La tumba del renegado. Sobre la sima infernal. Explicación de Virgilio sobre los designios del mal y sus medios: la violencia, el engaño, la traición. La eternidad del ser.

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Junto a un ingente cúmulo, formado
por grandes piedras rotas, apiladas
en círculo, vi las más atormentadas
de las almas y el más encarnizado
fuego. Del abismo infectado
surgía tal hedor, a bocanadas,
que hubimos de volver nuestras pisadas
en busca de refugio.
Y allí, al lado
de una gran losa, pude leer: “Guardo
a Anastasio que sigue a Plotino.
Llamado hijo, quiso ser bastardo”.
Mi Guía calla. Y yo —que adivino
cuál es su pena— bajo la mirada,
me arrimo a él, y no decimos nada.

—Hemos de acostumbrarnos a este hedor.
—habló al cabo— Este fétido aliento
nos acompañará en todo momento,
en lúgubre viaje. —Mi Señor,
busca que el tiempo sea servidor
de nuestra espera y no tormento
inútil.
—Hijo, es lo que intento.
Y como ya conozco tu temor
y tu curiosidad, voy a explicarte
—entre tanto aguardamos— cómo es
este lugar y su nefanda gente.
Y así, ya no tendrás que torturarte
queriendo preguntar en cuanto ves,
que bien se lo pasa por tu mente:

“El mal va contra el primer bien:
la Libertad. Sabe que arrebatada,
el hombre se embrutece y ya no es nada.
Una vez apartada de su sien
su alta corona, ya no sabe quién
es, y así, perdida y mancillada
su inocencia, aparta su mirada
de la Luz: queda solo, sin sostén
en la tierra.
Piensa que el hombre es lobo
para el hombre, esconde sus amores,
conoce el miedo, la desconfianza,
la violencia, la mentira, el robo;
teme vuélvanse en daño sus favores,
pierde su fe en la vida y su esperanza,
y el mundo en un erial.
Ya sólo lucha
para sobrevivir sus cortos días,
un poco de placer, mil agonías,
y el deseo de huir cuando se escucha
su grito de terror. Pero aún hay mucha
ansia de amor: son todas sus porfías
arrancar a jirones, alegrías,
denario a denario, de la hucha
del corazón.
Mendiga las migajas,
disputa con los perros su derecho
—dientes contra las manos cabizbajas—,
poco a poco se aparta de su empeño,
y por unas monedas, por un techo,
se hace esclavo, al final, de cualquier dueño.

Busca el apoyo de su compañero,
pero entonces conoce el engaño
del igual. Esto le hace más daño
todavía. En su dolor postrero,
nada quiere saber, ni del extraño,
ni del vecino, y se aferra al caño
de su pequeño mundo, aún verdadero:
esa pequeña luz en que aún se vive,
ese pequeño oasis que aún empalma
la vida a su agostado corazón:
¡la Amistad! Pero el mal, que lo percibe,
también llega hasta allí, y un día el alma
cae bajo el puñal de la traición.

Y esto es el Infierno. Pero aquí
está sólo el que lo hace, ya no tiene
víctimas. No. Ya no se sostiene
de otras vidas. Ya no le vale el sí
por el no. Está con su maldad y
mastica su rabia. Se mantiene
de su rabia y sólo obtiene
el fruto de su rabia. Así
es el Infierno.
Verás la violencia
en todas sus maneras, el engaño
bajo todos sus rostros, la traición,
la soledad total, y la conciencia
que vive para odiarse con su daño,
sin darse ni descanso ni perdón.

Porque Dios no se niega, ni su esencia,
ni en sus obras. Y lo que fue creado
para el Amor, no será negado
por el Amor. Cuando da la existencia
para el Bien que, infinito, le ha soñado,
es para siempre.
No será borrado
el ser, por más engaño y violencia
que se haga y quiera hacer al Creador.
Podrá apartarse de Él, seguirá siendo.
Querrá dejar de ser, inútilmente:
es impotente al acto del Amor.
Querrá morir, mas seguirá existiendo,
porque ha sido nombrado eternamente.

Pocos momentos antes que viniera
a nuestro mundo el noble y gran Señor,
hubo una luz, un fuerte resplandor,
y todo retumbó. ¡Tal pareciera
que el universo entero se volviera
al principio!... Fue tan grande el ardor,
tal estremecimiento en el amor,
que no entiendo que no se disolviera
todo en Él.
Porque fue la dulzura
de un abrazo, tan hondo y entrañado,
tal gozo, tal regazo de ternura,
en nuestro mundo desesperanzado,
que aún en mi pena, misteriosamente,
sentí que me nacían dulcemente.

También este lugar, por lo que veo,
notó el temblor, pues esta roca estaba
entera cuando vine, negra lava
que vomitó el furor del negro reo
de su traición tras el loco deseo
de su huida.”

Arriba, la noche acaba,
cual mi plática. El borde de grava
espera y hemos de seguir. Creo
que aunque dura y difícil la bajada,
más te será ver toda la amargura
que se ha enquistado aquí, con su terror
repetido y continuo. Ser sin nada.
Existencia sin vida ni figura.
Bajemos, hijo, al pozo del horror...

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