Virgilio,

  • CANTO XXI · Quinta Bolsa. La Brea Hirviente

    Quinta Bolsa. La brea hirviente. Manipuladores de los oficios públicos. Los demonios de Garras Malditas. El arco derrumbado.

    Canto XXI

      Como en invierno en el arsenal
    de Venecia arde tenaz la pez
    para los barcos, que por la vejez
    o averías no pueden darse al
    mar… y en tanto que cada cual
    construye su nave, otro a la vez
    calafatea, dando solidez
    al casco, tras el agua y la sal
    de muchos viajes… y uno embrea la
    proa, otro la popa, quien hace
    remos, quien retuerce cuerdas, quien
    a los costados… y aquéllos, ya
    más avanzados, atienden al enlace
    de la arboladura y al sostén
    de los palos de las mesana a
    la mayor…, así —mas por fuego no
    común—,  vi hervir un alquitrán que lo
    invadía todo.
                         Poco hallará
    allí el viajero y en vano andará
    la vista. La mía se empleó
    a fondo y solamente vio
    la masa densa, espesa, que se va
    hinchando y levantándose, revienta
    sus vejigas, esparciendo la pez,
    y vuelve a comprimirse, una vez
    y otra… y otra…, ya sin cuenta
    ni final.
               Contemplaba el hervor,
    absorto en él, cuando mi Señor
    me agarra fuertemente:  —¡Cuidado!
    ¡Cuidado!, murmura. Presentí el
    peligro cerca. Y como aquél
    que quiere ver lo que le ha causado
    el pánico sin dejar el dictado
    de los pies, así estaba yo: del
    miedo al deseo.
                             Y no hay piel
    que no se hubiera toda erizado
    ante el negro demonio que volaba
    por detrás de nosotros, trasportando
    en su espalda a uno que colgaba
    como un saco, sujeto por los
    pies.    
        —¡Agarradlo bien! ¡Ahí os
    va! Y lo arrojó al foso, gritando
    a sus congéneres:  —¡Ved lo que viene
    a Garras Malditas! ¡Un buen juez
    de Lucca que nos trae su merced!
    Yo vuelvo a esa tierra, que tiene
    muchos y grandes, y ya conviene
    que algunos prueben la honradez
    de sus juicios. ¡Ea!, que esta vez
    no falle. Vea si aquí le sostiene
    su cargo.
                   El mísero se hundió
    en la brea y subió hecho un arco,
    pero los otros, armados de arpones,
    le esperaban. Y bien se ensañó
    aquella chusma, pues no hubo barco
    mejor engarfiado ni histriones
    más sádicos:  —¡Baila, baila! —gritaban
    riendo—. Y no te dobles, que aquí
    no hay Justo. Nada ahora. Ve si
    flotas como en tu Serchio.
                                            Y apretaban
    hincando los chuzos hasta que acaban
    de sumergirle:  —Y pobre de ti,
    si vuelves a asomarte. Queda ahí
    con tu firma por si te la recaban.
    Tal los marmitones hacen con las
    viandas.
                 Y mi Señor:  —Queda tras
    una roca, que no te vean, en tanto voy
    a hablar con ellos. Pero te doy
    un aviso: no te asustes si me
    quieren ofender, que harto se,
    por antes, cómo son estos venales.

      Cuando estuve a cubierto, él cruzó
    el puente y tan pronto alcanzó
    el borde, ellos —como chacales
    hambrientos—, le rodean brutales
    y maliciosos. Siempre me asombró
    su valor, pero aquí se me mostró
    su prudencia. Sin mostrar señales
    de inquietud les grita:  —¡Que ninguno
    se atreva a tocarme! Busco al jefe
    y él verá lo que os conviene hacer,
    después de oírme.
                                  De entre ellos, uno
    se adelanta.  —¿Crees tú, mequetrefe,
    —le dice—, que te va a valer
    de algo?Y mi Maestro:  —¿Y tú te
    imaginas que yo habría bajado
    hasta aquí, de no estar guardado
    y protegido en todo? Te diré
    más: allá vosotros. Yo ya os he
    advertido. Por mi parte, he tratado
    de mostrarme cortés y demasiado
    sabes que no puedes burlarte de
    quien me envía. Déjame pasar
    con el mío, no vaya a aumentar
    vuestro daño.
                        Algo se barruntó
    Cola Maldita —que así le llamaban
    sus compañeros— porque apartó
    el tridente y dijo a los que estaban
    con él:  —¡Dejadlos!
                                    Y mi Guía a mí:
      —Puedes venir tranquilo. Yo empecé
    a andar aprisa, mas no dejé
    mi miedo ¡Como si fuera así
    de fácil! Y menos, cuando vi
    el furor de sus ojos y escuché
    que uno decía a otro: “¿Por qué
    no le acariciamos?” ¡Tal temí
    que lo hicieran! No más vi temblar,
    en otros tiempos, a los que salían
    rendidos de Carpona, al pasar
    entre los enemigos que pedían
    su sangre.
                    Y fingiendo el valor
    que quisiera, me arrimé a mi Señor
    cuanto pude, oyendo el rechinar
    de sus dientes. Su jefe ordenó
    que se callaran y se dirigió
    a mi Maestro:
                        —Si queréis pasar
    más adelante, tendréis que cambiar
    de puente. Por el de aquí ya no
    hay paso. Este arco cayó
    desplomado al foso, al temblar
    la tierra. Precisamente ayer
    hizo mil doscientos sesenta y seis
    años y un día, menos cinco horas,
    del suceso. Así que si queréis
    seguir adelante, debéis torcer
    por la quebrada.
                            —Hay almas burladoras
    de nuestras leyes, que cuando no
    estamos cerca, buscan de tomar
    el aire, tratando de aliviar
    sus calores. Ya más de una probó
    nuestro enojo, y aunque lo
    temen, nunca dejan de intentar
    su empeño. Yo voy a enviar
    a algunos de mi tropa en pro
    de sus carnes. Podéis acompañarles.

      Y eligió a diez, que al designarles
    por sus nombres, ya entendí la maldad
    de sus mentes y la especialidad
    de su tortura:  —¡Vosotros, vigilad
    por las orillas y acompañad
    a éstos, hasta llegar al puente
    que está entero!
                            — ¡Maestro! ¡Qué veo?
    ¡Míralos cómo rechinan! ¡Yo creo
    que maquinan algo! Ciertamente
    no me gusta esta tropa, ni esta gente
    —le digo—.  —Hijo, no hagas empleo
    de tu angustia: ellos van al ojeo
    de los de dentro. ¡Vamos! sé valiente
    y no temas.
                       Vi que antes de echar
    el paso, cruzaron una señal
    extraña que no me pareció exenta
    de malicia. El jefe hizo sonar
    los intestinos como triunfal
    trompeta, digna de aquella opulenta
    tropa. Y empezamos la marcha.

  • CANTO XXII · Con la Tropa Infernal

    Con la tropa infernal. La captura de un rufián. Los demonios burlados por su codicia. El infierno

    Canto XXII

                                         Vamos
    con diez demonios procurando
    ponerles buena cara, como cuando
    en la tierra, que unas veces rezamos
    si es el templo y otras cantamos
    si la taberna —casi nunca dando
    en nuestro gusto—, y disimulando
    gesto y maneras, avizoramos
    por nuestro alrededor a lo que
    más nos interesa. Y así fue
    conmigo, y mi curiosidad
    apartó el miedo y se centró
    en su objeto.
                        Cerca la tempestad
    de los navíos, los delfines lo
    saben y lo advierten, emergiendo
    los lomos y hundiéndose, cual
    si remedaran a las olas, al
    saltar al barco —quizás queriendo
    avisarlo—. Tal, mas no aludiendo
    a éstos, sino hurtándose al mal
    de aquel foso —y en provisional
    alivio—, yo iba advirtiendo
    que algunos condenados sacaban
    un punto sus espaldas, se mostraban
    apenas un instante y volvían
    a hundirse.
                    Otros, como las ranas,
    alzaban la cabeza y escondían
    cuerpo y ancas, pues las ganas
    de aire no son tales como para
    olvidar la precaución. Sucede
    a veces, que una de éstas quede
    quieta y pasmada y paga cara
    su distracción: ¡No se disparara
    el ave como éstos! No se puede
    describir con qué rapidez procede
    esa alada gentuza y su rara
    destreza.
                   He que uno —y aún
    me estremezco— no se escondió
    a tiempo. Rajaperros le enganchó
    por los pelos y le sacó afuera,
    pringado de alquitrán cual si fuera
    una nutria. Al punto se hizo un
    círculo:
              —¡Eh, Rubicante —gritaban
    a una—, métele las garras y
    despelléjale! ¡Ay!, qué mal vi
    a aquel ratón. Los gatos jugaban
    a divertirse y alardeaban
    de sus mañas.  —Maestro, ve si
    puedes saber quién es, porque a ti
    te temen. Ve que en poco acaban
    con él —le digo—. Así, mi Señor
    se acercó al mísero que de horror
    estaba mudo.
                         La curiosidad
    no es sólo patrimonio del hombre:
    no es completo el verdugo sin el nombre
    del reo, y por eso la maldad
    es curiosa y Barbarricia accedió
    a nuestro deseo. El otro, por
    atrasar su pena y con la mejor
    estrategia, no desperdició
    la tregua y presto respondió:
     
      —Nací en Navarra. Me cupo el honor
    de un padre miserable y vividor
    que acabó con su vida y arruinó
    nuestra casa. Por mi madre entré
    al servicio del buen rey de
    mi país, tratado como un hijo,
    y acabé de bribón de los más bajos,
    hurgando con mi cargo en los atajos
    de los asuntos y el entresijo
    de las bolsas.
                       Aquí Ciriato —que
    estaba por lo suyo—, le metió
    sus dos colmillos y si no llegó
    a destrozarle, fue porque le
    sujetó Barbarricia.  —Trata de
    acabar pronto —le advirtió
    a mi Señor—, porque éstos ya no
    se esperan y en cualquier momento te
    quedas sin él.
                        Prosiguió mi Maestro:
      —Dime: ¿hay en la pez alguien de nuestro
    país? Y el otro:  —Con uno hablé
    al subir, ¡lástima no estar allá!

    —¡Basta! —dijo Lascilobo—. Y le
    clavó el tridente por entre la
    clavícula. Dragonazo también
    lo intentó, pero el jefe le miró
    furioso. Cuando al fin logró
    calmarles, prosiguió mi Guía: —¿Quién
    es ése que dices, que recién
    te habló?
                —Es Gamita —dijo—. Juzgó
    a grandes criminales que dejó
    libres y limpios a cambio de buen
    dinero. Fue además un rufián
    de los magníficos. Con él está
    Miguel Zanche y no paran de contar
    sus proezas. Pero ¡ay!, que ya
    rechinan estos, y presto me van
    a meter las garras y arrancar
    la costra.
                   El jefe se volvió
    a Farullero que abría de par
    en par los ojos, dispuesto a clavar
    sus garfios:  —¡Aparta, que aún no
    ha acabado!
                      El mísero miró
    desorbitado:  —Yo os puedo entregar
    a muchos de abajo con silbar
    la seña — prorrumpió—. Tendréis lo
    que queréis, y no uno sino siete,
    y paisanos de éstos. Pero di
    a ésos que se aparten, porque si
    los ven, no vendrán. Haz que se aquiete
    tu gente y llamaré, pero separa
    a tu tropa de la orilla, para
    que no se recelen.
                               A Malcagnazo,
    —que así le llamaban por su cara—,
    no le gustó el juego:  —“Éste prepara
    algo…”.  —Sí —replicó el otro—, emplazo
    a los camaradas y así yo aplazo
    mi suerte.
                   Rechina, que desgarrara
    a todo el foso y no saciara
    su voracidad, entró en el lazo
    que se le tendía:  —Pero advierte
    —le dijo— que ni la pez hirviente
    te librará de mí.
                          Todos miraron
    a la orilla, y cuando aflojaron
    la vigilancia, el navarro vio
    la ocasión: se escurrió
    de Barbarricia, afirmó los pies
    y de un salto, volvió al alquitrán,
    en un visto y no visto, con gran
    sorpresa de los demonios, pues
    ni por asomo se pensaban que les
    pudiera burlar un rufián
    tan ramplón y aún menos con tan
    corta baza.
                    El más furioso es
    Rechina que tuvo la culpa del
    engaño y se arrojó tras él
    gritando: —¡Te atrapé!
                                    Pero las
    alas del espanto corrieron más:
    el huido se metió en la pez
    y el negro pájaro por esta vez
    quedó sin presa, y alzando el pecho,
    remontó furioso, como un halcón,
    con los garfios vacíos y con
    el rostro ardiendo de despecho.

      Cabronzo —que le siguió al acecho
    de su derrota— vio la ocasión
    de ajustar cuentas y, a renglón
    seguido, viendo al otro maltrecho
    y fatigado, le arremetió
    desde lo alto en pleno vuelo.
    Pero éste se le revolvió
    como un gavilán con rapidez
    increíble, y ambos a contrapelo
    del aire, caen sobre la pez
    hirviente.
                  El calor los separó
    al instante, pero no pudieron
    salir. Sus alas que se hundieron
    en el alquitrán, enviscadas, no
    les servían. Barbarricia mandó
    a cuatro de ellos, que se pusieron
    en alto, por encima, y hundieron
    sus chuzos, a los que se asió
    la extraña pareja que ya estaba
    achicharrada hasta los huesos,
    en tanto que su jefe insultaba
    a unos y otros, sin excepción
    alguna.
                Y tomando la ocasión,
    nos apartamos, dejándoles en esos
    menesteres.

  • CANTO XXIII · Huyendo de la Tropa Infernal

    Huyendo de la tropa infernal. La Sexta Bolsa. Las capas de plomo dorado. Los hipócritas. Hipócritas pisoteados. Anas. De aquí no hay salida.

    Canto XXIII

                           En fila, silenciosos
    como frailes menores, proseguimos
    nuestro viaje, ya sin los arrimos
    de los demonios, pero no con dichosos
    pensamientos, sino más tenebrosos
    todavía.
                Por la mente sentimos
    más allá del instante que vivimos.
    Hay enlaces sutiles, misteriosos,
    que llevan la memoria hacia adelante,
    y ésta me dio la fábula de Esopo,
    de  “La rana que quiso ahogar a un topo
    y los llevó un vilano". Y enlazando
    los sucesos, la vi tan semejante
    con el nuestro, que quedé temblando.

      Yo pensaba: —Los demonios han sido
    engañados. Buscarán un culpable
    y lo hallarán. Su mente miserable,
    ya de por sí cruel, se habrá crecido
    con la burla. Y como han perdido
    al del foso, ¿quién será? No se hable
    más: ¡nosotros! Y eso no es probable,
    ¡es seguro! Estos ya han decidido
    capturarnos.
                      Y no hay que tener
    mucha imaginación para saber
    lo que nos esperaba de llegar
    a sus garras, pues llegué a envidiar
    al rufián, y por primera vez,
    me pareció deseable la pez
    hirviente.
                 —Mi Señor, presiento
    que si no huimos pronto, vendrán
    por nosotros y así saciarán
    su furia. Me parece que los siento
    ya —le digo.
                     —Hijo, tu pensamiento
    y el mío son gemelos. No podrán
    atraparnos. No nos encontrarán
    donde esperan y no hay momento
    que perder. A nuestra derecha está
    la sexta fosa. Nos deslizaremos
    por su borde y así nos libraremos
    de la presunta caza.
                                    Aún estaba
    hablando cuando vi que se acercaba
    la hueste con sus negras alas ya
    sobre nosotros.
                             Mi Maestro no
    se lo pensó dos veces: Igual que
    la madre que al despertarse ve
    que hay fuego, y sin importarle lo
    que pase va a la cuna en que dejó
    al hijo, y ya en sus brazos, aunque esté
    sin ropa alguna, huye con él de
    las llamas, así él se deslizó
    conmigo por el borde. Y no corriera
    más veloz el agua en el canal
    del molino, como él por la pendiente
    de la roca.
                    Cuando llegamos al
    suelo, vimos cuán precisa era
    la huida, y la tropa –impotente—
    nos miraba desde arriba, derrotada
    por segunda vez, pues el poder
    divino no les deja trasponer
    sus límites.
                     En cuanto a mí, superada
    la aventura, ya tenía ocupada
    mi mente y mi atención en conocer
    el nuevo sitio. Y pude ver
    que su gente iba toda pintada,
    y cubierta con grandes capas con
    capuchones, como los monjes, pero
    de color tan brillante que dañaban
    la vista.
               En lenta procesión,
    giraban a la izquierda y mostraban
    tal cansancio y fatiga, que el mero
    hecho de alzar el pie, les dejaba
    exhaustos. Sus cansinos lamentos
    llenaban todo el foso con acentos
    lúgubres, tales como el que cava
    su fosa. Yo, en silencio, observaba
    sus rutilantes trajes y sus lentos
    andares. Y vi que sus sufrimientos
    venían de las capas.
                                Aún estaba
    en esto, cuando mi Guía tomó
    su misma senda, y aunque yo
    intentaba mirarles, no me era
    posible: tan lentos iban, que
    a cada paso cambiábamos de
    condenado.
                    —Mi Señor, si hubiera
    modo —le digo—, mira de encontrar
    a algún conocido. Mas no fue
    preciso buscarlo, porque el de
    atrás —que me oyó— vino a procurar
    mi deseo:
                 —Vosotros, que al pasar
    asemejáis el viento, sabed que
    entiendo vuestra lengua que hablé
    arriba. Si podéis esperar,
    hacedlo.
                  Y mi Maestro: —Espera
    —me dijo—. Y aunque apenas hubiera
    trecho, harto tardaron, él y otro que
    le acompañaba. Al llegar, me
    miraron torvamente y se volvieron
    entre sí: —Si está vivo —se dijeron—,
    ¿por qué está aquí?..., y si está muerto,
    ¿por qué no lleva capa y su peso
    no le oprime?
                         Pero no por eso
    se conformaron. Luego, y por cierto,
    con las suaves maneras del experto
    —que bien conoce el corazón avieso—,
    con comedimiento y sin exceso
    alguno, me mostraron su abierto
    deseo de saber de mí.
                                     —Toscano,
    que has venido a la triste mansión
    de los hipócritas, dinos quién eres.
    Y yo les respondí:  —Mi corazón
    aún late. Nací y crecí en el llano
    del Arno, en la ciudad de poderes
    opuestos. Mas vosotros, que os veo
    tan hundidos, ¿cuál es vuestra pena?,
    pues tal parece que vuestra condena
    es muy pesada.
                             Uno de ellos —creo
    que el que nos llamó— tras el cuchicheo
    habitual, me dijo con voz llena
    de fatiga:
               —La capa está rellena
    de plomo, cual fue nuestro deseo
    de fingir la bondad. Ahora gemimos
    como balanzas repleta. Fuimos
    de una orden justa e hicimos pingo
    de su enseña. Este dorado plomo
    que nos aplasta, carga en nuestro lomo
    el peso de las ruinas de Gardingo.
    Tu ciudad nos llamó para poner
    la paz, e hicimos nuestra guerra.
    El lugar devastado que os aterra,
    es las resultas de nuestro poder
    e intrigas.
                   Yo quise responder,
    pero no pude… Tendido en la tierra
    con tres estacas cuya línea cierra
    la forma de una cruz, pude ver
    un cuerpo en el camino, que era
    pisado por todos.
                                Al yo callar,
    notó el otro mi asombro y me explicó
    su causa:  —He aquí al que declaró
    que es justo que el justo muera
    —y como un criminal—, para salvar
    al pueblo. Ahora es la estera
    de todos los hipócritas.
                                         Yo vi
    que el Poeta le miraba cual si
    aquello no estuviera la primera
    vez que bajó, y esta maldad fuera
    extraña a su mundo, monstruosa y
    execrable a sus ojos. Y sentí
    vergüenza. Y bien quisiera
    decirle que no se repitieron
    nunca más las palabras que fueron
    nuestro escarnio. Pero el
    sendero, desde entonces, estaba
    empedrado de seres como aquél,
    todo a su largo.
                            Mi Señor buscaba
    el modo de salir y preguntó
    al tapado: —¿Sabes si a la derecha
    existe alguna senda que aprovecha
    a un puente?
                        El otro respondió:
      —Al temblar la tierra, aquí no quedó
    ni un arco. Desde entonces esta brecha
    está aislada, al par que fue hecha
    la senda infamante. De aquí no
    hay salida. Ved si podéis volar
    sobre los restos que quedaron en
    los bordes del que se derrumbó
    más adelante.
                       Y mi Guía:  —¡Bien
    mintió aquel demonio! Y se alejó
    enojado. Y yo le fui a buscar.

  • CANTO XXIV · Escalando el Pozo

    Escalando el pozo. La Séptima Bolsa. Las serpientes furiosas. Los ladrones. El ladrón mordido. Fucci el Mulo. Cuarta Predicción sobre Dante y su ciudad.

    Canto XXIV

      Cuando en febrero los días son ya
    más largos y en el campo la helada
    copia a la pluma inigualada
    de la nieve, el campesino, que está
    escaso de forraje, mira la
    tierra —que quisiera verde— y hallada
    blanca, no sabe qué hacer. Mas mirada
    luego, ve mudar el paisaje, va
    por el ganado y lo lleva a pastar.

      De un modo semejante vi cambiar
    la faz de mi Maestro, así llegó
    al puente. Lo miró largamente,
    y como el que ya ha hallado lo
    que hacer, abrió los brazos mansamente:

      —¡A trepar! Y ya me había izado
    en un peñasco y me señalaba
    el siguiente, mientras calibraba
    su resistencia.  —Ahora ten cuidado,
    no te sueltes sin haber comprobado
    que aguanta.
                        Y mientras me empujaba,
    sostenía mis pasos y alertaba
    por aquel tramo de ambos ignorado.
    Mal camino al que llevara capa,
    o no llevara Guía; porque yo
    con su ayuda, y él sin las cadenas
    del cuerpo, a durísimas penas
    podíamos cubrir aquella etapa
    por entre las ruinas que no holló
    pie humano alguno.
                                Pero el lado
    de la pared interna de aquel tajo,
    afortunadamente es más bajo
    que el otro. Malas Bolsas está echado
    todo hacia el centro, donde helado
    arde el Cocito y más abajo
    no hay nada.
                       Así, aunque con trabajo
    ímprobo —y que yo habría dado
    por perdido—, logramos alcanzar
    el punto en que la roca se desgaja
    del borde y hace como un hendido
    en plataforma. Allí caí rendido,
    con los pulmones a punto de estallar
    y faltándome el aire.
                                  —¡Ataja
    el cansancio!— exclamó mi Señor—.
    No se llega a la victoria con
    blanduras. Sólo el recio corazón
    logra el premio. Cuanto hay de valor
    cuesta. ¡Levántate!, el dolor
    pasará. Ve que el cuerpo es carbón
    seco e inerte, si la pasión
    del alma cesa. Pero el amor
    lo mueve todo, sin él, el hombre
    no es nada. Y aunque te asombre
    esta pendiente, aún nos espera,
    mas ya al aire libre, una escala
    más alta.
                  La palabra verdadera
    tiene en sí tal virtud, que cala
    en ser y crea el acto. Fue
    como si un nuevo aliento prendiera
    en mi pecho y enardeciera
    mis potencias. Me incorporé
    al instante:
                    —¡Vamos, Maestro! —le
    digo—. Ya no hay cansancio y espera
    el escollo. ¡Vamos! Ya quisiera
    verlo vencido y ya te demoré
    por demás.
                     Seguimos ascendiendo
    por la grieta —más dura, estrecha
    y empinada—, yo hablando por mostrar
    mis nuevas fuerzas. Y casi al llegar
    a la cima, oímos de la brecha
    siguiente una voz que, procediendo
    de garganta humana, más pareciera
    de loba rabiosa, despedazada
    por la ira a todo y tan privada
    de todo juicio, que a más pusiera
    toda mi atención, no me era
    posible descubrir en ella nada
    racional. Ya sobre la hondonada,
    tendí los ojos, y era tal barrera
    de negrura, que nada pude ver.

      —Busca, Señor —le digo—, descender
    por algún sitio, pues estas gentes
    se ocultan. Mi Guía no respondió,
    pero cruzado el arco, bajó
    por su extremo. ¡Y vi las serpientes
    de aquel pozo!
                         ¡Que no se enorgullezca,
    nunca más, la Libia y sus arenas:
    que si quelindros, farias, anfisbenas,
    yáculos y cencros hace que crezca
    su desierto, ello es porque aparezca,
    en imagen oscura y en terrenas
    formas, la sustancia de éstas, tan llenas
    de veneno, que hacen que palidezca
    cualquier figura!
                           A mí, que contemplaba
    el foso desde arriba, se me helaba
    la sangre. Y entre la muchedumbre
    de reptiles, vi a muchos desgraciados
    que corrían desnudos, aterrados,
    tratando de huir, con la certidumbre
    de no haber sortilegio ni lugar
    de refugio.
                    Corren rodeados
    desde todas partes —muchos atados
    los brazos y los muslos— y al aullar
    de su pánico, se une el silbar
    de los ofidios que, ayudados
    del número, se enroscan apretados
    a tronco y pecho hasta alcanzar
    la cabeza.
                   En estas —y aquello
    me quedó grabado—, uno —el más
    cercano—, fue mordido en el cuello,
    debajo de la nuca. Se incendió
    como una antorcha, ardió y cayó
    al suelo. Y una vez allí, las
    cenizas volvieron a rehacer
    el cuerpo.
                   Y como el que ha caído
    tras un trance —a veces producido
    por el Maligno y otras el padecer
    de la epilepsia—, que al volver
    en sí y despertarse, aún aturdido
    del golpe, sólo tiene el sentido
    de la angustia; y sin comprender
    lo que le sucedió, se va palpando
    las partes de su cuerpo, mirando
    si está entero y si puede mover
    sus miembros; y luego se levanta
    poco a poco, y apenas se aguanta
    sobre sus piernas, así fue hacer
    aquel condenado que nos miró
    incierto.
                Mi Guía le preguntó
    quién era. Y él:  —Tu tierra me echó
    hace poco. De siempre me agradó
    la vida feroz, cual me engendró
    mi padre: ¡bastardo! Y bien lo
    demostré, porque jamás me domó
    buen sentimiento, ni me importó
    ser alguno. Soy Fucci el Mulo, y
    Pistoya fue mi digno cubil.

      Yo quedé muy extrañado, porque si
    mal no sabía, era hombre brutal,
    de carácter propio del cenagal
    de Estigia, mas no para el reptil
    artero. Así, rogué a mi Señor
    que le preguntara por su pecado.
    El otro me miró con el enfado
    del odio contenido y el color
    del despecho. Luego, con un rencor
    sordo, dijo:
                    —Me has desenmascarado,
    lo que aborrezco más que haber dejado
    vuestro mundo. Soy un depredador
    sacrílego y a punto estuvo
    un inocente de pagar mi crimen
    en la horca. No fui yo quién le tuvo
    lástima. Y para que te lastimen
    mis tormentos, y por si te acuerdas
    de mí, toma esto, para que muerdas
    en tu futuro:
                       “En primer lugar:
    vuestros enemigos partirán de
    Pistoya e irán a tu ciudad que
    cambiará de dueños, al llegar
    ellos —y bien saben cómo lograr
    aliados—. Dos: tu patria, que fue
    hermosa, pronto será que esté
    burlada. Y tres: Marte hará juntar
    vapores de guerra. El huracán
    bajará sobre el Campo de Piceno
    a descargar su furia. Saldrán
    los dos ejércitos. Ten por cierto
    que cuando cese de bramar el trueno,
    todo cuanto has amado estará muerto”.
    Y ahora, ¡alégrate!

  • CANTO XXIX · Décima Bolsa: Los Enfermos Putrefactos

    Décima Bolsa. Los enfermos putrefactos. Destructores de la verdad. Adulteradores de las cosas. Capocchio.

    Canto XXIX

      ¡Aquella multitud! ¡La visión
    de tanta sangre…, la división
    de los cuerpos…, la dispersión
    de los miembros…, la exposición
    de las entrañas…, la destrucción
    del sentido…! Tanta desolación
    y tan ingente, en irrupción
    continua, entrando en aluvión
    por mis ojos, en tal modo oprimió
    mi alma, que hubiera deseado
    detenerme para poder llorar
    y desahogarme.
                              Virgilio habló
    impávido:  —¿Qué haces ahí, pasmado
    y quieto? No te he visto actuar
    así en las otras fosas. Ya has mirado
    bastante. Si los quieres contar
    faltan siglos. La luna está a mediar
    su arco, el tiempo señalado
    es corto y no hemos empezado
    para lo que falta. Deja su pesar
    para ellos y vuelve a estar
    en ti.
         —Señor, si hubieses reparado
    en el motivo por el que buscaba
    en el fondo, quizás me hubieras
    permitido quedarme algo más
    —le respondí.
                          Mi Guía se alejaba
    ya, y yo —siguiéndole detrás— seguía
    insistiendo:  —En las ringleras
    de allí abajo, gime uno de
    mi sangre.
                  —Olvídalo —respondió
    mi Guía—. Piensa en otra cosa. Yo
    le vi, bajo el puente y cómo te
    mostraba a los otros. Por cierto, que
    alzó su puño y te amenazó.
    Tú, absorto al decapitado, no
    miraste a donde estaba y se fue.
      ¡Ay Señor! Nadie se ha ocupado
    de su muerte ni de su asesino
    —respondí—. Según dices, imagino
    que por eso estará irritado
    con nosotros.
                          Así continuamos
    por la roca, hasta que alcanzamos
    la parte que domina la vertiente
    de la última fosa. Y cuando
    Malas Bolsas nos mostró su nefando
    valle de los falsos, fue tal torrente
    de lamentos y de tan hiriente
    modo, que me eché las manos, tratando
    de librar mis oídos.
                                  Ni aun juntando
    en una fosa, toda la doliente
    multitud de enfermos y apestados
    de todos los lazaretos, hospicios
    y hospitales, si fueran arrojados
    a aquel hondo como desperdicios
    para que se pudrieran al calor
    del verano, darían más hedor
    de gangrena.
                         No hay putrefacción
    de carne que se pueda comparar,
    ni tormento como el respirar
    la hediondez de su descomposición
    consciente. Y si mi corazón
    estuvo casi a punto de estallar
    en la novena fosa, al contemplar
    ésta, sólo siento repulsión
    y asco.
               Ni cuando se infectó
    el aire en Egina —que pereció
    todo, hasta el gusano, y según
    los poetas, tan sólo quedó un
    germen de una hormiga y de él
    la repobló Júpiter—, ni en aquel
    pueblo se vería tal temor
    y abatimiento, como el que ven
    mis ojos.
                  Veo los cuerpos en
    montón, como cuando en el horror
    de la peste van los carros por
    las calles con muertos y también
    vivos. Y en aquel almacén
    putrefacto veo, alrededor
    de mí, a los seres amontonados
    languideciendo, los unos tumbados
    en los otros. Algunos, torpemente,
    se remueven, algunos trataban
    de arrastrarse a tientas y rodaban
    por el suelo.
                        Bajamos la pendiente
    por la izquierda; los labios apretados,
    mi Maestro delante; yo mirando
    a aquellos míseros y tratando
    de no oírles.
                        Vi a dos, medio sentados
    en contra de sus hombros y apoyados
    entre sí, igual que las tejas cuando
    se cuecen. Se estaban aplicando
    las uñas a sus cuerpos, plagados
    de pústulas de cabeza a pies,
    para calmar la horrible comezón,
    con tal rabia, que se lo arrancaban
    a pedazos, como el cuchillo con
    las escamas del escaro, y se llevaban
    la carne con ellas.
                                 Virgilio les
    miró y dijo a uno:  —Tú, que
    así aplicas tus armas para hacer
    tu destrozo, que no pudiera haber
    mejores alicates, así te
    duren eternamente y no se
    te acorten en ese menester,
    si me dices dónde puedo ver
    a algún latino.
                         El otro le
    respondió sin mirarle, ni dejar
    de llorar y arañarse:  —Ambos lo
    somos. Del resto, pronto vendrá
    el tiempo en uno no podrá
    ni rascarse, porque van a bajar
    tantos y en tanto modos, que no
    habrá hueco. ¿Y tú quién eres, que
    así preguntas?
                         Mi Guía contestó:
      —Uno que trae a otro que no
    está muerto y presto ha de
    regresar a la tierra. Tal fue
    el encargo que se me pidió.
    Viene para observar todo lo
    que hay aquí. Luego le mostraré
    lo de abajo.
                       Las sombras dejaron
    de apoyarse entre sí y se tornaron
    temblando hacia mí. Mi Señor
    se me acercó:  —Les puedes preguntar
    lo que quieras.
                           Yo, haciendo honor
    a su permiso, empecé a hablar:
      —Ojala que vuestros nombres no se
    olviden en el mundo que he dejado
    arriba, antes bien les sea dado
    durar mucho, como quisiera que
    me dijerais quiénes sois y de
    qué lugar. Dejad vuestro cuidado
    un momento y pese a vuestro estado,
    no os importe decirme cual fue
    la culpa que así os destroza.
                                               —Yo
    fui de Arezzo —dijo uno— y Albero,
    el de Siena, al fin consiguió
    mi muerte. Cierto que le hice pensar
    —por burlarme— que sabía volar.
    El tonto, tan curioso cual ligero
    de juicio, quería el capricho. No
    le hice un Dédalo y me hizo arder.
    Mas mi muerte nada tiene que ver
    aquí. Minos —que no yerra— me vio,
    se ciñó diez veces y me mandó
    a esta yacija, por corromper
    los elementos y envilecer
    las fórmulas. En eso remató
    mi alquimia.
                        Yo me volví al Poeta:
      —¿Podrá haber —le dije— gente más
    fantasiosa que los de Siena? Ni
    los franceses les alcanzan.
                                              —Así
    es —dijo el otro leproso—. Mas
    deja fuera a Stricca, de tan discreta
    mente, que en un año consumió
    su hacienda. A Niccolo, por crear
    la rica salsa para el buen manjar
    y por el clavo que tan bien usó.
    Y a la pandilla que se arruinó
    en veinte meses, donde fue a mostrar
    su ciencia Abbagliato, a pesar
    de los libros, a los que dedicó
    tanto tiempo.
                         Y si quieres saber
    quién te lo dice, mírame y verás
    a Capocchio, el sienés. Y ve por
    cuanto se ha echado a perder
    mi gran genio, pues reconocerás
    que nunca habrá mejor imitador.

  • CANTO XXV · Séptima Bolsa. Caco, el Centauro Ladrón

    Séptima Bolsa. Caco, el centauro ladrón. La cuadrilla. Ladrones robándose. La forma humana. Cianfa, Agnel, Bouso, Sciacca. Metamorfosis infernales.

    Canto XXV

                                  Cuando acabó,
    alzó el brazo con gestos indecentes
    contra Dios. Desde entonces las serpientes
    me caen bien: una se le enroscó
    en el cuello, otra le ató
    los brazos a la espalda y sus dientes
    y anillos sirvieron contundentes,
    de respuesta. El procaz huyó,
    sin añadir palabra y me bastó
    con verlo.
                  ¡Ay, Pistoya! ¿Por qué no
    te aniquilas, si tus hijos de hoy son
    peores que los de antes? Ni con
    lupa, se podría hallar, ni en el
    mismo Báratro, otro como aquel
    tuyo en el encono.
                                 Vi llegar
    a galope un centauro que gritaba:
      —¿Dónde fue ladrón? Su grupa anudaba
    más reptiles que pudieran criar
    las marismas. Vi en su lomo montar
    un terrible dragón que vomitaba
    fuego, y a su paso lo arrasaba
    todo.
             Y mi Guía, sin esperar
    la pregunta:  —Ése es Caco, que
    bajo las rocas del monte Aventino,
    más de una vez hizo un lago de
    sangre con reses y ganados. No
    está con su raza, porque robó
    y mató sin hambre. Su desatino
    salió al fin y Hércules le aplastó
    a golpes con su maza, al pie
    de su cueva —más de cien—, aunque
    él no llegó a sentir el décimo.
                                            Yo,
    atento a mi Guía y él a mí, no
    nos percatamos de un grupo de
    tres almas que se acercaba. Fue
    que una alzó el rostro y nos gritó:
      —¿Quiénes sois?, pero sin dejar ver
    sus caras. Mas suele suceder
    que la gente, al hablar, nombre a
    otros; y uno dijo:  —¿Dónde se ha
    quedado Cianfa? Y por el compañero,
    supe la panda.
                         Y aquí no espero
    que me creáis. Yo lo vi y mi mente
    aún vacila. Estaba observando
    a esos tres, cuando vino reptando
    entre los guijos una gran serpiente
    de seis patas, y una vez frente
    a ellos dio un salto, abrazando
    el cuerpo de uno y apretando
    a él, el suyo.
                       Inmediatamente,
    con las patas de en medio, le
    rodea el talle, con las de
    delante, ata sus brazos y pega la
    boca a sus mejillas, las de atrás a
    los muslos, mientras la cola del
    bicho, por la entrepierna, aprieta el
    torso y la espalda.
                              Nunca fuera
    hiedra más contra el árbol, ni cordel
    más prieto y anudado, como aquél
    y ésta. Luego, como la cera,
    se entremezclan sus carnes y no era
    hombre o reptil, escamas o piel:
    todo revuelto, como si el troquel
    de formas y sustancias se hubiera
    roto.  —¡Agnel, Cómo has cambiado,
    —le dicen—, eres ni uno ni dos.

      De una cabeza se forman los
    dos semblantes; las carnes se confunden;
    las partes se transmiembran y se funden
    entre sí. Contemplo, anonadado,
    patas, brazos, cuellos, vientres que se
    entreamasijan, y el primer
    porte se borra, para aparecer
    formas sucias y perversas, de
    tal degradación y fealdad, que
    es recordarlas y enmudecer
    de repugnancia.
                           Y aquel ser
    ambiguo —dos y nadie—, se fue
    alejando lentamente, usando
    sus medios miembros, medio reptando,
    medio de pie, de un modo vacilante
    e inconexo, ante el mudo desplante
    de los otros. Yo, lleno de estupor,
    pensaba que no cabe más horror.

      Cuando en agosto abrasa la calor
    y el lagarto precisa cambiar
    de arbusto, parece emular
    al rayo. Tal, y llena de furor,
    vi una pequeña sierpe del color
    de un grano de pimienta trepar
    por las piernas de otro, alcanzar
    su vientre y penetrarle por
    el ombligo. Tras morderle, cayó
    al suelo mirándole.
                               Abrió
    el mordido la boca y bostezaba
    fiero. La sierpe le devolvía
    el mismo gesto. Mientras, se formaba
    un humo denso y negro que salía
    de herida y fauces.
                               ¡Callen poetas
    de antaño! ¡Calle Ovidio, cuando
    en sus Metamorfosis va cambiando
    figuras! He aquí dos naturas quietas,
    frente a frente, dos esencias, sujetas
    la humana a la maldita, trastocando
    sus distintas materias, trasmutando
    sus diversas sustancias repletas
    de odio.
                 El hombre y la serpiente
    se correspondían de tal manera,
    que cuando ésta abrió la cola en forma
    de horquilla, aquél hace la horma
    contraria: junta los pies, aglomera
    piernas y muslos, y torpemente
    los adelgaza hasta no dejar
    rastro de su antigua función.
    Mientras, la cola hendida se hace con
    los miembros hechos para andar.
    La piel de ésta se ablanda, al par
    la otra endurece.
                             Vi la consunción
    de los brazos y su desaparición
    en las axilas, y los vi formar
    en la serpiente a la altura
    del hombro. Las patas del reptil se
    unen y forman el miembro que
    el hombre oculta y el de éste formaba
    aquellas.
                En tanto, el humo daba
    el color de serpiente y su textura
    al hombre y viceversa, haciendo
    salir en una, el pelo que quitaba
    al otro. Entonces la que se arrastraba
    se yergue, y el erguido cae mordiendo
    el polvo, siempre manteniendo
    la mirada de odio que cambiaba
    mutuamente sus rostros.
                                        Al que estaba
    alzado se le va encogiendo
    la boca hacia las sienes. Con
    la piel sobrante se hacen las
    orejas y la que no corrió atrás
    se levanta, conforma la nariz,
    los pómulos, redondea el mentón
    y engruesa los labios, dando el cariz
    propio a la boca.
                            El que cayó,
    al mismo tiempo va adelgazando
    la cabeza, que se alarga, echando
    el hocico hacia adelante. Lo
    que eran orejas se esconden —no
    muy diferente al caracol cuando
    mete los cuernos—. Y llegando
    al final, la lengua que se empleó
    en el habla se hiende en canal,
    mientras se une en la otra. Y el
    humo cesa. El alma de aquél
    —ya serpiente— huye silbando
    por la fosa y el reptil, hablando,
    la corre y esputa. Se vuelve al
    que queda: —Ahora quiero —le
    dice— que Bouso se arrastre y
    repte como lo hice yo.
                                     Tal vi,
    en el séptimo agujero de
    las Bolsas Malditas, cómo se
    odiaba y despojaba entre sí,
    la infame raza; y hable en mi
    favor su rareza, si no lo he
    descrito bien.
                         Huyen esos dos,
    mas no tan ocultos que —aunque
    ofuscado— no viera a Sciacca, el que
    quedó con su antigua forma de los
    primeros. El otro, mejor le orille
    el olvido. Tú no puedes, Gaville.

  • CANTO XXVI · Octava Bolsa. El Foso de los Fuegos Fatuos

    Octava Bolsa. El foso de los fuegos fatuos. Las mentes pervertidas. Ingenios extraviados del mundo antiguo. Ulises y Diomades. Relato del último viaje de Ulises.

    Canto XXVI

      ¡Albricias, Patria mía! Eres tan
    grande que tu nombre cruza el mar
    y la tierra, y se oye resonar
    en el Abismo. Cinco y de gran
    alcurnia y fama, allí están
    de los tuyos, nada más al entrar
    en la Zahurda, para mi pesar
    y tu deshonra. Ya ves dónde van
    tus caminos…
                        Pero si es verdad
    lo que se sueña en el amanecer,
    aún más daño te hará la ruindad
    de un pequeño Prato, en querer
    tus males. Y si ha de ser, que sea
    cuanto antes, para que no lo vea
    ya viejo, sumando en la amargura
    tus daños a mis años, sin poder
    ayudarte.
                  Luego, tras volver
    al arco, pasamos a la hondura
    de la octava fosa, por senda dura
    y tan abrupta, que hay que poner
    la mano con el pie, para hacer
    el paso. Y cambié de negrura
    y de angustia.
                        Allí me estremecí,
    como tiemblo ahora, cuando pienso
    en aquello, y refreno y tenso
    mi ingenio en la humildad, para que si
    mi estrella, o poder más alto, me
    lo dio, no sea mi orgullo quien se
    lo ciegue.
                  No ve en verano
    el campesino —al llegar la hora
    del cínife, cuando se demora,
    y dando el descanso a la mano
    del trillo o la vid, desde el altozano
    de su hijuela extiende, inquisidora,
    su vista sobre el valle, donde mora
    ya la noche del sueño y del desgano—,
    no ve más luciérnagas pasar
    en las sombras, como fuegos vi vagar
    dentro de la octava fosa, cuando
    al cruzar el puente encontré,
    en su borde, un hueco desde el que
    podía ver el fondo.
                               Y si buscando
    Eliseo a Elías, tratando
    de seguirle, cuando se alzó
    su carro, —que tan sólo alcanzó
    a divisar la gran luz desgarrando
    el espacio que se iba adentrando
    en lo alto, hasta que se ocultó
    en las nubes—, así me sucedió
    a mí, al detenerme, observando
    aquel abismo.
                        Los fuegos embozan
    a los seres, cual pantallas que encierran
    la lumbrera en un hueco apartado
    e impenetrable, la destierran
    de toda visión y encorozan
    su ser. Allí el espíritu, cercado
    todo por su fuego encubridor,
    es una llama oscura sin figura
    ni rostro.
                 Yo miraba la hendidura,
    doblando el cuerpo para ver mejor,
    tan absorto, que si no fuera por
    el pretil de la roca, me captura
    y topara en el suelo de la hondura,
    sin rozar ni una piedra. Mi Señor,
    viendo mi interés, me dice:  —Dentro
    de esos fuegos secos, vagan los
    espíritus, cada cual confinado
    en su llama.
                     —Maestro, he pensado
    lo mismo. Pero ésa, hendida en dos
    lenguas que se unen en el centro,
    ¿quién es?
                     Y mi Guía:  —Ésos son
    Ulises y Diomedes: uncidos
    en la condena como avenidos
    estuvieron en la ambición,
    en el engaño y en la pasión
    por el ardid. Pagan los descuidos
    de la ingenua Troya, los gemidos
    de Deidamia, cuyo corazón
    llama muerto a su Aquiles, y el robo
    de la amable diosa protectora
    de la ciudad, manchando como el lobo,
    la tregua de la noche que aún llora
    su infamia.
                    —¡Ay, Señor! —le digo—,
    sabes que te obedezco y que te sigo
    en todo. Por eso, te ruego y te
    suplico que si pueden hablar
    y sus palabras pueden traspasar
    la llama, déjame esperar a que
    se acerquen.
                       —Así lo haré,
    y bien se lo que quieres preguntar
    —me dice—. Pero aquí hay que obrar
    con sutileza. Yo intentaré
    que respondan. Tú, ahora, procura
    callar y déjame hacer a mí.
    Estos griegos son arrogantes y
    si tú les preguntaras, pasarían
    de largo y ni aún se dignarían
    a escucharte, desde la altura
    de su linaje.
                     Y luego de buscar
    el punto, mi Señor se dirigió
    a ellos del siguiente modo:
                                            —¡Oh,
    vosotros dos, que hacéis impar
    vuestra llama! Si el pergeñar
    mi alto poema que extendió
    vuestra fama en algo me ganó
    vuestra estima, cese vuestro vagar
    y dígame uno de vosotros, dónde
    fue a morir extraviado en el
    último viaje.
                     Entonces, de aquel
    fuego antiguo, la lengua que esconde
    al mayor comenzó a oscilar
    y agitarse como la vela al notar
    el viento, con un rumor lleno de
    fatiga, hasta que al fin sacó
    de su punta una voz que habló
    así:
         —Luego que me aparté
    de Circe, que por más de un año me
    retuvo en Gaeta —aunque entonces no
    tenía el nombre que le dio
    Eneas—, y cansado, regresé
    a los míos, ni el temor filial,
    ni la piedad debida a la vejez
    del padre anciano, ni la ternura
    de Penélope, me dieron ventura
    ni sosiego, ni calmaron mi sed
    de ver el mundo, tanto en su mal,
    como en sus virtudes.
                                   Y así
    pues, me lancé al mar dilatado,
    sólo con mi barco y aquel puñado
    de adictos que no me abandonó. Vi
    cuantas tierras le bañan. Recorrí
    entrambas costas de uno y otro lado,
    hasta España y Marruecos y lo alzado
    en su mar.
                   Éramos ya viejos y
    lentos, cuando llegamos a la estrecha
    garganta, donde Hércules plantó
    las dos columnas, prohibiendo pasar.
    Dejé a Sevilla a mi derecha,
    y antes Ceuta a la izquierda.  —“¡Oh,
    hermanos! —les dije—. Tras arrostrar
    mil peligros, habéis arribado
    a Occidente. No os queráis negar
    la gloriosa experiencia de alcanzar
    las riberas del mundo reservado,
    que  todavía no le fue entregado
    al hombre y se halla en este mar,
    siguiendo el sol. Ya va a terminar
    la vida. Ved que no se os ha dado
    para pasar como brutos, sino
    para lograr la virtud y la ciencia”.

      Y tras estas palabras, prendió
    en mi gente tal ansia e impaciencia,
    que hubiera sido inútil el enmiendo
    a la decisión. Y así, volviendo
    la popa a Oriente, siempre torciendo
    a la izquierda, hizo nuestra osadía
    los remos alas.
                        La noche veía
    ya todas las estrellas surgiendo
    del otro polo, y el nuestro —durmiendo
    al otro extremo—, apenas parecía
    sobresalir del agua y escondía
    las suyas.
                 Cinco veces vi creciendo
    y menguando a nuestra luna,
    desde que entramos en aquel gran mar,
    cuando se nos apareció una
    montaña que pese a la negrura
    de la distancia, era de tal altura
    que su cima parecía entrar
    en lo alto. Aquello nos llenó
    de gozo, que pronto se nos trocó
    en tristeza.
                    De esa tierra surgió
    un remolino que se dirigió
    a nuestro barco y lo embistió
    de frente. Por tres veces lo giró
    en las ondas. A la cuarta, alzó
    la proa en el aire y apretó
    la popa, que al punto se hundió
    en el abismo que se abrió
    bajo nosotros por la voluntad
    del Desconocido.
                            Y tras entrar
    nuestra nave en la profundidad,
    las aguas se volvieron a quedar
    lisas.

  • CANTO XXVIII · Novena Bolsa. Las Entrañas Dispersas

    Novena Bolsa. Las entrañas dispersas. Destructores de la unidad. Depredadores de la paz. Intrigantes y sembradores de guerras. Mosca. El cuerpo sin cabeza.

    Canto XXVIII

      ¿Dónde hallaré palabras, para hablar
    de la sangre y heridas que encontré
    entonces? No hay lenguaje que
    lo quepa. No lo puede recordar
    la memoria, ni imaginar
    la mente humana.
                              Pues ni aunque
    todos los muertos y lisiados de
    las guerras que han dado en asolar
    la Tierra, en su burla, todos juntos,
    presentaran sus cuerpos masacrados,
    sus vísceras, sus miembros destrozados
    y dispersos, ni aún sería el esbozo
    de la sombra, ni apenas los barruntos
    del infinito horror de aquel pozo
    inacabable.
                    Un tonel desfondado
    no se le vaciara como aquel
    deshecho que vi entre el tropel,
    de cara hacia nosotros, sajado
    de ingle a barba y reventado
    en sus entrañas.
                           Le colgaba el
    intestino entre las piernas. Del
    hueco del vientre abandonado
    le salían el hígado y riñones.
    El estómago, ya sin sujeción,
    oscilaba como un saco entre los
    rotos genitales y el corazón,
    sin vasos, pingaba en los jirones
    de lo que fue pulmón.
                                    Cuando nos
    vio mirándole, en el puente, paró
    en seco su paso y se echó
    las manos al pecho, se abrió
    la carne hasta la espalda, y gritó
    con fuerza:

                    —¡Contempla cómo yo
    mismo me desgarro! ¡Mira lo
    que hace consigo el que dividió
    las almas! Delante de mí, y no
    muy lejos, va otro con la cabeza
    partida en dos, saliéndole los sesos
    del cerebro, chocándole los huesos,
    un ojo, un oído, y media pieza
    de boca y de nariz para tentar
    del paso.
                 ¡Tal se paga por sembrar
    la discordia y encarnizar
    los ánimos! Buena temporada
    tuvo el buitre. Pero hoy una espada,
    desde dentro, al quererse juntar
    nuestros miembros, los vuelve a cortar
    de cuajo. ¿Y tú qué haces en la arcada
    mirándome así? Ve a tu malhadada
    fosa, que poco has de aplazar
    tu condena.
                     —La muerte no ha llegado
    a él —respondió mi Maestro—.
    Está aquí sólo para ver vuestro
    castigo, luego ha de regresar
    a la tierra hasta completar
    su tiempo. Yo soy el encargado
    de guiarle.
                   Los de alrededor,
    al oírle, detuvieron su andar
    para mirarme. El otro, sin mirar
    a nadie, añadió:  —Di al sajador
    de turno que ha de ser buen actor,
    mejor banquero, y no confiar
    en nadie, si no quiere bajar
    antes de hora, a ser catador
    de su obras.
                      Y cuando hubo acabado
    de decir esto, tras haber alzado
    el pie para marcharse, lo fijó
    en el suelo, haciendo rechinar
    sus huesos. Y el mísero bazar
    de vísceras dispersas prosiguió
    su lento paso.
                        Entonces, otro que
    tenía la garganta horadada,
    una oreja, y la nariz arrancada
    hasta las cejas, y que noté
    me miraba lleno de estupor, se
    apresuró a abrir su desgraciada
    boca, que me mostró toda bañada
    en sangre, y dijo:
                            —Tú, que si no me
    engaña el parecido vi en el
    mundo alguna vez, acuérdate del
    intrigante de Lombardía. Y
    si acaso es que regresas, di
    a Guido y Anginonello, sus mejores,
    cuán caro les saldrá ser fiadores
    de la paz. Y es seguro que serán
    arrojados del barco y ahogados
    en un saco, siguiendo los mandados
    de un bellaco traidor.
                                 Nunca han
    visto los mares ni lo verán
    mayor crimen, que ni los perpetrados
    por piratas fueran tan deshonrados
    e infames. Ese negro truhán
    que ve de un solo ojo —y gobierna
    la tierra que uno de aquí mejor
    no hubiera visto— los invitará
    a parlamentar con él, y obrará
    de tal modo, que no fuera peor
    para ellos, borrasca, ni galerna,
    ni el viento del Forcada.
                                     Y yo le
    dije:  —Si quieres que haga lo
    que me pides, muéstrame al que vio
    aquel sitio y tan amargo le fue
    —según me estás diciendo— que
    aún lo llora.
                    Al punto, se volvió
    a otro, tomó su quijada, abrió
    su boca hasta las muelas y me
    lo mostró:  —Éste es, pero no habla.
    Mira al rastrero que expulsado
    de su patria, quebró la última tabla
    de la honradez de César:  —"¿De qué
    sirve la paz, al que está armado?"
    Así habló su rencor y la sed de
    venganza .
                    ¡Cuán acobardado estaba
    allí, con su lengua arrancada hasta
    el fondo, el que tan entusiasta
    y audaz en otros tiempos propagaba
    la violencia y denostaba
    de la paz, renegando de su casta
    y ultrajando el verbo en tan nefasta
    hazaña!
               Entonces, otro que mostraba
    ambas manos cortadas, levantó
    sus muñones al aire tenebroso,
    de modo que su sangre, goteando
    en su cara, hacía más miedoso
    su rostro desdichado y me gritó:
      —Y acuérdate de Mosca, cuando
    dije: "Cosa hecha y se acabó."
    Brava simiente para levantar
    una discordia que se ha de cobrar
    muchas vidas.
                        —Sí —dije—: Empezó
    con tu familia y a nadie dejó
    de tu sangre. El otro, al escuchar
    mis palabras, comenzó a andar
    demente, doblado su dolor.
                                          Yo
    seguí mirando la horda infernal
    y vi entonces algo tan brutal
    e insensato, tan lleno de demencia,
    que pongo por testigo a mi conciencia
    de lo que mostraré que lo callara
    si ella con su verdad, no me avalara.

      Porque vi —y me parece que aún
    lo veo— un cuerpo sin cabeza andando
    con los otros. La llevaba colgando,
    sujeta por los pelos y según
    la mano, la iba girando como un
    farol.
            Tal vi que iba oscilando
    la triste testa y se iba guiando
    aquel tronco de modo que ningún
    hombre hizo jamás. Era como dos
    sin uno y uno sin dos. Y el cómo
    pueda ser esto, tan sólo lo
    puede conocer Aquel que nos
    gobierna.
                  Cuando el tronco llegó
    bajo el arco, alzó su triste pomo,
    lo giró hacia nosotros para hablar
    y éste dijo:  —¡Mira qué dolor
    tan grande que no existe mayor,
    ni ninguno que se pueda igualar
    a éste! Y si quieres llevar
    noticias mías, soy el que instigó
    al hijo contra el padre y le azuzó
    a luchar contra él.
                              Por separar
    lo que es uno en mente y corazón
    —cual hizo Anginofel con Absalón
    y David—, yo estoy separada
    del mío para siempre. Mi razón
    es menos que animal: desentrañada.
    Así se cumple la ley del Talión.

  • CANTO XXX · Décima Bolsa. Los Cerdos Rabiosos

    Décima Bolsa. Los cerdos rabiosos. Usurpadores de las personas: Gianni Schicchi, Mirra. Adulteradores de la verdad de las cosas y en los hechos: Maese Adán, Sinon el griego. Disputa entre falsos.

    Canto XXX

      En el tiempo en que Juno se airó
    contra los tebanos y les envió
    a las Furias, en tal modo nubló
    a Atamante, que cuando vio
    a su esposa con sus hijos, gritó:
      —"¡Cacemos la leona!". Alargó
    sus manos como garras, tomó
    a uno de los niños, lo alzó
    en el aire, y lo estrelló
    contra una roca. La madre huyó
    con el más pequeño y se ahogó
    en el mar.
                  Cuando Fortuna aplastó
    el poder de Troya —que se atrevió
    a todo—, y en un día cayó
    reino y rey, Hécuba, que vio
    morir a su esposo y sacrificar
    a su hija Polixena para honrar
    a Aquiles, cuando encontró
    el cadáver de Polidoro, aulló
    como un perro, junto a la mar,
    enloquecida, sin pronunciar
    palabra. Que así el dolor secó
    su razón.
                  Pero nunca las Furias,
    ni en Tebas ni en troyanos, fueron
    tan feroces —ni siquiera con
    animales—, ni hicieron injurias
    a los cuerpos con tal expresión
    de saña, como dos que aparecieron
    corriendo enloquecidas entre los
    yacentes apestados, mordiendo,
    pisoteando y removiendo
    por entre los montones, en pos
    de su rabia salvaje. Nos
    callamos todos. Los cerdos saliendo
    de sus cochiqueras no irían haciendo
    tales destrozos.
                           Una de las dos
    sombras llegó como un rayo, agarró
    con su boca a Capocchio, se hundió
    en su cuello y se lo llevó
    arrastrando por el suelo, tirando
    de su cuerpo, que se iba desollando
    costra a costra y tropezando
    con todo.
                   El de Arezzo quedó
    lívido y murmuró:  —Ahí va
    la bestia de Gianni Schicchi que está
    rabioso.  —Ojala la otra no
    te toque —le digo—. ¿Quién es?
                                                  Miró
    aquél temblando y murmuró:  —Es la
    la vieja Mirra, que nunca dejará
    de atormentarnos. Se fingió
    otra mujer y así fornicó
    con su padre. El otro falseó
    un testamento y se mandó el legado.

      Una vez que se hubieron alejado
    los dos energúmenos, me fijé
    en otro que yacía y que de
    serrar sus piernas, podría pasar
    por un laúd. La hidropesía, al par
    le hinchaba el vientre a punto de estallar,
    le abrasaba de sed, haciéndole alzar
    el labio superior y bajar
    el otro, que parecía tocar
    la barba.
                —Vosotros, que veo andar
    sanos y no acierto a imaginar
    por qué causa, ved a Maese Adán
    —nos dijo—: Tuve en vida todo cuanto
    quise y ahora no deseo más
    que una gota de agua.
                                     Las
    fuentes y arroyuelos que van
    al Arno, abriendo con su canto
    los canales, dejando su humedad
    y frescor en la hierba, aparecen
    ante mis ojos y crecen y crecen
    en mi recuerdo. Su simplicidad
    y dulzura agrandan la sequedad
    de mis labios y me escarnecen
    aún más que los líquidos que endurecen
    mi vientre.
                    Allí está la ciudad
    confiada donde manipulé
    la buena moneda y dejé
    mi cuerpo abrasado. Pero si viera
    en esta fosa a cualquiera
    de los tres grandes que me indujeron
    a cometer la infamia y fueron
    la causa de mi perdición, no
    cambiara ese placer ni por
    todas las dulzuras y el frescor
    de Fontebranda.
                            Uno ya cayó
    y está aquí, o eso es lo
    que gruñen las sombras que en su furor
    lo recorren. Pero corto favor
    me hacen: ¿de qué me sirve? Si yo
    fuera tan ágil que pudiera andar
    medio dedo por siglo, a pesar
    de todo, fuera a por él.
    Fue por culpa de ellos que estampé
    el sello del Bautista y la flor
    de lis sobre monedas con valor
    amañado.
                   Y yo le pregunté:
      —¿Quiénes son esos dos desgraciados
    que están a tu derecha, pegados
    entre sí, y despiden humo de
    sus cuerpos, como las manos que
    se mojan en invierno?
                                   Y él: —Trabados
    los hallé cuando caí, trabados
    continúan, y no parece que
    se vayan a mover por toda la
    eternidad. Una es la mujer
    de Putifar, la que calumnió
    a José. Otro Sinón, que mintió
    a Troya, llevándola a creer
    la trampa. Arden de fiebre y ya
    ves que ese hediondo vapor no
    es sino grasa quemada.
                                     Por lo
    visto, al griego no le gustó
    el comentario, pues le sacudió
    con el puño en la panza que sonó
    como un tambor. Maese Adán lanzó
    un directo que no me pareció
    menos templado y añadió:
      —Aunque no me pueda mover,
    para esto tengo el brazo bien
    suelto.
               Respondió el febril: —No en
    la hoguera, aunque bien lo manejabas
    con falsas marcas para corromper
    la ley. Y el hidrópico:  —Acabas
    de decir lo único cierto que
    han pronunciado tus labios. No
    como en Troya, cuando se te pidió
    que dijeras la verdad y no te
    importó poner a los dioses de
    testigos.
                  Y Sinón le replicó:
      —Si yo mentí en un supuesto, lo
    que salió de tus manos no fue
    uno, sino millares.
                             Contestó
    el del vientre hinchado:  —¡Acuérdate,
    perjuro, del caballo y atorméntate,
    porque todos lo saben! Respondió
    el griego:  —Y a ti te atormenta
    la sed, y el agua que revienta
    en tu tripa podrida y se planta
    ante tus ojos como una montaña.
     
    Y el del falso cuño: —Tu boca amaña
    mentiras, como siempre, suplanta
    los hechos y suelta toda cuanta
    vileza tiene. Pero no me extraña
    conociéndote. Pues a ti te araña
    la sequedad, la fiebre no se aguanta
    en tu cuerpo, se te estalla la
    cabeza; y en cuanto a beber,
    ahora mismo ya estarías a
    cuatro patas, con tal de lamer
    el espejo de Narciso.
                                Estaba
    yo mirando la greña y escuchaba
    con mucha atención, cuando mi Señor
    dijo:  —Sigue, que ya voy a empezar
    a enfadarme. Entonces, al notar
    mi yerro, me volví con el color
    de la vergüenza y tal ardor
    en el rostro, que aún lo siento quemar.

      Y como sucede que al soñar
    una desgracia desea el soñador
    que sea un sueño, deseando lo
    que no es como si fuera, así
    estaba yo, sin poder pronunciar
    palabra, que me quería excusar,
    y me excusaba realmente, y
    no creía hacerlo.
                            Lo advirtió
    mi noble Maestro y dijo:  —Con
    menos vergüenza se borran más
    graves faltas. ¡Anda! Deja atrás
    toda esa tristura y compunción,
    que en una buena parte es pasión
    de orgullo y sigamos.
                                  Aún darás
    muchos pasos, mas siempre me tendrás
    a tu lado. Y cuando la ocasión
    te ponga ante disputas semejantes
    a ésta  —que no se atiende a más
    que a las pasiones, faltas de pureza
    de intención— apártate cuanto antes.
    Piensa que nada bueno sacarás
    y el gusto de escucharlas ya es bajeza.

  • CANTO XXXI · Los Bastiones del Último Recinto Infernal

    Los bastiones del último recinto infernal. Los Gigantes. Gigantes encadenados: Nemrod, Efialto, Briareo. Anteo, el coloso en libertad. Descenso al pozo del último abismo.

    Canto XXXI

      La misma lengua que me hirió,
    al propio tiempo me suturaba
    la herida. Cuentan que así obraba
    la lanza que Aquiles recibió
    de su padre.
                       Abandonamos —no
    sin alivio— el valle. Mi Guía andaba
    aprisa. La niebla densa tapaba
    la planicie. De pronto sonó
    un cuerno, que pudiera acallar
    al trueno, haciéndome voltear
    la cabeza. Ni Orlando, al lanzar
    el terrible bramido que anunció
    la derrota a Carlomagno, lo
    igualara.
                Cuando puede fijar
    más al fondo la vista, observé
    muchas torres, muy elevadas, por
    lo que dije al Poeta.  —Señor,
    ¿qué tierra es ésta?
                                Él me
    responde:  —Te engañas en lo que
    piensas. La distancia y el grosor
    de la niebla no son el mejor
    modo de observar las cosas. Te
    apercibirás cuando estemos más
    cerca. Ahora corre un poco más.
    Y tomándome la mano, añadió
    afablemente:  —Es mejor que lo
    sepas ya, para que no te espantes.
    Escucha: no son torres, son gigantes.
    Están metidos en el pozo, hasta
    el ombligo, todo en alrededor
    de sus muros.
                        Como el observador,
    al levantar la niebla que aplasta
    la mirada, poco a poco contrasta
    las cosas ocultas tras el vapor,
    tal sucede que cuanto más me basta
    la vista al avanzar, más se gasta
    mi error y crece el miedo.
                                        Pues lo mismo
    que Monterregione acordona
    de altas torres su centro amurallado,
    así coronan el último abismo
    los gigantes, a los que, aun airado,
    Júpiter amenaza cuando encona
    sus rayos. Ya veía la cabeza
    de uno de ellos, y el pecho, y parte
    del vientre y los brazos, mas no aparte,
    sino atados al tronco.
                                   ¡Cuánta alteza
    y saber mostró la naturaleza
    al extinguirlos, privando a Marte
    de sus ejecutores! Pues si su arte
    se complace con obras de grandeza,
    como elefantes y ballenas, de
    ello se deduce su justicia
    y prudencia. Porque si a la malicia
    se unen inteligencia y un poder
    omnímodo, nada puede hacer
    el hombre en su defensa.
                                        Ya más de
    cerca —y temblando—, examinaba
    sus proporciones, que no hay mayor
    en obra humana de ahora ni por
    alzar.
            La cabeza superaba
    la Piña de San Pedro y no mostraba
    el resto proporción inferior,
    al menos, en cuanto al sector
    del cuerpo en que el muro no es traba
    a los ojos, de modo que ni tres
    frisones, uno en otro, pudieran
    llegar ni aún sus cabellos, pues
    calculando muy por lo bajo, eran
    treinta largos palmos desde aquél,
    hasta donde el hombre se ata el
    manto.
                Y comenzó a gritar la
    horrible boca donde todo dulzor
    fuera insulto, y diera más horror:
      —“Dra, cu, tor , ej, po, ga, der, do, sa”.
                                                           —¡Ya
    basta, alma estúpida! ¡Vuelve a
    tu cuerno y sopla allí el furor
    de tu insania! —exclamó mi Señor.
    Calla la lengua, que en ti está
    de más y es ultraje. Echa las
    manos al cuello y hallarás
    la soga. ¡Mírate!, desgraciado.
    Mira tu amplio pecho, bien atado
    y sujeto. Ya nunca volverás
    a hacer más daño, hoy que ya estás
    en donde te mereces.
                                   Concluyó
    con esto mi Guía y se volvió
    a mí, diciendo:  —Su boca lo
    delata. Es Nemrod. El que trazó
    la torre, cuyo orgullo dividió
    la lengua y a él le despojó
    de todas ellas. Ignóralo. No
    gastes palabras. Si algo quedó
    en su mente, él no puede entender
    ni nadie le entiende.
                                 Y tras torcer
    a la izquierda, seguimos nuestro viaje,
    hasta hallar a otro monstruo de pelaje
    mucho mayor y más fiero. No sé
    quién pudo sujetar a bestia de
    tamaño poder, pero sí el favor
    que hizo a nuestra raza, si era esclava
    de aquel maldito.
                            Observé que estaba
    bien sujeto y amarrado por
    medio de grilletes. Y alrededor
    de su cuerpo, una cadena que daba
    cinco vueltas  y que no dejaba
    nada a lo imprevisto: con el mejor
    arte, le había inmovilizado
    los brazos —fijos el derecho a
    la espalda y el izquierdo al pecho—
    haciéndole un bloque.
                                  —Este malvado
    —dijo el Poeta— se alzó contra la
    Justicia, la Verdad y el Derecho
    cuando, ebrios de orgullo, los colosos
    asaltaron el Olimpo. Efialto
    se llamaba. Quiso llegar tan alto
    cuanto cayó. Sus brazos poderosos
    ya nunca servirán a tenebrosos
    designios, ni causarán sobresalto
    a los pequeños.
                          —Señor —digo—, falto
    de ver a Briareo que en tus misteriosos
    versos nos mostraste con más de cien
    tentáculos.
                    Me responde:  —Verás
    a Anteo, que habla y está
    sin cadenas. Él nos conducirá
    a lo más profundo del pozo. En
    cuanto a aquél, está mucho más
    abajo, totalmente aherrojado.
    Sólo es más grande y feroz.
                                           No tembló
    la tierra con tal furia como lo
    hizo entonces, cuando el encadenado
    comenzó a agitarse de un lado
    a otro. Ni nunca me pareció
    más cercana la muerte, que a no
    ver sus cadenas, hubiera bastado
    con el pánico.
                        Y tras caminar
    un trecho encontramos a Anteo, que
    andaba libremente por detrás
    de la muralla y se alzaba de ésta más
    de cinco brazas, esto sin contar
    la cabeza. Y alzando la voz, le
    habló mi Guía:
                       —Tú, que en el glorioso
    valle donde batió el Escipión
    al de Cartago, te alzaste con
    mil leones, y hay quien da por dudoso
    el final de aquel vuestro penoso
    intento, de haber dado ocasión
    a tu brazo, presta ahora, atención
    a mi ruego, y bájanos al foso
    del último abismo.
                             No me hagas rogar
    a Ticio o a Tifeo. Éste que ves
    vuelve al mundo, y puede darte la fama
    y el nombre que aquí se desea, pues
    tiene aún largos años que contar,
    si antes la Suma Gracia no le llama.

      Al punto, Anteo extendió
    sus manazas, cuya fuerza sintió
    el gran Hércules. Con ellas tomó
    a mi Maestro. Y él, cuando se vio
    ya sujeto, me dijo:  —Ven, que yo
    te abrace. Y haciéndolo, formó
    un haz conmigo.
                           Sabe el que miró
    la Calisendra desde abajo, lo
    que es verse aplastar en las nubes. Fue
    mucho más terrible al descender
    el gigante. Pero nos dejó suave,
    en donde se devora a Lucifer
    y a Judas. Y sin pararse más, se
    elevó, como el mástil de una nave.

  • CANTO XXXII · La Traición

    La traición. Círculo Noveno. Cocito. El lago de hielo. Traidores. Primera zona helada. Caina. Traidores de su sangre. Segunda zona helada. Atenora. Traidores a su patria. Bocca.

    Canto XXXII

      Fuera ahora el verso bronco, duro;
    la estrofa seca, áspera, cortada
    como cuadra a la cuenca helada
    que fragua todo mal. Me aventuro
    con temor en esta empresa. Apuro
    la palabra, pero la lengua dada
    a los hombres no encuentra nada
    en que apoyarse. Se halla frente a un muro
    que no puede saltar.
                                 Por eso acudo
    a vosotras, las tres Musas. Tomad
    el peso que no cabe en humano
    comprender. Dejo en vuestra mano
    este canto. ¡Ayudadme! Emplead
    vuestro poder mas alto o quedo mudo.

      ¡Gentes malvadas, más que la peor
    de las razas, que puebla este lugar
    perverso del que tanto cuesta hablar!
    ¡Mejor os fuera no nacer! ¡Mejor
    ser ovejas o cabras!
                                Cuando por
    obra de Anteo logramos bajar
    al fondo, luego de éste regresar
    a su borde, yo estaba con pavor
    frente al muro. Entonces me llegó
    su voz, ya desde lo alto:  —Procura
    al andar, no hollar las cabezas de
    los condenados.
                            Al volverme, hallé
    al frente un estanque helado. No
    asemejaba agua, antes dura
    roca. Nunca polo alguno formó
    tal masa helada, que de caer
    montañas no la lograran hacer
    un rasguño.
                     Cuando el campo llegó
    a la sazón —ya presto a que lo
    tome la segur para recoger
    la cosecha—, es en las ranas meter
    el cuerpo, sacando la cabeza lo
    forzoso para poder croar. Tal
    aquellos condenados se encontraban
    por dentro del carámbano, sacando
    sus cabezas hasta el mentón.
                                             Daban
    muela contra muela, traqueteando
    sus yertos huesos en seco son, cual
    las aves mudas. Sus frentes bajaban,
    buscando el suelo. En el temblor
    de sus rostros pude ver el dolor
    de sus mentes. Sus ojos mostraban
    la absoluta soledad en que acaban
    sus almas.
                   Observé alrededor.
    Tras ello reparé en dos, tanto por
    cercanos, cuanto porque se juntaban
    sus cuerpos, de tal modo estrechados,
    que ya estaban mezclados los cabellos
    de ambas cabezas. Les pregunté
    entonces.  —Vosotros dos, atados
    con tal lazo como nunca hallé,
    ¿cuál es vuestro nombre?
                                        Ellos
    alzaron el rostro. El llanto que
    goteaba en el suelo, rodó
    por sus caras hasta que alcanzó
    a sus yertas bocas, en donde se
    heló, sellándolas. Nunca fue
    hecho candado como el que cerró
    aquellas aberturas, que no lo
    alcanzara a lograr grapa alguna de
    nuestro mundo. Luego los condenados,
    como carneros llenos de furor,
    entrechocaron el uno contra el
    otro a cabezazos. Tal era el rencor
    que los embargaba.
                                Otro, que del
    negro pasmo mostraba cercenados
    los lóbulos de las orejas, no
    esperando a más, me contestó
    con los ojos bajos: —¿Qué es lo
    que observas? A ambos los engendró
    un solo padre. A ambos los gestó
    un solo seno. A ambos los secó
    una maldad. A ambos los mató
    un rencor.
                    Nunca Caína halló
    peor raza, que hasta el que cayó
    bajo la lanza de Artús —que cortó
    a la par que el pecho la sombra— o
    Focacha, o éste delante que no
    me deja ver nada, que se llamó
    Mascherone, fueron peores. Yo,
    para que no preguntes, vengo de
    los Pazzi, me llamo Camicion. Pero
    cuando baje Carlo, al que espero,
    entonces, para muchos ya no seré
    el peor.
               Tras aquellos encontré
    muchos más rostros en aquel nevero
    aterrador, tanto que aún no supero
    el espanto cuando tengo que
    cruzar un lago helado.
                                   Bajábamos
    al centro de toda la maldad,
    entre sombras perpetuas. Fue
    por el acaso o por potestad
    de lo alto, que en tanto andábamos
    temblando presurosos, golpeé
    una cabeza, que al punto exclamó:
      —¿Por qué me maltratas?¿O es que
    tratas de aumentar lo que gané
    en Monte Aperto?
                              Entonces yo:
      —Maestro, espera, que éste me entró
    una duda. Deja ahora que me
    la resuelva. Luego correré
    cuanto gustes. Cuando él se paró,
    regresé al otro, que daba voces
    cada vez más fuertes.  —¿Qué crees que eres
    tú —exclamé— para sermonear
    a todos? Me responde:  —¿Qué te crees
    tú, sombra perversa, para andar
    por entre la Antenora, dando coces
    con tal fuerza que de traer
    tu seco cuerpo fuera mucho?
                                              Yo
    le respondo:  —Con él vengo, mas no
    como supones. Presto he de volver
    con los hombres. Te podrá complacer
    que añada tu nombre entre lo
    que les cuente.  —¡Márchate! —retrucó—.
    ¡Déjame! Nada me puede placer
    menos. Guárdate los halagos, que
    no gustan famas a este lugar.

      Entonces, bajándome, le tomé
    por la nuca: —Te me vas a mostrar,
    te guste o no, o no te dejaré
    un sólo pelo. Él:  —Aunque me
    dejes calvo. Ya puedes patear
    hasta hartarte.
                          Estaba yo con las
    manos presas en sus cabellos, más
    de un mechón fuera, él dando en aullar
    contra el suelo, yo tratando de alzar
    su rostro, cuando el de atrás
    comenzó:  —¿Es que nunca callarás,
    Bocca? ¿No te basta traquetear,
    que ladras como un perro? ¿Qué Satán
    te muerde ahora?
                              Yo:  —Ya te sé,
    perverso asqueroso vendedor
    de tu pueblo. Ya todos sabrán
    tu suerte porque no dejaré
    de nombrarte para hacer mayor
    tu vergüenza.
                         El bramó:  —¡Vete ya!
    Pon cuanto gustes. Nunca volverás,
    pero de hacerlo no me nombrarás
    sólo. Añade a ése de la
    lengua suelta que harto será
    que no lo conozcas. Llora las
    monedas francesas. Hallé, podrás
    contarles, a Bouso Duera, allá
    donde los condenados se congelan.
    En cuanto a los demás, ése a
    tu lado es Beccaria que bajó
    desmochado. Más lejos se desmuelan
    los huesos de Soldanier. Tras él va
    Gadeón con Tebaldo, que entregó
    a Faenza bajo la noche…

      Ya estábamos lejos de aquel renegado
    aullante, cuando quedé aterrado
    por dos cabezas, la una en otra, a
    modo de un sombrero. Como da
    contra el pan duro, el que ha estado
    en ayunas, tal era devorado
    el de abajo, con tal saña que hará
    suave a Tideo cuando descarnó
    a Menalipo.
                     Por lo que empecé:
      —Tú, que en tal brutal modo muestras cuánto
    es tu rencor, habla: ¿en qué te ultrajó?
    Vuelvo al mundo, en él te vengaré,
    de no secar la lengua del espanto.

  • CANTO XXXIII · Enemigos de Toda Raza

    Enemigos de toda raza. Odio a la inocencia. Ruggiero. La presa del conde Ugolino. Tercera zona helada. Tolomea. Traidores a su alma. Los ensatanados. Tolomea en vida. Alberigo. Branca Doria.

    Canto XXXII

      Se alzó la boca del brutal bocado,
    secándose en los pelos del que
    estaba devorando. Tras ello me
    contestó:
                 —Habrá de ser renovado
    el acerbo dolor desesperado,
    que ya me atenaza tan sólo de
    recordarlo, antes de que se te
    muestre. Mas para que el depravado,
    al que devoro, sea arrojado
    de toda raza, me verás llorar
    hablando. No sé cómo has logrado
    bajar. Tampoco se tu nombre. Por
    tu acento me pareces de un lugar
    cercano. Hazme un sólo favor.
    Lleva esta historia al mundo:
                                           —Yo
    era el conde Ugolino. El que
    descarno es Ruggiero. No le
    viene al caso cómo me engañó,
    me apresó, o mató después. Lo
    que nunca se supo es cómo me
    ultrajó el alma, qué inhumana fue
    la negra muerte que él me preparó.

      Un pequeño hueco en la torre,
    que desde entonces se llama del
    hambre —mal sea que aún no ahorre
    su mal a otros—, me dejó ver el
    paso a muchas lunas, cuando llegó
    aquel mal sueño que me desveló
    el futuro. Éste, cual gran señor
    poderoso en su caballo, daba
    caza a lobo y lobeznos. Estaba
    con más nobles, alzando su furor.
    Se ayudaban de perros de la peor
    ralea, llenos de hambre, de baba,
    de sed de sangre. Éste ordenaba
    todo para no dejar la menor
    ocasión de escape al perseguido.

    Vi, al poco, al animal caer rendido
    con sus cachorros, en tanto los perros
    les clavaban sus dientes como hierros
    candente  en las carnes.

    Desperté con la aurora y oí que uno de
    mis hijos, llorando en sueños me
    pedía pan. ¡Duro eres si no
    te estremeces, pensando en lo
    que ya imaginas! Y si no se te
    salta el llanto, dime: ¿qué es lo que
    te hace llorar?
                        Al poco despertó
    mi prole y lentamente pasó
    la mañana. Llegaba la hora de
    nuestro alimento pero cada cual
    callaba, como yo, por algún mal
    sueño. En esto, oí que se clavaba
    la puerta de la torre y miré
    a mis pequeños. Pero no lloré.
    Dentro de mi corazón, imploraba
    por su suerte.
                        Lloraban ellos. Y
    mi Anselmito, mi pequeño, mi
    niño, me dijo: —“¡Padre!, ¡padre!, di,
    ¿qué te pasa?... ¿Por qué miras así?”
    Pero no sollocé, ni respondí
    nada en todo aquel día ni
    en aquella noche.
                             Cuando vi
    la mañana en sus rostros, advertí
    mi aspecto y me empecé a morder
    las manos del dolor. Ellos, al
    verme, creyendo que era de
    hambre, me rodearon:  —“¡Padre! —me
    dijeron— ¡Padre!..,. puedes comer
    de nosotros…, tuyos somos, cual
    tú nos diste el ser”. Procuré
    sosegarme para que ellos no
    sufrieran más. Y así transcurrió
    un día y otro más. ¡Tierra!..., ¿por qué
    no abriste tus entrañas…? Fue
    al cuarto día que Baldo cayó
    a mis pies: —“¡Padre!, ¡ayúdame…!” Murió
    con estas palabras.
                              Y cual me
    estás viendo, así vi yo caer
    los otros tres, uno a uno… entre el
    quinto y sexto día. Ciego del
    dolor palpaba sus cuerpos sin
    cesar, gritando hasta enloquecer
    sus nombres, tres días... hasta que al fin
    me dio la pena, lo que me negó
    el hambre.
                   Luego que concluyó
    de hablar, sesgando el gesto, regresó
    el mísero al cráneo y le clavó
    los dientes, como nunca mordió
    perro alguno.
                       ¡Cruel ciudad que no
    te escarneces de cuanto pasó
    en tu seno! ¡Nueva Tebas! Oye lo
    que aquí te digo: La inhumanidad
    es el germen de toda la maldad.
    Y si tus gentes callan, y si tus
    vecinos quedan mudos, muevan sus
    moles la Capria y la Gorgona, y
    formen un dique en el Arno y así
    te aneguen sus aguas.
                                    Si vendió
    el conde sus castillos, justo es lo
    ajusticiaras. ¿Pero en qué te dañó
    Uguillone? ¿en qué te ofendió
    Baldo? ¿o Brigada? ¿cómo te faltó
    Anselmo? ¿O es que acaso no
    lo quieres ver? Eran niños. Pagó
    su inocencia lo que te faltó
    de hombría. Su sangre manda.

      Ya estamos en la zona en que la
    capa helada atenaza a
    los cuerpos. Sólo el rostro está
    sobre el suelo. El llanto va
    a los ojos, helándose. La costra ha
    hecho un muro en las cuencas. Al dar
    en él, el nuevo llanto regresa a
    su fuente, cerrándole el paso. La
    amargura lo empuja a bajar
    a las entrañas donde vuelve a helar,
    formando nudos, hasta que todo se ha
    congelado. Hasta que el alma, ya
    menos que nada, no puede llorar.

      Aunque a causa de la escarcha no
    me notaba el rostro, me llegó
    un soplo aún más helado.  —Señor
    —exclamé—: ¿Qué se mueve? ¿No paró
    todo en esta tumba? Él me contestó:
      —Dentro de poco verás su autor.

      Uno de la amarga fosa, que
    oyó nuestras voces, nos llamó
    llorando:  —¡Vosotros dos, que ya no
    os queda peor lugar! ¡Vedme de
    cortar este velo, para que me
    descargue, antes que la helada lo
    vuelva a cerrar!
                          Yo: —Tu nombre o no
    lo hago. Habla, que cortaré
    tu costra aunque quede en ella. Él
    responde:  —Ve a Alberigo, el de
    la mala fruta. A la postre aquel
    banquete harto caro me fue.
    Yo entonces:  —¿Pero has muerto ya?

      Me responde:  —No sé cómo estará
    el cuerpo. En la Tolomea no
    se espera a que Atropas corte la
    hebra. Sabrás que el alma baja a
    este cepo tan pronto consumó
    su maldad. En cuanto al cuerpo, lo
    toma un Satán, que ordenará
    sus actos. Creo que te agradará
    saber que ése, a tu lado, cayó
    ya hace años. Branca D'Oria se
    llama.
            —En esto te engañas —le
    respondo—, pues aún estaba andando
    harto sano en el mundo, cuando
    yo bajé.
                Él contestó:  —Antes que
    Zanche cayera en el pozo de
    la pez, Branca D'Oria abandonó
    su cuerpo, dejando en su lugar
    a un negro demonche, para bajar
    a esta fosa con el que le ayudó
    en su atentado. Ve cómo yo
    cumplo el trato. Te toca pagar
    tu parte. Baja, presto, a cortar
    el muro de estas cuencas. No
    te demores más.
                            Pero me negué:
    no por crueldad que en esto fue
    justo, ¿de qué se puede quejar el
    que mata al que sentó en su mesa
    como huésped? Quede allá, no me pesa.
    Quede helada su sangre en el mantel.

  • CANTO XXXIV · Satanás, El Mono Derrotado

    Satanás. El mono derrotado. Los devorados de Satanás: traidores al amigo: Judas, Bruto, Casio. Saliendo del Infierno. Las estrellas.

    Canto XXXIV

      —¡Los estandartes del emperador
    del mal se nos acercan! —exclamó
    el Poeta—. Helos allá, a ver lo
    que encuentras.
                            Cual yendo por
    el campo, ya acabado el calor
    en las cosas, ya muerto el color
    bajo las sombras —o cuando cayó
    una densa bruma—, que el andador
    ve, a lo lejos, las aspas del lagar
    donde se muele el grano avanzar
    en la negrura, tal se me mostró
    aquel gran artefacto. Mas no más
    que un momento, pues la fuerza de las
    ráfagas que helaban, me llevó
    a escudarme tras el Vate. Que allá
    no queda resguardo alguno.
                                            Nos
    encontrábamos ya —temblando os
    lo muestro— donde el ser está
    en los bloques, cual la paja en la
    masa de agua que heló en los cubos. Los
    cuerpos, dentro, se transparentan. Los
    puedo ver cómo yacen, aunque ya
    apenas quedan rasgos. Unos están
    tumbados, otros están rectos, ya
    sobre sus plantas, ora sobre la
    cabeza; en algunos se les han
    juntado ambos extremos formando
    un aro.
                Luego de un trecho andando
    en las sombras, el Poeta se paró
    para mostrarme a aquél que fue
    una vez, el rostro más bello de
    los ángeles. Tras ello se echó
    un poco al lado, para que yo
    lo observara de frente.
                                     ¡Que no se
    me pregunte en qué estado quedé
    al contemplarle! Porque eso no
    se puede expresar, de mudo, de yerto,
    que todo fuera poco. No sé
    cómo me hallaba. Sólo sé que
    estaba, que no estaba muerto,
    pero estaba falto de facultad
    toda salvo el espanto. Observad
    lo que puede ser esto. Estar
    muerto a todo, salvo al terror.

      Se alzaba el funesto emperador,
    sobre el bloque, cuanto para dejar
    los brazos fuera. Más puedo pasar
    por un coloso, que éstos a un sector
    de su antebrazo. Vea el lector,
    usando de su mente, de juzgar
    cual debe de ser su envergadura.
    De mostrar alguna vez hermosura
    como es ahora su fealdad,
    de haber usado de tanto favor
    para revelarse a su Hacedor,
    no cabe duda que toda maldad
    se engendra por él.
                                ¡Qué estupor
    me causó que su cabeza constaba
    de tres rostros! El que se mostraba
    al centro, enfrente, del color
    de la sangre. A ambos lados, por
    el cuello, el otro par que se traba
    todo él, en la nuca, que acaba
    truncada como un negro tumor.

      Era el rostro de la derecha, del
    color de la cera. El opuesto, el
    del luto. Bajo cada rostro, dos
    alas de tal tamaño que no se
    encontró nave semejante, de
    tegumentos membranosos, cual
    los sangradores nocturnos. Sacaba
    con ellas los tres soplos con que helaba
    las entrañas del Cocito.
                                     Lloraba
    con sus tres pares de ojos. Goteaba
    por sus tres barbas, sangre con baba
    roja. Con cada boca machacaba
    un condenado, de suerte que daba
    tortura a tres a la vez. No mostraba
    el que estaba al centro, menos dolor
    por las dentelladas, cuanto por
    el destrozo de las uñas que lo
    desollaban todo el cuerpo.
                                         El que
    está más torturado —señaló
    el Vate— es Judas lscariote, que
    entró la cabeza en la boca de
    Satanás, en tanto el cuerpo se
    retuerce fuera. De los otros que
    están boca abajo, el que le
    cuelga a la negra es Bruto. Ve
    cómo calla, aunque se le dé
    tormento, aún se nota que fue
    romano. El otro es Casio.
                                       Ya te he
    mostrado todo. ¡Vamos! Ya cayó
    la noche. Ya nada queda que ver.

      Tal como el Poeta me ordenó,
    me agarré a su cuello. Él, luego halló
    el lugar más adecuado, esperó
    el momento según el proceder
    de las alas, de modo que cuando
    éstas se alzaban más, se aferró
    al velludo pecho que sujetó
    por el pelo. De este modo, tentando
    de mechón en mechón, fue bajando
    por el hueco del borde que formó
    la capa helada.
                         Cuando llegó
    al punto en que en la cadera va entrando
    el muslo, el Poeta, con gran trabajo,
    agachó la cabeza hasta debajo
    de las plantas de Satanás. Después
    que logró bajarse, se agarró
    a sus pelos, como el que comenzó
    la escala, dejándome perplejo, pues
    se me antojaba volver a entrar
    en el Averno.
                        El Poeta me habló
    con voz llena de jadeo:  —No
    dejes de sujetarte: por pesar
    semejante nos hemos de escapar
    de tanto mal. Al cabo que llegó
    al hueco de una roca, me dejó
    en el suelo para luego pasar
    él, ya más seguro. Entonces alcé
    los ojos, pensando encontrar al
    monstruo tal como lo dejé. Cuál
    no quedé asombrado, cuando lo hallé
    con las patas alzadas.
                                  Como yo,
    otros se asombrarán, en tanto no
    se percaten del punto que cruzó
    el poeta.  —¡Levántate! —exclamó éste—,
    la senda es larga. Ya por el Este,
    el sol avanza en la mañana. No
    fue bella sala, la que se mostró,
    que era caverna dura, agreste,
    oscura.
               —Señor, sácame de este
    error: ¿Dónde está el bloque? ¿Qué pasó
    a Satanás que está al revés? ¿Por qué
    apenas era de noche, que ahora es
    mañana?

                  Él me contesta: —Crees que
    estás donde me agarré a aquel
    gusano que horada el mundo. En el
    descenso era tal, pero después,
    al volverme, cuando empecé a trepar,
    pasaste al polo opuesto. Ahora estás
    justo al otro extremo del más
    amargo de todo cuanto lugar
    guarda el mundo. Este eje va a dar
    a donde fue muerto como un ladrón más,
    el Hombre libre de pecado. Las
    sombras lo cubren todo, a la par
    que aquí da la luz.
                              Pero Satanás
    permanece como estaba. Cayó
    desde lo alto. La tierra que se alzaba
    del mar, llena de espanto, se veló
    dentro de sus aguas. También, quizás
    por eso, el espacio que horadaba
    al bajar, huyendo de él, levantó
    el monte donde estamos.
                                         Hay allá
    abajo, un lugar tan distante a
    Belcebú cual es su tumba. No
    lo halla la vista, pues no quedó
    luz alguna. Pero el que está
    atento, al cabo escuchará
    el rumor de un arroyuelo que entró
    horadando una peña.
                                  Avanzamos
    tras él al mundo luminoso, mi
    Guía y yo. Hasta que ya estamos
    arriba. Mi Señor va delante. Vi
    ya al frente las dulces cosas bellas
    Y SALIMOS DE NUEVO A LAS ESTRELLAS.

     

    EPÍLOGO

    El hombre es sed de luz. El alma sabe
    y a su manera que a expresar no acierta,
    implora a la Verdad no descubierta
    que en ella habita: leve, tierna clave
    en donde luz y música se trabe
    en unidad de Amor, herida abierta
    a la Vida infinita que se inserta
    en una misma sangre, dulce, suave.

     En cada viaje se preludia el viaje
    donde la Humanidad, a tientas, labra
    su destino entre el ansia y la agonía.
    Dura es la noche, débil el coraje.
    Pero de pronto surge una palabra
    y ya todo está bien: ¡Madre! ¡María!