El infierno de los tormentos: Minos el examinador de las culpas. Segundo Círculo. El viento infernal: los prisioneros del amor carnal. La historia de Paolo y Franchesca.

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Descendimos al círculo segundo,
de más estrecho cerco y doloroso.
Allí Minos, terrible y espantoso,
analiza las culpas e infecundo,
ordena el puesto que en el ciego mundo
se asigna a cada alma. Temeroso,
confiesa el ser sus faltas. Sin reposo,
él dispone el tormento en el inmundo
hueco.
Inmisericorde, frío, duro,
marca el sitio preciso, tan seguro,
que nada queda al alma examinada;
y, mísera, al huir de la Justicia
del Amor, se somete a la inmundicia
de la sentencia hostil y despiadada.

Secas, de pie, las almas, una a una,
Minos las analiza, clasifica
y decide. Duramente despotrica
y rechinan sus dientes. No hay ninguna
esperanza. Implacable tribuna
de soberbia, silogismo que se aplica
a analizar miserias, no se implica
en el dolor. ¿Piedad?.., ¡si hubiese alguna…!
Pero él no sabe qué es, él, desalmado,
ignora al alma y mide su pecado.

—Tú, que vienes al doloroso hospicio
—me gritó—, no te fíes, no te engañe
lo amplio de la entrada.
—No te atañe
éste —dijo mi Guía—, ve a tu oficio,
que tú no sabes nada.

No existía
luz en aquel lugar. Vientos contrarios
desgarraban su espacio, adversarios
mares siempre sin tregua. Se sentía
el rumor del gemir en agonía
en el aire, tristes itinerarios
de dolor, puñales sanguinarios
en dura lucha y en tenaz porfía.

Y supe que allí estaban los que niegan
a la razón, siguiendo el apetito
de la pasión del cuerpo al que se entregan.
Y su pasión, sin rumbo ni sentido,
se ha convertido en vendaval maldito,
muerto el placer y el corazón perdido.

¡Como las bandas de los estorninos
llegado el tiempo frío y el desdeño,
y el terrible huracán!... El blando sueño
ya no tiene lugar: secos espinos
aguardan la carnaza, desatinos
de sangre y plumas, y el que fue dueño
de su volar, hoy gime en el empeño
de evitar el puñal. Los dulces trinos
hoy son gritos de horror.
Así llevaban
los vientos a las almas que en hilera,
sollozaban, gemían, blasfemaban,
y sus llantos se tornan en aullidos
sobre la horrenda sima, bramadera
donde se sorben todos los gemidos.

—Maestro, yo querría conversar
con ésos que al mirarlos, me parecen
vilanos en el aire, cuando crecen
los cardos y es el tiempo de soñar...
¡tan leves son!… ¿qué han hecho para estar
aquí?... tan tiernos que enternecen...

—Llámalos —dijo—, tu piedad merecen.
mira, no su pecado, su pesar.
Ellos se acercarán cuando les llegue
el remolino que les encadena,
escucha de sus labios triste historia
y sabrás cómo, a veces, una pena
hace que, ciego, el corazón se niegue,
encerrada en un punto su memoria.

—¡Vosotros! que miraros me estremece,
enredados, no heridos, triste vuelo
teñido de dolor y desconsuelo,
¡venid!, si el viento oscuro no lo empece.

Ellos se me acercaron, enmudece
ver dos palomas en ausente cielo
empañados sus ojos por un velo
que impide al corazón y entenebrece
el alma.

Tú, que miras nuestra herida,
dijo ella — él sólo sollozaba—,
un instante nos ata, es imposible
borrarlo, no tenemos otra vida
que él. Todo allí empieza y acaba
para nosotros. Y oye lo indecible:

“¡No hay mayor dolor, en la miseria,
que recordar el tiempo de la dicha!”,
tu Maestro conoce esta desdicha,
y bien lo sabe… Triste, la materia
muere…, la vida, fulgurante feria,
se apaga... El alma se encapricha
y se resiste a abandonar la ficha
de su juego. Ignora cuán seria
es su elección:
“Un libro, aquel pasaje
cuando el hombre, mudo de embeleso,
besa como nadie hizo jamás.
Solos..., mi casto amigo, dulce paje,
puso en mis labios su encendido beso…
Y aquella tarde no leímos más”

“Aún me tiembla la sangre derramada
por injusto puñal que nos dio muerte,
en venganza de honor. Fue nuestra suerte
pasión ante la ira arrebatada.
Pero más triste y dolorosa espada,
aquel instante, dulce, que tan fuerte
nos enredó. Aquí somos inerte
recuerdo, donde el alma, atribulada,
nada quiere esperar. Porque, imborrado,
siempre lloramos el placer perdido
que nos azota en viento yermo y yerto.”

—¡Qué sutil es la tela del pecado!

Y lleno de piedad, perdí el sentido
y caí en tierra como un cuerpo muerto.

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