Barbarricia

  • CANTO XXII · Con la Tropa Infernal

    Con la tropa infernal. La captura de un rufián. Los demonios burlados por su codicia. El infierno

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                                         Vamos
    con diez demonios procurando
    ponerles buena cara, como cuando
    en la tierra, que unas veces rezamos
    si es el templo y otras cantamos
    si la taberna —casi nunca dando
    en nuestro gusto—, y disimulando
    gesto y maneras, avizoramos
    por nuestro alrededor a lo que
    más nos interesa. Y así fue
    conmigo, y mi curiosidad
    apartó el miedo y se centró
    en su objeto.
                        Cerca la tempestad
    de los navíos, los delfines lo
    saben y lo advierten, emergiendo
    los lomos y hundiéndose, cual
    si remedaran a las olas, al
    saltar al barco —quizás queriendo
    avisarlo—. Tal, mas no aludiendo
    a éstos, sino hurtándose al mal
    de aquel foso —y en provisional
    alivio—, yo iba advirtiendo
    que algunos condenados sacaban
    un punto sus espaldas, se mostraban
    apenas un instante y volvían
    a hundirse.
                    Otros, como las ranas,
    alzaban la cabeza y escondían
    cuerpo y ancas, pues las ganas
    de aire no son tales como para
    olvidar la precaución. Sucede
    a veces, que una de éstas quede
    quieta y pasmada y paga cara
    su distracción: ¡No se disparara
    el ave como éstos! No se puede
    describir con qué rapidez procede
    esa alada gentuza y su rara
    destreza.
                   He que uno —y aún
    me estremezco— no se escondió
    a tiempo. Rajaperros le enganchó
    por los pelos y le sacó afuera,
    pringado de alquitrán cual si fuera
    una nutria. Al punto se hizo un
    círculo:
              —¡Eh, Rubicante —gritaban
    a una—, métele las garras y
    despelléjale! ¡Ay!, qué mal vi
    a aquel ratón. Los gatos jugaban
    a divertirse y alardeaban
    de sus mañas.  —Maestro, ve si
    puedes saber quién es, porque a ti
    te temen. Ve que en poco acaban
    con él —le digo—. Así, mi Señor
    se acercó al mísero que de horror
    estaba mudo.
                         La curiosidad
    no es sólo patrimonio del hombre:
    no es completo el verdugo sin el nombre
    del reo, y por eso la maldad
    es curiosa y Barbarricia accedió
    a nuestro deseo. El otro, por
    atrasar su pena y con la mejor
    estrategia, no desperdició
    la tregua y presto respondió:
     
      —Nací en Navarra. Me cupo el honor
    de un padre miserable y vividor
    que acabó con su vida y arruinó
    nuestra casa. Por mi madre entré
    al servicio del buen rey de
    mi país, tratado como un hijo,
    y acabé de bribón de los más bajos,
    hurgando con mi cargo en los atajos
    de los asuntos y el entresijo
    de las bolsas.
                       Aquí Ciriato —que
    estaba por lo suyo—, le metió
    sus dos colmillos y si no llegó
    a destrozarle, fue porque le
    sujetó Barbarricia.  —Trata de
    acabar pronto —le advirtió
    a mi Señor—, porque éstos ya no
    se esperan y en cualquier momento te
    quedas sin él.
                        Prosiguió mi Maestro:
      —Dime: ¿hay en la pez alguien de nuestro
    país? Y el otro:  —Con uno hablé
    al subir, ¡lástima no estar allá!

    —¡Basta! —dijo Lascilobo—. Y le
    clavó el tridente por entre la
    clavícula. Dragonazo también
    lo intentó, pero el jefe le miró
    furioso. Cuando al fin logró
    calmarles, prosiguió mi Guía: —¿Quién
    es ése que dices, que recién
    te habló?
                —Es Gamita —dijo—. Juzgó
    a grandes criminales que dejó
    libres y limpios a cambio de buen
    dinero. Fue además un rufián
    de los magníficos. Con él está
    Miguel Zanche y no paran de contar
    sus proezas. Pero ¡ay!, que ya
    rechinan estos, y presto me van
    a meter las garras y arrancar
    la costra.
                   El jefe se volvió
    a Farullero que abría de par
    en par los ojos, dispuesto a clavar
    sus garfios:  —¡Aparta, que aún no
    ha acabado!
                      El mísero miró
    desorbitado:  —Yo os puedo entregar
    a muchos de abajo con silbar
    la seña — prorrumpió—. Tendréis lo
    que queréis, y no uno sino siete,
    y paisanos de éstos. Pero di
    a ésos que se aparten, porque si
    los ven, no vendrán. Haz que se aquiete
    tu gente y llamaré, pero separa
    a tu tropa de la orilla, para
    que no se recelen.
                               A Malcagnazo,
    —que así le llamaban por su cara—,
    no le gustó el juego:  —“Éste prepara
    algo…”.  —Sí —replicó el otro—, emplazo
    a los camaradas y así yo aplazo
    mi suerte.
                   Rechina, que desgarrara
    a todo el foso y no saciara
    su voracidad, entró en el lazo
    que se le tendía:  —Pero advierte
    —le dijo— que ni la pez hirviente
    te librará de mí.
                          Todos miraron
    a la orilla, y cuando aflojaron
    la vigilancia, el navarro vio
    la ocasión: se escurrió
    de Barbarricia, afirmó los pies
    y de un salto, volvió al alquitrán,
    en un visto y no visto, con gran
    sorpresa de los demonios, pues
    ni por asomo se pensaban que les
    pudiera burlar un rufián
    tan ramplón y aún menos con tan
    corta baza.
                    El más furioso es
    Rechina que tuvo la culpa del
    engaño y se arrojó tras él
    gritando: —¡Te atrapé!
                                    Pero las
    alas del espanto corrieron más:
    el huido se metió en la pez
    y el negro pájaro por esta vez
    quedó sin presa, y alzando el pecho,
    remontó furioso, como un halcón,
    con los garfios vacíos y con
    el rostro ardiendo de despecho.

      Cabronzo —que le siguió al acecho
    de su derrota— vio la ocasión
    de ajustar cuentas y, a renglón
    seguido, viendo al otro maltrecho
    y fatigado, le arremetió
    desde lo alto en pleno vuelo.
    Pero éste se le revolvió
    como un gavilán con rapidez
    increíble, y ambos a contrapelo
    del aire, caen sobre la pez
    hirviente.
                  El calor los separó
    al instante, pero no pudieron
    salir. Sus alas que se hundieron
    en el alquitrán, enviscadas, no
    les servían. Barbarricia mandó
    a cuatro de ellos, que se pusieron
    en alto, por encima, y hundieron
    sus chuzos, a los que se asió
    la extraña pareja que ya estaba
    achicharrada hasta los huesos,
    en tanto que su jefe insultaba
    a unos y otros, sin excepción
    alguna.
                Y tomando la ocasión,
    nos apartamos, dejándoles en esos
    menesteres.