Décima Bolsa. Los enfermos putrefactos. Destructores de la verdad. Adulteradores de las cosas. Capocchio.

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  ¡Aquella multitud! ¡La visión
de tanta sangre…, la división
de los cuerpos…, la dispersión
de los miembros…, la exposición
de las entrañas…, la destrucción
del sentido…! Tanta desolación
y tan ingente, en irrupción
continua, entrando en aluvión
por mis ojos, en tal modo oprimió
mi alma, que hubiera deseado
detenerme para poder llorar
y desahogarme.
                          Virgilio habló
impávido:  —¿Qué haces ahí, pasmado
y quieto? No te he visto actuar
así en las otras fosas. Ya has mirado
bastante. Si los quieres contar
faltan siglos. La luna está a mediar
su arco, el tiempo señalado
es corto y no hemos empezado
para lo que falta. Deja su pesar
para ellos y vuelve a estar
en ti.
     —Señor, si hubieses reparado
en el motivo por el que buscaba
en el fondo, quizás me hubieras
permitido quedarme algo más
—le respondí.
                      Mi Guía se alejaba
ya, y yo —siguiéndole detrás— seguía
insistiendo:  —En las ringleras
de allí abajo, gime uno de
mi sangre.
              —Olvídalo —respondió
mi Guía—. Piensa en otra cosa. Yo
le vi, bajo el puente y cómo te
mostraba a los otros. Por cierto, que
alzó su puño y te amenazó.
Tú, absorto al decapitado, no
miraste a donde estaba y se fue.
  ¡Ay Señor! Nadie se ha ocupado
de su muerte ni de su asesino
—respondí—. Según dices, imagino
que por eso estará irritado
con nosotros.
                      Así continuamos
por la roca, hasta que alcanzamos
la parte que domina la vertiente
de la última fosa. Y cuando
Malas Bolsas nos mostró su nefando
valle de los falsos, fue tal torrente
de lamentos y de tan hiriente
modo, que me eché las manos, tratando
de librar mis oídos.
                              Ni aun juntando
en una fosa, toda la doliente
multitud de enfermos y apestados
de todos los lazaretos, hospicios
y hospitales, si fueran arrojados
a aquel hondo como desperdicios
para que se pudrieran al calor
del verano, darían más hedor
de gangrena.
                     No hay putrefacción
de carne que se pueda comparar,
ni tormento como el respirar
la hediondez de su descomposición
consciente. Y si mi corazón
estuvo casi a punto de estallar
en la novena fosa, al contemplar
ésta, sólo siento repulsión
y asco.
           Ni cuando se infectó
el aire en Egina —que pereció
todo, hasta el gusano, y según
los poetas, tan sólo quedó un
germen de una hormiga y de él
la repobló Júpiter—, ni en aquel
pueblo se vería tal temor
y abatimiento, como el que ven
mis ojos.
              Veo los cuerpos en
montón, como cuando en el horror
de la peste van los carros por
las calles con muertos y también
vivos. Y en aquel almacén
putrefacto veo, alrededor
de mí, a los seres amontonados
languideciendo, los unos tumbados
en los otros. Algunos, torpemente,
se remueven, algunos trataban
de arrastrarse a tientas y rodaban
por el suelo.
                    Bajamos la pendiente
por la izquierda; los labios apretados,
mi Maestro delante; yo mirando
a aquellos míseros y tratando
de no oírles.
                    Vi a dos, medio sentados
en contra de sus hombros y apoyados
entre sí, igual que las tejas cuando
se cuecen. Se estaban aplicando
las uñas a sus cuerpos, plagados
de pústulas de cabeza a pies,
para calmar la horrible comezón,
con tal rabia, que se lo arrancaban
a pedazos, como el cuchillo con
las escamas del escaro, y se llevaban
la carne con ellas.
                             Virgilio les
miró y dijo a uno:  —Tú, que
así aplicas tus armas para hacer
tu destrozo, que no pudiera haber
mejores alicates, así te
duren eternamente y no se
te acorten en ese menester,
si me dices dónde puedo ver
a algún latino.
                     El otro le
respondió sin mirarle, ni dejar
de llorar y arañarse:  —Ambos lo
somos. Del resto, pronto vendrá
el tiempo en uno no podrá
ni rascarse, porque van a bajar
tantos y en tanto modos, que no
habrá hueco. ¿Y tú quién eres, que
así preguntas?
                     Mi Guía contestó:
  —Uno que trae a otro que no
está muerto y presto ha de
regresar a la tierra. Tal fue
el encargo que se me pidió.
Viene para observar todo lo
que hay aquí. Luego le mostraré
lo de abajo.
                   Las sombras dejaron
de apoyarse entre sí y se tornaron
temblando hacia mí. Mi Señor
se me acercó:  —Les puedes preguntar
lo que quieras.
                       Yo, haciendo honor
a su permiso, empecé a hablar:
  —Ojala que vuestros nombres no se
olviden en el mundo que he dejado
arriba, antes bien les sea dado
durar mucho, como quisiera que
me dijerais quiénes sois y de
qué lugar. Dejad vuestro cuidado
un momento y pese a vuestro estado,
no os importe decirme cual fue
la culpa que así os destroza.
                                           —Yo
fui de Arezzo —dijo uno— y Albero,
el de Siena, al fin consiguió
mi muerte. Cierto que le hice pensar
—por burlarme— que sabía volar.
El tonto, tan curioso cual ligero
de juicio, quería el capricho. No
le hice un Dédalo y me hizo arder.
Mas mi muerte nada tiene que ver
aquí. Minos —que no yerra— me vio,
se ciñó diez veces y me mandó
a esta yacija, por corromper
los elementos y envilecer
las fórmulas. En eso remató
mi alquimia.
                    Yo me volví al Poeta:
  —¿Podrá haber —le dije— gente más
fantasiosa que los de Siena? Ni
los franceses les alcanzan.
                                          —Así
es —dijo el otro leproso—. Mas
deja fuera a Stricca, de tan discreta
mente, que en un año consumió
su hacienda. A Niccolo, por crear
la rica salsa para el buen manjar
y por el clavo que tan bien usó.
Y a la pandilla que se arruinó
en veinte meses, donde fue a mostrar
su ciencia Abbagliato, a pesar
de los libros, a los que dedicó
tanto tiempo.
                     Y si quieres saber
quién te lo dice, mírame y verás
a Capocchio, el sienés. Y ve por
cuanto se ha echado a perder
mi gran genio, pues reconocerás
que nunca habrá mejor imitador.

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Disponible a partir del 4 de Noviembre

Galería Canto XXIX

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