Siguiendo el curso del Flajetón. Las brasas de fuego. La blasfemia contra la naturaleza propia. Diálogo con Mícer Bruneto. Tercera predicción: las insidias. Respuesta de Dante.

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Vamos por el ribazo
que no quema y forma como un muro,
no muy ancho, donde el suelo es duro
y corta el arenal en un hachazo,
todo a su largo, hecho según el trazo
de los diques y formado al conjuro
de alguna extraña fuerza, de un oscuro
temor entre dos rabias en rechazo
mutuo.

Nos habíamos alejado
ya tanto de la selva que no la hubiera
visto, de volver la cabeza, cuando
encontramos a un grupo atormentado,
por debajo en la arena. Y cual hiciera
el sastre por la noche, enhebrando
la aguja, así ellos entornaban
los ojos, buscando entre humareda
y niebla, un hueco donde pueda
penetrar la mirada.
Casi estaban
a nuestro lado, si bien les llegaban
las brasas y eran sus manos rueda
en el aire y sus pies, en veda
de asiento, ni un instante dejaban
de moverse.
Y he que fui conocido
por uno de ellos, que me asió
del borde de mi manto, en inquieto
ademán, cual si entre sorprendido
o contento. Presto le conoció
mi alma: —¿Vos aquí, Mícer Bruneto?

Y él: —No te importe —dijo— que deje
mi grupo para hablar contigo.
—Yo os lo ruego —le digo—, y si lo
permite aquél que me protege,
me sentaré con vos. —No, sigue, teje
tu senda y yo te sigo —replicó—,
en este sitio atroz, ve que no
hay descanso, ni nada que aleje
el furor de las brasas.
E inclinando
mi rostro, al tiempo que él elevaba
el suyo a mi, seguimos caminando,
al principio en silencio. Yo, apenado,
contemplaba el rostro requemado
que me habló de una ciencia que eterniza
al hombre.
—¿Qué suerte o qué destino
ha traído tus pasos al camino
del fuego, de la arena y la ceniza?
—preguntó.
Respondí: —Si ahora riza
mi nave este lugar, presto adivino
la dulce luz. Mi paso peregrino
por muy poco se yerra y esclaviza.
Ayer por la mañana me perdí
en una selva oscura, ya tenía
la muerte sobre mí, y éste, mi Guía,
vino en mi busca. Él me ha rescatado,
obedeciendo al sueño enamorado,
que una vez, de unos ojos, recogí.

—Si sigues a tu estrella, no puedes
no llegar a puerto. Si yo no hubiera
muerto tan pronto, bien pudiera
prestarte alguna ayuda. Negras redes
se ciernen sobre ti, por más que heredes
sangre romana, pero no pluguiera
a sus bocazas fruta tan cimera.
Queden con su ruindad, porque tú quedes
con tu gloria. Aquel pueblo furioso
que descendió del monte y no ha aprendido
nada, nunca ni nada aprenderá,
te marcará la vida en un acoso
continuo. Cuando hayas conseguido
tu corona, entonces luchará
por conseguir tus restos.

—Yo luché
por vos, Mícer Bruneto. Si por mí
fuera, vos no estaríais aquí,
sino en la dulce tierra. Supliqué
pero en vano. Sabed que siempre os vi
como un noble maestro y recibí
mucho bueno de vos y lo guardé.
Mas hay una verdad: cuando el Amor
crea al ser, lo nombra con su nombre
propio, y así es mujer u hombre.
Y no es bueno enmendar al Creador,
como si Él no supiera o si no amara,
y, poniendo alma en su cuerpo, se burlara
del ser.
De mí, en tanto mi conciencia
no me remuerda, no me importan males.
Sabed que no me vienen nuevas tales
advertencias. Pero existe otra ciencia,
donde el hombre busca manantiales
eternos para el corazón, cuales
son sus ansias. Hay una querencia
que llama, y a más gire la Fortuna
amarga, no cambiaré ni mi cuna,
ni mi destino. Y allá el campesino
apisone la tierra y el molino
muela el grano.
Mi Poeta, que oía
atento mis palabras, asentía.
Yo, atento al que me hablaba, pregunté
por su grupo.
—Alguno hay de valor
—me dijo—, de otros muchos es mejor
callar. Sería largo el tiempo de
explicar la miseria y el dolor
que aquí yace. Pero viene por
allí otra gente y tengo que
alejarme de ellos. Cuida de
mi "Tesoro”, la obra en que dejé
lo mejor de mí y dónde aún vivo.

Y echó a correr, buscando su objetivo
incierto y más bien pareciera
que portara la antorcha en la carrera.

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