Bolsa Octava: Espíritus pervertidos del mundo cristiano. El atrapado en su propia argucia.

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           La antigua llama calló.
Irguiéndose, volvió a recobrar
su altiva pose y tras esperar
quieta y solemne a que se lo
indicara el Poeta, prosiguió
su eterno y ciego navegar
sin rumbo.
                La veíamos marchar
cual llegó, cuando otra en que no
me fijé antes. y que vino luego
bastante atrás de aquella, llamó
nuestra atención por el trasiego
y el rumor que empezó a sacar
de su punta, queriéndose notar.

  Como el buey de Sicilia que estrenó
su lamento en quién lo cinceló
—y se hizo justicia—, que al lanzar
su bramido parecía estar
lleno de dolor —no siendo sino
el llanto del que desde dentro lo
exhalaba—, tal la llama, al no hallar
abertura, hacía crepitar
el fuego, hasta que encontró
el resquicio y dijo:
                          —¡A ti, que
hace un instante oí diciendo
en mi lengua: "Vete, no te entretengo
más", ¡escúchame! Y aunque vengo
tarde, no te duelas de hablarme. Ve
que no me duele a mí y estoy ardiendo.
Y si hace poco que has sido arrojado
a este mundo ciego, caído de
aquella tierra donde fragüé
mi culpa, di cómo la has dejado,
si en paz o en guerra, y el estado
de sus gentes. Porque yo me crié
entre el Turbión y el monte en que se
nace el Tíber.
                   Seguía yo callado
y atento, como antes, según se me
indicó, cuando mi Guía me tocó
levemente en el codo:  —Aquí
puedes hablar, éste es latino.
                                        ¡No
esperaba nada más! Me incliné
a la llama y le dije así:
  —¡Alma oculta en el fuego! Romaña
nunca está en paz en el corazón
de sus tiranos, pero a la sazón
se toleran: cada cual rebaña
su porción y extiende su cizaña
a placer.
             —El Águila hace bastión
donde siempre y lo entenebrece con
sus alas. La Garra Verde araña
la tierra que llora a tantos valientes.
El viejo Dogo y su cachorro matan
donde y cuando quieren. El Leoncillo
Blanquiazul cambia de mientes
según conviene. Y las gentes tratan
de seguir viviendo al precario orillo
de la libertad y ni aun eso les
une, ni aún entre ellos mismos. Y
ahora dime quién eres, y así
tu nombre llegue al mundo a través
de mis escritos.
                      La llama, después
de oírme, se remetió en sí
misma. Y al cabo, como si mi
proyecto careciera de interés
alguno, luego de crepitar
a su modo dijo:  —Si creyera,
como dices, que puedes regresar
arriba, está seguro que no
me oirías más. Pero nadie salió
de este foso, ni existe manera
de burlar el fuego.
                          Así te diré,
sin miedo a la infamia, que fui
un gran estratega. Luego vestí
el cordón del pobre, tratando de
remediarme. Y estoy cierto que
me habría llegado a salvar, si
no fuera por el que turbó mi
quietud, para mi daño, y al que le
deseo todo mal. Y oye cual fue
mi perdición:
                  Mientras mi alma tuvo
su cuerpo, no luché como el león,
sino como el zorro. Supe y usé
todas las artes de la astucia, con
tal ingenio, que en ninguna hubo
quien me igualara. Y alcancé
gran fama y renombre. Mas al llegar
la edad en que el hombre ha de arriar
las velas, me arrepentí, confesé
todos mis pecados, me aparté
de todo aquello y, para enmendar
mi antigua vida, entré en el Hogar
del buen Francisco, ¡y ojalá que
quedara en él!
                     Pero aquel superior,
sin ninguna vergüenza ni decencia,
bien se aprovechó de mi obediencia
y flaqueza. Y como mandó llamar
Constantino a Silvestre, para curar
su lepra, así él envió por
mí, para hallar remedio al ardor
de su cólera.
                  Primero callé,
pues sus palabras parecían de
un ebrio, pero él siguió con mayor
ímpetu: "No tengas ningún temor
—me dijo—. Yo, de antemano, te
eximo de la culpa. Pero me
has de decir cómo puedo echar por
tierra a mi contrario. Puedo cerrar
y abrir la Ley, como tú sabes,
y no me importa usar esas dos llaves
que tanto respetó mi antecesor."

  De este modo, vine a barruntar
que —yo a salvo— callar era peor,
y le dije: "Ya que me absuelves del
pecado que voy a cometer,
para triunfar, has de prometer
mucho y no cumplir."
                             Cuando llegó el
morirme, vino a buscarme el fiel
Francisco. Pero vi aparecer
un negro diablo: "¡Éste ha de arder
—le gritó— y es mío, desde aquel
mal consejo! Él mismo ingenió
el sofisma y le atrapé. Pues no
es  posible absolver al que no se
arrepiente, ni hay contrición
queriendo el mal,
pues hay contradicción
en los términos."
                        ¡Cómo desperté
de mi error cuando me agarró
diciendo: "Nunca pensaste que yo
razono y soy lógico." !Y me
llevó a Minos, que se ciñó
ocho veces la cola, la mordió
furioso y gritó: "¡Éste es de
la llama falaz!" Así es como entré
aquí y el lazo que me tendió
mi vieja astucia.
                       Y sin agregar
más, la llama se marchó agitando
su punta. Y nosotros, tras cruzar
la roca, pasamos a la incisión
siguiente, donde están penando
los que siembran discordia y división.

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