Cuarta Bolsa: el ser desencajado. Manipuladores del porvenir. Adivinos. Anfinarao. Manto. Historia de Mantua.

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  Veo un pozo lleno de angustiosos
llantos y gente que camina, cual
en las procesiones, en espectral
silencio. Sus pasos son penosos
y amargos; sus andares, fatigosos
y extraños. Y al mirar más fijo al
fondo, veo los cuerpos de tal
modo deformados, tan deshonrosos
a la figura humana, que no puedo
contener el llanto y me quedo
apoyado en una piedra. Pues
donde debe estar la cara, está
la nuca, a la espalda sigue la
barbilla y su llanto, al revés,
moja las nalgas.
                      Aquí mi Señor
me toma por los hombros y me gira
hacia sus ojos: —La mentira
—me dice— no merece el favor
de la piedad. Quede cada autor
con su obra. Así pues, retira
tu llanto, alza la frente y mira
a Anfiarao, que sin temor
de Dios ni de los hombres, a despecho
de las sagradas leyes, dio en hurgar
en su futuro.
                     La tierra se abrió por
sus pies y no paró de rodar
hasta que Minos le mandó a este horror.
Ve que de sus espaldas ha hecho pecho
y va hacia atrás: porque quiso ver mucho,
demasiado, y mal. No ha evitado
sus predicciones. Ya ha encontrado
suelo y talón. ¡Míralo!, al ducho
del porvenir, al cobarde aguilucho
de altos vuelos.
                       Hijo, ten cuidado
con los adivinos, han desgraciado
a mucha gente. Yo en mis versos lucho
contra ellos. Despiertan la codicia
y sus augurios inducen al hombre
a la impaciencia. Harto sé de
grandes crímenes por la malicia,
la insidia y la perversa fe
de sus presagios. ¡Mal saben el nombre
de la libertad!
                    Y mira ahora
a Tiresias y a Arontas, que también
fueron grandes magos y con muy buen
provecho. Y esa otra que llora,
cuyo cabello suelto se desflora
en sus pechos, velludos como en
los hombres, y henchida de desdén,
es Manto, la antigua moradora
de mi ciudad. Y he cómo se fundó.

  “Muerto su padre y Tebas ya
destruida, ella, errante, vagó
por muchas tierras. Al norte de la
bella Italia, al pie del
Alpe, sobre el Tiralli, en el
punto de tres sedes, yace impar
un lago: el Benaco. A él va
el agua de mil fuentes, y ya
repleto, la que no puede guardar
en su seno, la vierte al cantar
de mil arroyos y un río que da
al Pó en Goberno y se llamará
el Mincio. Poco ha de navegar,
cuando cae en un llano pantanoso.

   Manto llegó a aquel valle tortuoso,
divisó una tierra y, por evitar
a los hombres, la decidió habitar
con sus siervos. Allí se dedicó
a sus maleficios y allí dejó
sus huesos.
                 Los hombres, esparcidos
por los alrededores, acudieron
luego de su muerte e hicieron
la ciudad — doblemente protegidos
por el pantano—, e inadvertidos,
la llamaron Mantua, y  crecieron,
hasta los Casalodi, que sufrieron
de locura, engaños y descuidos”.

Mucho ha dado en rondar la fantasía.
Tú mira siempre con simplicidad
y atente a lo hechos: la verdad
nunca ha de avergonzarnos. Oirás
historias, muy diversas por demás,
pero tal es su origen.
                               —Sí, mi Guía
—le digo—, pero ahora previene
que estoy tras esta gente y que mi
mente no se aparta de ellos. Ve si
hay alguno que importe.

                                   —Allí viene
Eurípilo —me dice—, lo tiene
mi libro en algún verso y a ti
te será familiar. Ve a Escot. y
a Asdente. ¿Y que un tonto se llene
de patrañas? Ahora ya sabe qué
negocio hizo cambiando cuero
y lezna por sortilegios. Y ve
a esas miserables del agüero
y los filtros.
                Y vámonos, que ya
la luna toca en Sevilla y la
jornada apremia. Anoche estaba
redonda y no la habrás olvidado,
porque te iluminó en tu desolado
vagar y, amable, no puso traba
de nube a su luz.
                         Así me hablaba
mi Señor, y más cosas que he callado
en mis versos, aunque bien he guardado
conmigo. No por eso acortaba
el paso que firme y rectamente
me guiaba. Y así, de puente en puente,
casi sin darnos cuenta, estamos
ya llegando a la quinta hendidura
de Malas Bolsas. Y cuando la miramos,
me pareció terriblemente oscura.

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