El arenal de la blasfemia. Los blasfemos contra el cielo. El furor del Campaneo. Flajetón, el río sangriento. Explicación de Virgilio sobre el sentido del llanto humano. El anciano de Creta. Los cinco ríos.

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Recogí los despojos esparcidos,
que puse al pie del árbol tristemente,
y atravesamos el bosque doliente,
ya también para mí, por conocidos
sus terrores.

Mis ojos, aún sumidos
en la espesura, se encontraron frente
a un arenal sin rastro de simiente
alguna: guijarros esparcidos
sobre el terreno estéril. Y el espacio
del aire apenas llega, sino al punto
donde vuelve la piedra que se lanza
contra el cielo, como reo presunto
de un terrible delito, cual prefacio
de petición de cuentas en venganza
quizás… de haber nacido...

Lentamente
cae un fuego de copos, tal como hace
la nieve sin el viento, y se deshace
en la tierra, que inmediatamente
arde como la yesca al mordiente
del pedernal. Ni un punto en que se aplace
su furia, ni un hilo en que adelgace
su rabia: el arenal ardiente
es un horno a dos bandas.

Desde fuera,
al borde de la selva, sin entrar
en él, pues mi cuerpo se hubiera
consumido en su fuego, pude ver
hombres. Muchos trataban de espantar
las brasas con las manos, por arder
menos. Otros —los menos— yacían
inmóviles, pero éstos se quejaban
más que nadie, sus voces abrasaban
el aire y más bien parecían
volcanes que en su rabia despedían
los tizones candentes. Me llegaban
sus gritos y blasfemias que avivaban
la densidad del fuego y caían
sobre ellos.
—Mi Señor, ¿quién es ése
que está allí, quieto y mudo, cual si fuese
que nada le importa? Y él, que oyó
mis palabras, al punto me gritó:

—¡Tal como en vida fui, así soy muerto.
Y puede tener Júpiter por cierto
que por más que fatigue al forjador
de los rayos que lanza contra mí;
que aunque en su negro y ciego frenesí
vacíe el Etna; que aunque en su furor,
pida ayuda a Vulcano, porque así
tenga más fuego; que aunque él mismo y
todo el Olimpo vuelquen su rencor,
no va a oír de mis labios una queja!
¡No tendrá ese placer ni ese trofeo!

E indignado, mi Guía: —¡Campaneo!
Es tu propio furor que no te deja,
es tu propio rencor el que te agravia,
no cabe otro mayor: ¡tal es tu rabia!

—Hijo —añadió—, hay quien escupe
contra el Cielo y pretende que el Cielo
le manda el castigo. ¡Triste duelo,
la soberbia! ¡Y que el hombre se aúpe
pensando en que el Amor se preocupe
en castigarle? ¡Si él sólo es el pañuelo
de su furia! ¡Si él sólo hace escarpelo
de su orgullo! No hay Amor que se ocupe
en el odio, ¿qué más nos puede dar
que hacernos hombres y poder amar?

Y yo exclamé: —¿Qué más puede hacer Dios
que hacerse hombre? ¿Qué más que sufrir
como los hombres? ¿Qué más que morir
por amor a los hombres, como los
enamorados?

Los ojos abismados
del Poeta —ansia de amor que espera—
se llenaron de lágrimas: —Si fuera
así — murmuró— ¡cuán bienamados
podríamos vivir, ¡cuán confiados
podríamos partir hacia la esfera
de la luz y la eterna primavera!
¡Qué hermosos son tus versos, ignorados
para mí!. Si yo hubiera sabido
de ese Amor... Pero evita la arena,
que este lugar abrasa y no es de pena.

Y caminando, cada cual sumido
en sí, llegamos hasta donde nace
un arroyo bermejo que aún me hace
estremecer. El agua petrifica
la orilla y su ácido vapor
corta el fuego, haciendo alrededor
como un túnel, por donde comunica
la selva con el borde. ¡Aún suplica
mi alma por los troncos sin amor!
¡Qué débil es el hombre y su valor,
si la pena se llama soledad!

—Mira, hijo, este río, que contiene
tanto dolor, que apaga toda llama
de este lugar terrible, donde clama
el ser con su soberbia y terquedad.
—Señor —le respondí—: ¿de dónde viene?

—Allí en la tierra —dijo— rodeado
de mares, existió en la antigüedad
un reino, Creta, que vivió la edad
dorada. Hoy ya se ha olvidado
su existencia, salvo el sueño callado
de los poetas. Ya sólo hay soledad
en Ida, su montaña, mocedad
de otros tiempos, que ha apagado
el canto de sus ríos y sus aves,
el verde luminoso del follaje,
y, cual las cosas viejas, viste traje
de harapos.

Noble, los gestos graves,
un anciano en su cumbre, la mirada
en Roma, llora, mas no la pasada
edad. Su cabeza es de oro puro,
plata fina su pecho, bronce entero
su cuerpo hasta las ingles y cimero
hierro, sus piernas.

Mas no está seguro,
porque si su pie izquierdo es hierro duro,
no así el derecho — que es de barro—, pero
en él se apoya más. Mal asidero
para tanta nobleza sin futuro,
que se derrumbará si por él cede,
con toda su grandeza, cual sucede
con los imperios al quebrar la base,
que hace que se pierda y que fracase
hasta el sueño mas alto.

El viejo llora,
acaso porque teme, o porque implora.
Salvo lo que es de oro, se halla hendido
agrietado. Las lágrimas bajan
a través de sus grietas y cuajan
en cinco ríos. Según el sentido
de su dolor, tal se ha dividido
el curso de su llanto.
Así amortajan
las aguas de Aqueronte. Se rebajan
del hombre con la Estigia. Enfebrecido,
éste que ves — el Flegetón—, reniega,
y Cocito, en el hondo hielo, niega
al que traiciona y hace de él su reo:
allí todo es horror, odio y locura.

Hijo, hay también un llanto de ternura
y ése sube a lo Alto, es el Leteo.
Pero ése has de verlo solo, cuando
yo ya me haya ido, pues tu pena
sólo es para tu llanto. Y cual la arena
lamida por las olas va lavando
todas sus impurezas, y olvidando
su antigua vida, se vacía y llena
de otra sal que la esencia sin cadena
al pasado, tú solo, allí, llorando,
entrarás en sus aguas: saldrás niño
recién nacido.
Pero ahora debemos
abandonar la selva. Ve al aliño
de mis pasos. La niebla del vapor
nos hace senda, y así podemos
cruzar el arenal sin el temor
del fuego.

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