Con la tropa infernal. La captura de un rufián. Los demonios burlados por su codicia. El infierno

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                                     Vamos
con diez demonios procurando
ponerles buena cara, como cuando
en la tierra, que unas veces rezamos
si es el templo y otras cantamos
si la taberna —casi nunca dando
en nuestro gusto—, y disimulando
gesto y maneras, avizoramos
por nuestro alrededor a lo que
más nos interesa. Y así fue
conmigo, y mi curiosidad
apartó el miedo y se centró
en su objeto.
                    Cerca la tempestad
de los navíos, los delfines lo
saben y lo advierten, emergiendo
los lomos y hundiéndose, cual
si remedaran a las olas, al
saltar al barco —quizás queriendo
avisarlo—. Tal, mas no aludiendo
a éstos, sino hurtándose al mal
de aquel foso —y en provisional
alivio—, yo iba advirtiendo
que algunos condenados sacaban
un punto sus espaldas, se mostraban
apenas un instante y volvían
a hundirse.
                Otros, como las ranas,
alzaban la cabeza y escondían
cuerpo y ancas, pues las ganas
de aire no son tales como para
olvidar la precaución. Sucede
a veces, que una de éstas quede
quieta y pasmada y paga cara
su distracción: ¡No se disparara
el ave como éstos! No se puede
describir con qué rapidez procede
esa alada gentuza y su rara
destreza.
               He que uno —y aún
me estremezco— no se escondió
a tiempo. Rajaperros le enganchó
por los pelos y le sacó afuera,
pringado de alquitrán cual si fuera
una nutria. Al punto se hizo un
círculo:
          —¡Eh, Rubicante —gritaban
a una—, métele las garras y
despelléjale! ¡Ay!, qué mal vi
a aquel ratón. Los gatos jugaban
a divertirse y alardeaban
de sus mañas.  —Maestro, ve si
puedes saber quién es, porque a ti
te temen. Ve que en poco acaban
con él —le digo—. Así, mi Señor
se acercó al mísero que de horror
estaba mudo.
                     La curiosidad
no es sólo patrimonio del hombre:
no es completo el verdugo sin el nombre
del reo, y por eso la maldad
es curiosa y Barbarricia accedió
a nuestro deseo. El otro, por
atrasar su pena y con la mejor
estrategia, no desperdició
la tregua y presto respondió:
 
  —Nací en Navarra. Me cupo el honor
de un padre miserable y vividor
que acabó con su vida y arruinó
nuestra casa. Por mi madre entré
al servicio del buen rey de
mi país, tratado como un hijo,
y acabé de bribón de los más bajos,
hurgando con mi cargo en los atajos
de los asuntos y el entresijo
de las bolsas.
                   Aquí Ciriato —que
estaba por lo suyo—, le metió
sus dos colmillos y si no llegó
a destrozarle, fue porque le
sujetó Barbarricia.  —Trata de
acabar pronto —le advirtió
a mi Señor—, porque éstos ya no
se esperan y en cualquier momento te
quedas sin él.
                    Prosiguió mi Maestro:
  —Dime: ¿hay en la pez alguien de nuestro
país? Y el otro:  —Con uno hablé
al subir, ¡lástima no estar allá!

—¡Basta! —dijo Lascilobo—. Y le
clavó el tridente por entre la
clavícula. Dragonazo también
lo intentó, pero el jefe le miró
furioso. Cuando al fin logró
calmarles, prosiguió mi Guía: —¿Quién
es ése que dices, que recién
te habló?
            —Es Gamita —dijo—. Juzgó
a grandes criminales que dejó
libres y limpios a cambio de buen
dinero. Fue además un rufián
de los magníficos. Con él está
Miguel Zanche y no paran de contar
sus proezas. Pero ¡ay!, que ya
rechinan estos, y presto me van
a meter las garras y arrancar
la costra.
               El jefe se volvió
a Farullero que abría de par
en par los ojos, dispuesto a clavar
sus garfios:  —¡Aparta, que aún no
ha acabado!
                  El mísero miró
desorbitado:  —Yo os puedo entregar
a muchos de abajo con silbar
la seña — prorrumpió—. Tendréis lo
que queréis, y no uno sino siete,
y paisanos de éstos. Pero di
a ésos que se aparten, porque si
los ven, no vendrán. Haz que se aquiete
tu gente y llamaré, pero separa
a tu tropa de la orilla, para
que no se recelen.
                           A Malcagnazo,
—que así le llamaban por su cara—,
no le gustó el juego:  —“Éste prepara
algo…”.  —Sí —replicó el otro—, emplazo
a los camaradas y así yo aplazo
mi suerte.
               Rechina, que desgarrara
a todo el foso y no saciara
su voracidad, entró en el lazo
que se le tendía:  —Pero advierte
—le dijo— que ni la pez hirviente
te librará de mí.
                      Todos miraron
a la orilla, y cuando aflojaron
la vigilancia, el navarro vio
la ocasión: se escurrió
de Barbarricia, afirmó los pies
y de un salto, volvió al alquitrán,
en un visto y no visto, con gran
sorpresa de los demonios, pues
ni por asomo se pensaban que les
pudiera burlar un rufián
tan ramplón y aún menos con tan
corta baza.
                El más furioso es
Rechina que tuvo la culpa del
engaño y se arrojó tras él
gritando: —¡Te atrapé!
                                Pero las
alas del espanto corrieron más:
el huido se metió en la pez
y el negro pájaro por esta vez
quedó sin presa, y alzando el pecho,
remontó furioso, como un halcón,
con los garfios vacíos y con
el rostro ardiendo de despecho.

  Cabronzo —que le siguió al acecho
de su derrota— vio la ocasión
de ajustar cuentas y, a renglón
seguido, viendo al otro maltrecho
y fatigado, le arremetió
desde lo alto en pleno vuelo.
Pero éste se le revolvió
como un gavilán con rapidez
increíble, y ambos a contrapelo
del aire, caen sobre la pez
hirviente.
              El calor los separó
al instante, pero no pudieron
salir. Sus alas que se hundieron
en el alquitrán, enviscadas, no
les servían. Barbarricia mandó
a cuatro de ellos, que se pusieron
en alto, por encima, y hundieron
sus chuzos, a los que se asió
la extraña pareja que ya estaba
achicharrada hasta los huesos,
en tanto que su jefe insultaba
a unos y otros, sin excepción
alguna.
            Y tomando la ocasión,
nos apartamos, dejándoles en esos
menesteres.

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