Gerión o el fraude. Al borde del precipicio. Blasfemos contra el progreso y convivencia humanas: los usureros. Descenso al segundo abismo.

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  Vi salir una sombra como sale
un nadador, los brazos extendidos
desde el fondo del mar. A mis sentidos
llegó un profundo horror y aquí no vale
explicarlo. Que cada cual recale
su imagen. Yo sé que mis latidos
destemplaron sus pasos, ateridos,
que no existe pavor que se le iguale:

  Un rostro de hombre justo, comprensivo,
todo nobleza, dulce, alegre, vivo
y generoso, su vestido está lleno
de honores y de insignias, cuanto bueno
cabe en la tierra y busca el corazón.
Y dentro se ocultaba el escorpión.

  —He la fiera que quiebra la defensa
de los hombres, cuyo fétido hedor
corrompe y todo lleva al deshonor:
para ella no hay leyes, tan inmensa
es su ansia. Ve la torga y la prensa
de las almas. Utiliza al amor
para sus fines, se ceba en el favor,
convierte cada dádiva en ofensa
después de devorarla. La maldad
tiene en ella el nombre de ruindad.
Es pequeña, mezquina, sucia, fea
y asquerosa, acepta cualquier cosa
por devorar el bien y se recrea
siendo el gusano que seca la rosa.

  Así empezó mi Guía y añadió:
  —He aquí el engaño, la serpiente
disfrazada. ¡Cómo mueve, impaciente,
su envenenada púa! ¡Bien urdió
su emboscada¡, ¡ni Aracne tejió
mejor tela!
                Hela, en el saliente
de la roca, afable y sonriente,
mira con qué cuidado engalanó
el traje de embaucar para su presa.
Su cola en el vacío contrapesa,
haciendo arco, el peso que se agarra
al borde, cual nave cuya amarra
pretende estar al tiempo dentro y fuera.
Vayamos al encuentro de la fiera
y ya verá qué pronto la domeño.

  Fuimos a la derecha, descendiendo,
dejando arena y fuego. Yo iba viendo
que había gente al borde y mi Dueño
me los mostró:

                      Yo quedo en este empeño,
tú ve a verlos, en tanto contiendo
con el monstruo, pero te recomiendo
que no te esfuerces, todo allí es pequeño,
mezquino y vil. Son los usureros.
Verás colgada a modo de bicheros,
sus bolsas en sus pechos, ¡su tesoro!
Siempre han sido la escoria y el desdoro
de la Humanidad. Para ellos, el progreso
del mundo se mide según el peso
de sus ganancias.

                         Hijo, Dios creó
al hombre y estableció: “Creced
y poseed la tierra, encended
mi Luz en la materia”, y  le dio
el mundo. Pero el usurero no
acepta esta Ley. Sacia su sed
en sus cuentas y tiende su red
propia, tan mísero, que hasta lo
desprecia el fraude.

                            Y así, a solas
me llegué a los que estaban yaciendo,
las piernas al abismo, sofocados
como perros en verano. Las olas
de fuego les llegaban de ambos lados,
y cual hacen los canes, repeliendo
los tábanos, ora con el hocico
o con las patas, echados al suelo,
así ellos, con sus manos en revuelo
de moquero, de inútil abanico,
saciando sus miradas en su rico
botín, saliéndoles el duelo
por los ojos y el insaciable anhelo…
de más riquezas.
                        Nunca hubo borrico
más fijo en el talego de su pienso,
como ellos a las bolsas de sus cuellos.
Y al observarlos, vi distintos sellos
y dibujos, a modo de las marcas
que separan las arcas de las arcas:
una tenía el fondo azul intenso
y dentro de una marrana; otra un león
sobre fondo pardo; otra roja
con una oca blanca.

                             —¡Vete! ¡Moja
en otro plato! —me gritó cabezón
el de la cerda—. Y luego con fruición,
añadió:  —No es preciso que escoja
su puesto mi vecino que manoja
en tu tierra. ¡Venga ya su pendón!
¡Venga ya las Tres Cabras con su rey!,
que bien lo deseo y ya le guardo
sitio a mi izquierda. Traiga bien repleta
su bolsa, ¡y pronto!, que me inquieta
la espera y harto ha que le aguardo.
Y sacaba la lengua, como un buey
que se lame.
                   Le dejé con su mueca
y volví a mi Maestro que se había
subido sobre el monstruo y me decía:
  —Ahora se valiente, sube, trueca
tierra por aire. ¡Nunca hallé más seca
la garganta!  —Ve delante  —añadía
mi Señor—, pues su cola podría
lastimarte, mas ve que se desfleca
contra mí.
                Como el escalofrío
de la fiebre, así fue el primer
impulso. Pronto volví a creer
en mi Señor. Estaba tan vacío
que murmuré: “procura sostenerme"
y no salió mi voz.

                         Bastóle verme
al Poeta, que firme me tomó
en sus brazos y me montó, haciendo
de escudo contra el aguijón. Y viendo
que ya estaba seguro, ordenó
al bicho:  —Puedes bajar. Pero no
como estás pensando. Baja haciendo
giros y ve que te miro y entiendo
tus mañas. ¡Bien que le conoció
aquél!, más que mi miedo.
                                  
                                     Cual la nave
cuando sale del puerto, retrocede
poco a poco, hasta que se aleja,
así Gerión deshace la madeja
de sus garras, pone su cola cabe
su cabeza, y luego, cual procede
en tal gentil figura, haciendo
un sesgo cual si fuera un anguila,
abre sus alas, que mi ser vacila
en describir, y sigue descendiendo
en círculos.
                    De mi cuerpo, entiendo
que es sudor frío. Mi mente oscila
entre el abismo y el que me vigila.
El aire azota el rostro, pretendiendo
agrandar mi pánico. Oigo ruido
del torrente, miro abajo y aturdido
cierro los ojos, en un mundo ruego
ante la escena de terror y fuego.
Y tras un vuelo que yo siento eterno,
tocan mis pies en el tercer infierno.


                ORACIÓN

   Señora de la Paz que velas sola,
la soledad del hombre, ¡hay tanta pena!,
¡está tan confundido con la arena!,
¡está tan siempre al borde de la ola!

  Señora de la Paz, la caracola
donde el Amor se escucha y se serena
el alma de su angustia. Tú, la llena
de gracia, la sonrisa que arrebola.

  La del "no tienen", la que nada pide.
Tú, la mirada donde Dios se mira.
Tú, la fe, la esperanza, la humildad.
Tú, la palabra donde Dios decide.
Tú, su poema, su canción, su lira.
Virgen, Madre de Dios, danos la paz.

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