Quinta Bolsa. La brea hirviente. Manipuladores de los oficios públicos. Los demonios de Garras Malditas. El arco derrumbado.

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  Como en invierno en el arsenal
de Venecia arde tenaz la pez
para los barcos, que por la vejez
o averías no pueden darse al
mar… y en tanto que cada cual
construye su nave, otro a la vez
calafatea, dando solidez
al casco, tras el agua y la sal
de muchos viajes… y uno embrea la
proa, otro la popa, quien hace
remos, quien retuerce cuerdas, quien
a los costados… y aquéllos, ya
más avanzados, atienden al enlace
de la arboladura y al sostén
de los palos de las mesana a
la mayor…, así —mas por fuego no
común—,  vi hervir un alquitrán que lo
invadía todo.
                     Poco hallará
allí el viajero y en vano andará
la vista. La mía se empleó
a fondo y solamente vio
la masa densa, espesa, que se va
hinchando y levantándose, revienta
sus vejigas, esparciendo la pez,
y vuelve a comprimirse, una vez
y otra… y otra…, ya sin cuenta
ni final.
           Contemplaba el hervor,
absorto en él, cuando mi Señor
me agarra fuertemente:  —¡Cuidado!
¡Cuidado!, murmura. Presentí el
peligro cerca. Y como aquél
que quiere ver lo que le ha causado
el pánico sin dejar el dictado
de los pies, así estaba yo: del
miedo al deseo.
                         Y no hay piel
que no se hubiera toda erizado
ante el negro demonio que volaba
por detrás de nosotros, trasportando
en su espalda a uno que colgaba
como un saco, sujeto por los
pies.    
    —¡Agarradlo bien! ¡Ahí os
va! Y lo arrojó al foso, gritando
a sus congéneres:  —¡Ved lo que viene
a Garras Malditas! ¡Un buen juez
de Lucca que nos trae su merced!
Yo vuelvo a esa tierra, que tiene
muchos y grandes, y ya conviene
que algunos prueben la honradez
de sus juicios. ¡Ea!, que esta vez
no falle. Vea si aquí le sostiene
su cargo.
               El mísero se hundió
en la brea y subió hecho un arco,
pero los otros, armados de arpones,
le esperaban. Y bien se ensañó
aquella chusma, pues no hubo barco
mejor engarfiado ni histriones
más sádicos:  —¡Baila, baila! —gritaban
riendo—. Y no te dobles, que aquí
no hay Justo. Nada ahora. Ve si
flotas como en tu Serchio.
                                        Y apretaban
hincando los chuzos hasta que acaban
de sumergirle:  —Y pobre de ti,
si vuelves a asomarte. Queda ahí
con tu firma por si te la recaban.
Tal los marmitones hacen con las
viandas.
             Y mi Señor:  —Queda tras
una roca, que no te vean, en tanto voy
a hablar con ellos. Pero te doy
un aviso: no te asustes si me
quieren ofender, que harto se,
por antes, cómo son estos venales.

  Cuando estuve a cubierto, él cruzó
el puente y tan pronto alcanzó
el borde, ellos —como chacales
hambrientos—, le rodean brutales
y maliciosos. Siempre me asombró
su valor, pero aquí se me mostró
su prudencia. Sin mostrar señales
de inquietud les grita:  —¡Que ninguno
se atreva a tocarme! Busco al jefe
y él verá lo que os conviene hacer,
después de oírme.
                              De entre ellos, uno
se adelanta.  —¿Crees tú, mequetrefe,
—le dice—, que te va a valer
de algo? Y mi Maestro:  —¿Y tú te
imaginas que yo habría bajado
hasta aquí, de no estar guardado
y protegido en todo? Te diré
más: allá vosotros. Yo ya os he
advertido. Por mi parte, he tratado
de mostrarme cortés y demasiado
sabes que no puedes burlarte de
quien me envía. Déjame pasar
con el mío, no vaya a aumentar
vuestro daño.
                    Algo se barruntó
Cola Maldita —que así le llamaban
sus compañeros— porque apartó
el tridente y dijo a los que estaban
con él:  —¡Dejadlos!
                                Y mi Guía a mí:
  —Puedes venir tranquilo. Yo empecé
a andar aprisa, mas no dejé
mi miedo ¡Como si fuera así
de fácil! Y menos, cuando vi
el furor de sus ojos y escuché
que uno decía a otro: “¿Por qué
no le acariciamos?” ¡Tal temí
que lo hicieran! No más vi temblar,
en otros tiempos, a los que salían
rendidos de Carpona, al pasar
entre los enemigos que pedían
su sangre.
                Y fingiendo el valor
que quisiera, me arrimé a mi Señor
cuanto pude, oyendo el rechinar
de sus dientes. Su jefe ordenó
que se callaran y se dirigió
a mi Maestro:
                    —Si queréis pasar
más adelante, tendréis que cambiar
de puente. Por el de aquí ya no
hay paso. Este arco cayó
desplomado al foso, al temblar
la tierra. Precisamente ayer
hizo mil doscientos sesenta y seis
años y un día, menos cinco horas,
del suceso. Así que si queréis
seguir adelante, debéis torcer
por la quebrada.
                        —Hay almas burladoras
de nuestras leyes, que cuando no
estamos cerca, buscan de tomar
el aire, tratando de aliviar
sus calores. Ya más de una probó
nuestro enojo, y aunque lo
temen, nunca dejan de intentar
su empeño. Yo voy a enviar
a algunos de mi tropa en pro
de sus carnes. Podéis acompañarles.

  Y eligió a diez, que al designarles
por sus nombres, ya entendí la maldad
de sus mentes y la especialidad
de su tortura:  —¡Vosotros, vigilad
por las orillas y acompañad
a éstos, hasta llegar al puente
que está entero!
                        — ¡Maestro! ¡Qué veo?
¡Míralos cómo rechinan! ¡Yo creo
que maquinan algo! Ciertamente
no me gusta esta tropa, ni esta gente
—le digo—.  —Hijo, no hagas empleo
de tu angustia: ellos van al ojeo
de los de dentro. ¡Vamos! sé valiente
y no temas.
                   Vi que antes de echar
el paso, cruzaron una señal
extraña que no me pareció exenta
de malicia. El jefe hizo sonar
los intestinos como triunfal
trompeta, digna de aquella opulenta
tropa. Y empezamos la marcha.

Trailer · Canto XXI

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