Branca Doria

  • CANTO XXXIII · Enemigos de Toda Raza

    Enemigos de toda raza. Odio a la inocencia. Ruggiero. La presa del conde Ugolino. Tercera zona helada. Tolomea. Traidores a su alma. Los ensatanados. Tolomea en vida. Alberigo. Branca Doria.

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      Se alzó la boca del brutal bocado,
    secándose en los pelos del que
    estaba devorando. Tras ello me
    contestó:
                 —Habrá de ser renovado
    el acerbo dolor desesperado,
    que ya me atenaza tan sólo de
    recordarlo, antes de que se te
    muestre. Mas para que el depravado,
    al que devoro, sea arrojado
    de toda raza, me verás llorar
    hablando. No sé cómo has logrado
    bajar. Tampoco se tu nombre. Por
    tu acento me pareces de un lugar
    cercano. Hazme un sólo favor.
    Lleva esta historia al mundo:
                                           —Yo
    era el conde Ugolino. El que
    descarno es Ruggiero. No le
    viene al caso cómo me engañó,
    me apresó, o mató después. Lo
    que nunca se supo es cómo me
    ultrajó el alma, qué inhumana fue
    la negra muerte que él me preparó.

      Un pequeño hueco en la torre,
    que desde entonces se llama del
    hambre —mal sea que aún no ahorre
    su mal a otros—, me dejó ver el
    paso a muchas lunas, cuando llegó
    aquel mal sueño que me desveló
    el futuro. Éste, cual gran señor
    poderoso en su caballo, daba
    caza a lobo y lobeznos. Estaba
    con más nobles, alzando su furor.
    Se ayudaban de perros de la peor
    ralea, llenos de hambre, de baba,
    de sed de sangre. Éste ordenaba
    todo para no dejar la menor
    ocasión de escape al perseguido.

    Vi, al poco, al animal caer rendido
    con sus cachorros, en tanto los perros
    les clavaban sus dientes como hierros
    candente  en las carnes.

    Desperté con la aurora y oí que uno de
    mis hijos, llorando en sueños me
    pedía pan. ¡Duro eres si no
    te estremeces, pensando en lo
    que ya imaginas! Y si no se te
    salta el llanto, dime: ¿qué es lo que
    te hace llorar?
                        Al poco despertó
    mi prole y lentamente pasó
    la mañana. Llegaba la hora de
    nuestro alimento pero cada cual
    callaba, como yo, por algún mal
    sueño. En esto, oí que se clavaba
    la puerta de la torre y miré
    a mis pequeños. Pero no lloré.
    Dentro de mi corazón, imploraba
    por su suerte.
                        Lloraban ellos. Y
    mi Anselmito, mi pequeño, mi
    niño, me dijo: —“¡Padre!, ¡padre!, di,
    ¿qué te pasa?... ¿Por qué miras así?”
    Pero no sollocé, ni respondí
    nada en todo aquel día ni
    en aquella noche.
                             Cuando vi
    la mañana en sus rostros, advertí
    mi aspecto y me empecé a morder
    las manos del dolor. Ellos, al
    verme, creyendo que era de
    hambre, me rodearon:  —“¡Padre! —me
    dijeron— ¡Padre!..,. puedes comer
    de nosotros…, tuyos somos, cual
    tú nos diste el ser”. Procuré
    sosegarme para que ellos no
    sufrieran más. Y así transcurrió
    un día y otro más. ¡Tierra!..., ¿por qué
    no abriste tus entrañas…? Fue
    al cuarto día que Baldo cayó
    a mis pies: —“¡Padre!, ¡ayúdame…!” Murió
    con estas palabras.
                              Y cual me
    estás viendo, así vi yo caer
    los otros tres, uno a uno… entre el
    quinto y sexto día. Ciego del
    dolor palpaba sus cuerpos sin
    cesar, gritando hasta enloquecer
    sus nombres, tres días... hasta que al fin
    me dio la pena, lo que me negó
    el hambre.
                   Luego que concluyó
    de hablar, sesgando el gesto, regresó
    el mísero al cráneo y le clavó
    los dientes, como nunca mordió
    perro alguno.
                       ¡Cruel ciudad que no
    te escarneces de cuanto pasó
    en tu seno! ¡Nueva Tebas! Oye lo
    que aquí te digo: La inhumanidad
    es el germen de toda la maldad.
    Y si tus gentes callan, y si tus
    vecinos quedan mudos, muevan sus
    moles la Capria y la Gorgona, y
    formen un dique en el Arno y así
    te aneguen sus aguas.
                                    Si vendió
    el conde sus castillos, justo es lo
    ajusticiaras. ¿Pero en qué te dañó
    Uguillone? ¿en qué te ofendió
    Baldo? ¿o Brigada? ¿cómo te faltó
    Anselmo? ¿O es que acaso no
    lo quieres ver? Eran niños. Pagó
    su inocencia lo que te faltó
    de hombría. Su sangre manda.

      Ya estamos en la zona en que la
    capa helada atenaza a
    los cuerpos. Sólo el rostro está
    sobre el suelo. El llanto va
    a los ojos, helándose. La costra ha
    hecho un muro en las cuencas. Al dar
    en él, el nuevo llanto regresa a
    su fuente, cerrándole el paso. La
    amargura lo empuja a bajar
    a las entrañas donde vuelve a helar,
    formando nudos, hasta que todo se ha
    congelado. Hasta que el alma, ya
    menos que nada, no puede llorar.

      Aunque a causa de la escarcha no
    me notaba el rostro, me llegó
    un soplo aún más helado.  —Señor
    —exclamé—: ¿Qué se mueve? ¿No paró
    todo en esta tumba? Él me contestó:
      —Dentro de poco verás su autor.

      Uno de la amarga fosa, que
    oyó nuestras voces, nos llamó
    llorando:  —¡Vosotros dos, que ya no
    os queda peor lugar! ¡Vedme de
    cortar este velo, para que me
    descargue, antes que la helada lo
    vuelva a cerrar!
                          Yo: —Tu nombre o no
    lo hago. Habla, que cortaré
    tu costra aunque quede en ella. Él
    responde:  —Ve a Alberigo, el de
    la mala fruta. A la postre aquel
    banquete harto caro me fue.
    Yo entonces:  —¿Pero has muerto ya?

      Me responde:  —No sé cómo estará
    el cuerpo. En la Tolomea no
    se espera a que Atropas corte la
    hebra. Sabrás que el alma baja a
    este cepo tan pronto consumó
    su maldad. En cuanto al cuerpo, lo
    toma un Satán, que ordenará
    sus actos. Creo que te agradará
    saber que ése, a tu lado, cayó
    ya hace años. Branca D'Oria se
    llama.
            —En esto te engañas —le
    respondo—, pues aún estaba andando
    harto sano en el mundo, cuando
    yo bajé.
                Él contestó:  —Antes que
    Zanche cayera en el pozo de
    la pez, Branca D'Oria abandonó
    su cuerpo, dejando en su lugar
    a un negro demonche, para bajar
    a esta fosa con el que le ayudó
    en su atentado. Ve cómo yo
    cumplo el trato. Te toca pagar
    tu parte. Baja, presto, a cortar
    el muro de estas cuencas. No
    te demores más.
                            Pero me negué:
    no por crueldad que en esto fue
    justo, ¿de qué se puede quejar el
    que mata al que sentó en su mesa
    como huésped? Quede allá, no me pesa.
    Quede helada su sangre en el mantel.