La torre de alerta: Flegias, el sádico. Cruzando la laguna: El ataque de Felipe Argenti. Ante las murallas de la ciudad del mal. Los demonios guardianes: la puerta cerrada.

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La mole, desde lejos, controlando,
alertó nuestro paso y emitió
dos señales a las que respondió
otra distante. —¿Qué se está tramando
con esta seña?
Mi Guía, retornando
los ojos al pantano, lo observó
largamente. Luego me señaló
a lo lejos: —Ve, ya se está acercando
el que avisaba.
Flecha no hubiera
más rápida y ansiosa, cual llegaba
la nave y el ávido arremeter
de su piloto, catadura negrera,
voz áspera y cruel que trepidaba:
—¡Alma perversa, estás en mi poder!

—Éste no, Flegias. Hoy es tu ejercicio
sólo remar. El sádico miró
al Poeta. Burlado, rechinó
los dientes del sórdido orificio
aullante que goza en el suplicio
de tantos seres. Mi Maestro entró
el primero en la barca, que notó
mi peso, hecha para el servicio
sólo de las sombras, y se hundió
más que de costumbre. En el agua muerta
de la charca suena el triste compás
de la boga. Del hondo de la poza
surge a mi lado una figura incierta.
—¿Quién eres?
—Ya ves, uno que solloza.
Y yo entonces: — ¡Apártate, maldito,
que te conozco y más que te cubriera
el lodo en que te ocultas!
Tornó fiera
la sombra hacia nosotros — antes contrito
gesto— y mi Guía, en fuerte grito
que mayor no daría la pantera
defendiendo a su cría: — ¡Vete fuera
con los perros!
Y armado de inaudito
vigor, arrojó a golpes a aquel
miserable, y luego me abrazó,
temblando del peligro conjurado,
y me dijo:
— ¡Bendita, noble y fiel
Aquella que te vela y engendró!,
pues sabrás, hijo, que Ella te ha salvado.
Esta sombra fue un hombre despiadado,
henchido de soberbia, crueldad
y rabia. ¡Cébese su maldad
en su piara! Tras él, sólo ha dejado
odio y rencor, y aún en su desgraciado
tormento, no merece piedad
ni recuerdo.
—Maestro, de verdad
quisiera verle hundido y olvidado.

Y así se me otorgó, pues ciertamente
sus compañeros en la violenta
laguna dieron buena cuenta
de Felipe Argenti, que impotente,
entre bufas, sarcasmos y puñadas,
se arrancaba la carne a dentelladas.
Dejémosle.
Fue al poco que escuchamos
un lamento terrible, un estertor
agónico y letal. Busqué con horror
su causa. Y mi Guía: —Ya llegamos
a la ciudad de Dite: reclamos
del Maligno maquinando el terror
y la muerte, ardiendo en el furor
de la envidia contra los que amamos
la vida.

Aquellos fosos dragados,
sedientos, voraces construcciones
anónimas, argamasa muerta
de sangre seca, pilares desalmados,
herméticos, negras execraciones
de la Bestia… —¡Ya tenéis la puerta!
—gritó Fidias—. Si aquel muro yerto
fuera avispero, no saliera indignado
tal enjambre furioso e infatuado
contra nosotros:

—¡Ése no está muerto!,
¡Qué hace aquí! —gritaron en abierto
combate mil demonios—. Mi Guía, sosegado,
mostró querer hablarles en privado.
—¡Que él se vuelva atrás. Tú, ten por cierto
que te quedas¡
—Maestro, ¡no me dejes!,
¡no te vayas! ¡Si es preciso volvamos,
pero juntos! — temblando le imploré—.
Y mi amado Señor: —Hijo, no cejes.
Es grande la batalla que libramos,
pero aguarda tranquilo, volveré.

Quedé allí, confundido, mientras él
se acercó a los demonios, que al punto
le envolvieron. Solo, con el barrunto
de mi temor, supe lo que es la hiel
del miedo. No duró mucho aquel
encuentro ni me llegó el asunto
que trataron. Al cabo, el conjunto
maldito, en airado tropel,
entró en su cubil y cerró la puerta.

Noté en mi Guía la mirada incierta
y pálida su faz, como sumido
en graves pensamientos, mas —crecido
ante mi miedo— me alentó: — Ya viene
el enviado de aquel Ser que tiene
toda la Virtud.

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