La codicia: el cubil de la loba, las Bolsas malditas. Círculo octavo. Primera Bolsa: látigos. Manipuladores del sentimiento: Venedico. Jasón. Segunda Bolsa: estiércol. Aduladores: Alessio, Tais.

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  Hay en el Infierno un lugar llamado
las Bolsas Malditas. Lo forman diez
fosos que en círculos, cada vez
más estrechos, hacen plano inclinado
en embudo. Cada uno está aislado
de los otros por una ancha pared
de piedra roja y  hay una red
de arcos—puentes que parten del lado
externo. En el fondo, se abre la
boca del pozo donde todo es
muerte.

            Raudo, Gerión se va,
mordiendo esta vez el revés
de su cebo. Estamos al borde del
primer foso. Virgilio toma el
giro a la izquierda y puedo ver
abajo, a mi derecha, el suelo
de la zanja y el minucioso celo
de los látigos, que en el poder
de los demonios, muestran saber
su oficio. Los espíritus —hielo
enfebrecido— se gozan del duelo
del hombre.
                   Y cual se suele hacer
en las calles, allí los condenados
corren en dos sentidos —como rueda
de doble dirección—, azotados
continuamente, sin que nada pueda
evitarlo.
             Vuelve a mi recuerdo
la loba maliciosa y cómo pierdo
toda mi esperanza al contemplar
sus ojos, y me estremezco ante lo
que me preparaba. ¡Bien lo vio
mi Guía, que me hizo escapar
de sus garras, a costa de cruzar
el Abismo! ¡Bien lo conoció
la que desde el Cielo me envió
su ayuda!
                ¡Malas Bolsas! ¡El lugar
donde lleva la codicia a su presa
para devorarla! El hombre no
pierde su alma, poco a poco la
va entregando, poco a poco la va
matando en sí, hasta que entró
en la boca de la muerte: besa
al Amigo y le vende.
                                 Al ir
caminando, mi vista reparó
en una sombra que me pareció
conocida, aunque sin distinguir
su rostro. Me paré a concluir
mi examen y mi Guía consintió
en volverse un poco, para que lo
hiciera. No fue éste el sentir
del de abajo, que se quiso ocultar
bajando el rostro, pero de poco
le valió:  —Si no me equivoco
—le digo—, tú eres Venedico. ¿Qué
te hizo llegar aquí?
                          Y él:  —Se
que lo sabes, aunque más dio en hablar
tu pueblo. Soy el que llevó
a su hermana a ceder y entregarse
a los gustos del grande, por cobrarse
el precio. Y espléndido me pagó
el capricho. Pero no soy yo
el único, que en lo de rentarse
de las honras, sí puede honrarse
mi avara tierra.
                        En estas le hincó
el látigo un demonio, gritando:
  —¡Corre aprisa, rufián, como corrió
tu ansia! ¿Es que ya se sació
tu codicia? ¡Corre! ¡Sigue hurgando!
¡Ve si aquí hay mujeres que mercar!

  Yo vuelvo con mi Guía, y tras andar
un corto trecho por el borde, damos
con un lugar en donde sobresale
un gran peñasco que aquí nos vale
de puente, y por él nos separamos
de la primera orilla.
                               Estamos
sobre el vacío. Entra y sale
la doble hilera, tal que no la iguale
rebaño a matadero. Nos paramos
en el medio del arco, y mi Maestro
me muestra, a mi derecha, la fila
de dentro que ahora nos viene
de cara:
          —Ése es Jasón, tan diestro
como falaz: seduce a Hipsila,
que le salvó de la muerte, obtiene
lo que buscaba y la abandona,
dejándola encinta, igual que
a Medea. Harto necio fue
su valor, pues aquí no se perdona
su infamia. ¡Vámonos!, esta zona
no merece mirada, ni que el pie
se detenga, ni pena alguna de
su tormento. No en vano se traiciona
al sentimiento
                      Y cruzando el puente,
pasamos sobre el arco del segundo
foso. Un hedor, denso y pestilente,
sube del fondo y cubre la roca
de un moho tan sucio que provoca
náuseas. El hueco es tan profundo
y angosto que no es posible hallar
el suelo, e inútil, la mirada
topa con la pared. Pero en la arcada,
hacia el centro, vemos despuntar
un peñasco que parece retar
al vacío.
           Desde allí, bajada
la vista y no poco esforzada,
llego al final de aquel lugar
infecto. No existe muladar,
ni letrina, ni estercolero que
se le parezca. Y revolcándose
en él, vi a mucha gente, hozándose
en su inmundicia.
                            Pronto me fijé
en uno, que me era familiar
por sus gestos. Y él, que lo notó,
me grita:  —¿Por qué me miras más
que a los demás? Y yo:  —Porque estás
muy sucio, Alesio. Eso es lo
que veo.
             El otro se golpeó
la cabezota, gruñendo a su compás:
—Aquí estoy tras mi lengua que jamás
se sació de alabanzas.
                                    Concluyó
mi Maestro: —Si te inclinas, verás
a esa mujer infecta, que se araña
con sus uñas inmundas. Es Tais, la
cortesana: siempre te admirará,
si eres rico. Ya está esa alimaña
en su sitio.
                  Y no quise ver más.

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