti.
         —Señor, si hubieses reparado
    en el motivo por el que buscaba
    en el fondo, quizás me hubieras
    permitido quedarme algo más
    —le respondí.
                          Mi Guía se alejaba
    ya, y yo —siguiéndole detrás— seguía
    insistiendo:  —En las ringleras
    de allí abajo, gime uno de
    mi sangre.
                  —Olvídalo —respondió
    mi Guía—. Piensa en otra cosa. Yo
    le vi, bajo el puente y cómo te
    mostraba a los otros. Por cierto, que
    alzó su puño y te amenazó.
    Tú, absorto al decapitado, no
    miraste a donde estaba y se fue.
      ¡Ay Señor! Nadie se ha ocupado
    de su muerte ni de su asesino
    —respondí—. Según dices, imagino
    que por eso estará irritado
    con nosotros.
                          Así continuamos
    por la roca, hasta que alcanzamos
    la parte que domina la vertiente
    de la última fosa. Y cuando
    Malas Bolsas nos mostró su nefando
    valle de los falsos, fue tal torrente
    de lamentos y de tan hiriente
    modo, que me eché las manos, tratando
    de librar mis oídos.
                                  Ni aun juntando
    en una fosa, toda la doliente
    multitud de enfermos y apestados
    de todos los lazaretos, hospicios
    y hospitales, si fueran arrojados
    a aquel hondo como desperdicios
    para que se pudrieran al calor
    del verano, darían más hedor
    de gangrena.
                         No hay putrefacción
    de carne que se pueda comparar,
    ni tormento como el respirar
    la hediondez de su descomposición
    consciente. Y si mi corazón
    estuvo casi a punto de estallar
    en la novena fosa, al contemplar
    ésta, sólo siento repulsión
    y asco.
               Ni cuando se infectó
    el aire en Egina —que pereció
    todo, hasta el gusano, y según
    los poetas, tan sólo quedó un
    germen de una hormiga y de él
    la repobló Júpiter—, ni en aquel
    pueblo se vería tal temor
    y abatimiento, como el que ven
    mis ojos.
                  Veo los cuerpos en
    montón, como cuando en el horror
    de la peste van los carros por
    las calles con muertos y también
    vivos. Y en aquel almacén
    putrefacto veo, alrededor
    de mí, a los seres amontonados
    languideciendo, los unos tumbados
    en los otros. Algunos, torpemente,
    se remueven, algunos trataban
    de arrastrarse a tientas y rodaban
    por el suelo.
                        Bajamos la pendiente
    por la izquierda; los labios apretados,
    mi Maestro delante; yo mirando
    a aquellos míseros y tratando
    de no oírles.
                        Vi a dos, medio sentados
    en contra de sus hombros y apoyados
    entre sí, igual que las tejas cuando
    se cuecen. Se estaban aplicando
    las uñas a sus cuerpos, plagados
    de pústulas de cabeza a pies,
    para calmar la horrible comezón,
    con tal rabia, que se lo arrancaban
    a pedazos, como el cuchillo con
    las escamas del escaro, y se llevaban
    la carne con ellas.
                                 Virgilio les
    miró y dijo a uno:  —Tú, que
    así aplicas tus armas para hacer
    tu destrozo, que no pudiera haber
    mejores alicates, así te
    duren eternamente y no se
    te acorten en ese menester,
    si me dices dónde puedo ver
    a algún latino.
                         El otro le
    respondió sin mirarle, ni dejar
    de llorar y arañarse:  —Ambos lo
    somos. Del resto, pronto vendrá
    el tiempo en uno no podrá
    ni rascarse, porque van a bajar
    tantos y en tanto modos, que no
    habrá hueco. ¿Y tú quién eres, que
    así preguntas?
                         Mi Guía contestó:
      —Uno que trae a otro que no
    está muerto y presto ha de
    regresar a la tierra. Tal fue
    el encargo que se me pidió.
    Viene para observar todo lo
    que hay aquí. Luego le mostraré
    lo de abajo.
                       Las sombras dejaron
    de apoyarse entre sí y se tornaron
    temblando hacia mí. Mi Señor
    se me acercó:  —Les puedes preguntar
    lo que quieras.
                           Yo, haciendo honor
    a su permiso, empecé a hablar:
      —Ojala que vuestros nombres no se
    olviden en el mundo que he dejado
    arriba, antes bien les sea dado
    durar mucho, como quisiera que
    me dijerais quiénes sois y de
    qué lugar. Dejad vuestro cuidado
    un momento y pese a vuestro estado,
    no os importe decirme cual fue
    la culpa que así os destroza.
                                               —Yo
    fui de Arezzo —dijo uno— y Albero,
    el de Siena, al fin consiguió
    mi muerte. Cierto que le hice pensar
    —por burlarme— que sabía volar.
    El tonto, tan curioso cual ligero
    de juicio, quería el capricho. No
    le hice un Dédalo y me hizo arder.
    Mas mi muerte nada tiene que ver
    aquí. Minos —que no yerra— me vio,
    se ciñó diez veces y me mandó
    a esta yacija, por corromper
    los elementos y envilecer
    las fórmulas. En eso remató
    mi alquimia.
                        Yo me volví al Poeta:
      —¿Podrá haber —le dije— gente más
    fantasiosa que los de Siena? Ni
    los franceses les alcanzan.
                                              —Así
    es —dijo el otro leproso—. Mas
    deja fuera a Stricca, de tan discreta
    mente, que en un año consumió
    su hacienda. A Niccolo, por crear
    la rica salsa para el buen manjar
    y por el clavo que tan bien usó.
    Y a la pandilla que se arruinó
    en veinte meses, donde fue a mostrar
    su ciencia Abbagliato, a pesar
    de los libros, a los que dedicó
    tanto tiempo.
                         Y si quieres saber
    quién te lo dice, mírame y verás
    a Capocchio, el sienés. Y ve por
    cuanto se ha echado a perder
    mi gran genio, pues reconocerás
    que nunca habrá mejor imitador.