Diálogo con tres Grandes de Florencia sobre el estado de la ciudad. En el despeñadero del Flagetón. El cebo para atrapar a Gerión. El Infierno.

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  Nos llegaba el sonido del agua al
caer el abismo que avisaba
la presencia del borde, donde acaba
este sitio y comienza otro mal,
más terrible y oscuro, más brutal,
enconado y dañino.
                             Aún quedaba
un trecho hasta alcanzarlo y yo miraba
al grupo que cruzaba el arenal,
empapado en el fuego, cuando
tres sombras, juntas, partieron gritando,
corriendo hacia nosotros:
                                   —¡Tú, que pasas
sin dañarte la arena ni las brasas,
detente! —me decían—. Por tu traje
llegas de esa ciudad, donde el ultraje
es moneda que corre cada día
más. ¡Qué heridas vi en sus cuerpos y aún es
que me siguen doliendo! 
                                   —Sé cortés
con ellos —me advirtió mi Guía—,
fueron de gran estima y gran valía,
y a pesar del estado en que les ves,
si no es el fuego, bien fuera al revés
la carrera, y tú quien correría
a su encuentro.
                        Cuando se encontraron
ya cerca de nosotros, comenzaron
a girar en redondo, levantando
sus rostros hacia mí, siempre cambiando
los pies y la cabeza, sin dejar
de moverse.

                 —Si ahora nos ves temblar
—dijo uno—, si este mísero estado
te lleva a despreciarnos, nuestra fama
te incline hacia nosotros, que aún aclama
tu tierra nuestro nombre. A mi lado,
éste que ves, desnudo y abrasado,
lleva la sangre de una noble dama
y bien usó su espada y aún se llama
por ella. A este otro, no ha acabado
de agradecer tu tierra sus consejos,
y, de haberlos seguido, fueran lejos
sus males de hoy. En cuanto a mí, me hallo
bajo la culpa cuyo nombre callo,
por causa muy distinta y bien diversa,
una esposa cruel, dura y perversa.

  Si no fuera por el temor del fuego,
a sus pies, no a sus brazos, yo me hubiera
arrojado, y bien lo consintiera
mi Señor.
              —No penséis, os lo ruego,
que os desprecio. Mi corazón es lego
en vuestra pena y vanamente fuera
vuestro juez, ni mi razón pudiera
entender una causa a que no llego.
Soy de vuestra ciudad y siempre he oído
vuestros nombres, honrados con respeto
y afecto. En cuanto a mí, he venido,
mas no para quedarme, para ver
todo el dolor del hombre y comprender
mejor su corazón, que está sujeto
a tantas trampas.
                        —Dinos, ¿La cortesía
existe aún? ¿o ya se la ha arrojado
de la ciudad? Algunos que han llegado
hace poco traen nuevas que sería
terrible de ser ciertas.
                                —Yo os diría
—les dije—, que aún se han callado
muchas cosas. Sabed que se ha instaurado
el reino del temor, la hipocresía
y el orgullo. Las rápidas ganancias
sin esfuerzo, las míseras jactancias
del poder cuando busca su provecho
propio  y el poder del dinero
hacen de la ciudad estercolero.
¡Ya no hay ni cortesía ni Derecho!

  Así grité bien alto. Y ellos tres,
al oír mí respuesta, se miraron
asintiendo y luego murmuraron
dirigiéndose a mí:  —Feliz tú, si es
tal tu temple y no cede, aunque estés
perseguido. Luego me suplicaron
por su memoria y se alejaron
corriendo, cual vinieron, a través
de las brasas.

                   Seguimos nuestro paso.
Y se oía el bramar que ensordecía,
del agua al despeñarse, sin acaso
dichoso, sin salida. Anudaba
mi cintura la cuerda en que pensaba
domeñar la pantera. No podría
pensar que mi Señor me la pidiera,
pero así fue, y se la di enrollada.
Y una vez en sus manos, fue arrojada
como un cebo al abismo.
                                    Desde fuera,
como suele pasar en la escollera,
cuando la gente contempla callada
—mas no sin pensamiento—, la ignorada
maniobra, yo así — en tanto—, a la espera,
me decía: a ver lo que sucede.
  —Mira allí y lo verás —dijo mi Guía.

  En las verdades que el hombre no puede
mostrar sin que parezcan fantasía,
es prudencia callar. Pero yo tengo
que hablar y a mi Señor me atengo.

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