Caína

  • CANTO XXXII · La Traición

    La traición. Círculo Noveno. Cocito. El lago de hielo. Traidores. Primera zona helada. Caina. Traidores de su sangre. Segunda zona helada. Atenora. Traidores a su patria. Bocca.

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      Fuera ahora el verso bronco, duro;
    la estrofa seca, áspera, cortada
    como cuadra a la cuenca helada
    que fragua todo mal. Me aventuro
    con temor en esta empresa. Apuro
    la palabra, pero la lengua dada
    a los hombres no encuentra nada
    en que apoyarse. Se halla frente a un muro
    que no puede saltar.
                                 Por eso acudo
    a vosotras, las tres Musas. Tomad
    el peso que no cabe en humano
    comprender. Dejo en vuestra mano
    este canto. ¡Ayudadme! Emplead
    vuestro poder mas alto o quedo mudo.

      ¡Gentes malvadas, más que la peor
    de las razas, que puebla este lugar
    perverso del que tanto cuesta hablar!
    ¡Mejor os fuera no nacer! ¡Mejor
    ser ovejas o cabras!
                                Cuando por
    obra de Anteo logramos bajar
    al fondo, luego de éste regresar
    a su borde, yo estaba con pavor
    frente al muro. Entonces me llegó
    su voz, ya desde lo alto:  —Procura
    al andar, no hollar las cabezas de
    los condenados.
                            Al volverme, hallé
    al frente un estanque helado. No
    asemejaba agua, antes dura
    roca. Nunca polo alguno formó
    tal masa helada, que de caer
    montañas no la lograran hacer
    un rasguño.
                     Cuando el campo llegó
    a la sazón —ya presto a que lo
    tome la segur para recoger
    la cosecha—, es en las ranas meter
    el cuerpo, sacando la cabeza lo
    forzoso para poder croar. Tal
    aquellos condenados se encontraban
    por dentro del carámbano, sacando
    sus cabezas hasta el mentón.
                                             Daban
    muela contra muela, traqueteando
    sus yertos huesos en seco son, cual
    las aves mudas. Sus frentes bajaban,
    buscando el suelo. En el temblor
    de sus rostros pude ver el dolor
    de sus mentes. Sus ojos mostraban
    la absoluta soledad en que acaban
    sus almas.
                   Observé alrededor.
    Tras ello reparé en dos, tanto por
    cercanos, cuanto porque se juntaban
    sus cuerpos, de tal modo estrechados,
    que ya estaban mezclados los cabellos
    de ambas cabezas. Les pregunté
    entonces.  —Vosotros dos, atados
    con tal lazo como nunca hallé,
    ¿cuál es vuestro nombre?
                                        Ellos
    alzaron el rostro. El llanto que
    goteaba en el suelo, rodó
    por sus caras hasta que alcanzó
    a sus yertas bocas, en donde se
    heló, sellándolas. Nunca fue
    hecho candado como el que cerró
    aquellas aberturas, que no lo
    alcanzara a lograr grapa alguna de
    nuestro mundo. Luego los condenados,
    como carneros llenos de furor,
    entrechocaron el uno contra el
    otro a cabezazos. Tal era el rencor
    que los embargaba.
                                Otro, que del
    negro pasmo mostraba cercenados
    los lóbulos de las orejas, no
    esperando a más, me contestó
    con los ojos bajos: —¿Qué es lo
    que observas? A ambos los engendró
    un solo padre. A ambos los gestó
    un solo seno. A ambos los secó
    una maldad. A ambos los mató
    un rencor.
                    Nunca Caína halló
    peor raza, que hasta el que cayó
    bajo la lanza de Artús —que cortó
    a la par que el pecho la sombra— o
    Focacha, o éste delante que no
    me deja ver nada, que se llamó
    Mascherone, fueron peores. Yo,
    para que no preguntes, vengo de
    los Pazzi, me llamo Camicion. Pero
    cuando baje Carlo, al que espero,
    entonces, para muchos ya no seré
    el peor.
               Tras aquellos encontré
    muchos más rostros en aquel nevero
    aterrador, tanto que aún no supero
    el espanto cuando tengo que
    cruzar un lago helado.
                                   Bajábamos
    al centro de toda la maldad,
    entre sombras perpetuas. Fue
    por el acaso o por potestad
    de lo alto, que en tanto andábamos
    temblando presurosos, golpeé
    una cabeza, que al punto exclamó:
      —¿Por qué me maltratas?¿O es que
    tratas de aumentar lo que gané
    en Monte Aperto?
                              Entonces yo:
      —Maestro, espera, que éste me entró
    una duda. Deja ahora que me
    la resuelva. Luego correré
    cuanto gustes. Cuando él se paró,
    regresé al otro, que daba voces
    cada vez más fuertes.  —¿Qué crees que eres
    tú —exclamé— para sermonear
    a todos? Me responde:  —¿Qué te crees
    tú, sombra perversa, para andar
    por entre la Antenora, dando coces
    con tal fuerza que de traer
    tu seco cuerpo fuera mucho?
                                              Yo
    le respondo:  —Con él vengo, mas no
    como supones. Presto he de volver
    con los hombres. Te podrá complacer
    que añada tu nombre entre lo
    que les cuente.  —¡Márchate! —retrucó—.
    ¡Déjame! Nada me puede placer
    menos. Guárdate los halagos, que
    no gustan famas a este lugar.

      Entonces, bajándome, le tomé
    por la nuca: —Te me vas a mostrar,
    te guste o no, o no te dejaré
    un sólo pelo. Él:  —Aunque me
    dejes calvo. Ya puedes patear
    hasta hartarte.
                          Estaba yo con las
    manos presas en sus cabellos, más
    de un mechón fuera, él dando en aullar
    contra el suelo, yo tratando de alzar
    su rostro, cuando el de atrás
    comenzó:  —¿Es que nunca callarás,
    Bocca? ¿No te basta traquetear,
    que ladras como un perro? ¿Qué Satán
    te muerde ahora?
                              Yo:  —Ya te sé,
    perverso asqueroso vendedor
    de tu pueblo. Ya todos sabrán
    tu suerte porque no dejaré
    de nombrarte para hacer mayor
    tu vergüenza.
                         El bramó:  —¡Vete ya!
    Pon cuanto gustes. Nunca volverás,
    pero de hacerlo no me nombrarás
    sólo. Añade a ése de la
    lengua suelta que harto será
    que no lo conozcas. Llora las
    monedas francesas. Hallé, podrás
    contarles, a Bouso Duera, allá
    donde los condenados se congelan.
    En cuanto a los demás, ése a
    tu lado es Beccaria que bajó
    desmochado. Más lejos se desmuelan
    los huesos de Soldanier. Tras él va
    Gadeón con Tebaldo, que entregó
    a Faenza bajo la noche…

      Ya estábamos lejos de aquel renegado
    aullante, cuando quedé aterrado
    por dos cabezas, la una en otra, a
    modo de un sombrero. Como da
    contra el pan duro, el que ha estado
    en ayunas, tal era devorado
    el de abajo, con tal saña que hará
    suave a Tideo cuando descarnó
    a Menalipo.
                     Por lo que empecé:
      —Tú, que en tal brutal modo muestras cuánto
    es tu rencor, habla: ¿en qué te ultrajó?
    Vuelvo al mundo, en él te vengaré,
    de no secar la lengua del espanto.