Esperando la ayuda prometida. Terrores antiguos: Las Erinnias. Gorgona. La llegada del Ángel. Entrando en la ciudad del mal. El Cementerio.

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—Pues se me ha ofrecido...

Yo sentía en su voz que le embargaba
una extraña inquietud. Y él —que notaba
mi advertencia—, puso atento el oído,
buscando en las tinieblas un sonido
—ya que la vista apenas alcanzaba
a nuestros rostros—, mientras yo atisbaba
sus gestos, entre ansioso y afligido.

—“Venceremos, si no…, mas, cuánto tarda…
Pero me fue ofrecido…” Ocultaba
que algo iba mal, y a más que procuraba
calmar mi corazón, que se acobarda
tan fácilmente, en aquellos momentos
sólo tenía negros pensamientos.

—Di: ¿Bajó al fondo de la cuenca oscura
alguno de vosotros, los del primer
círculo? Y él: —No suele suceder:
sólo hay maldad, envidia y amargura.
Pero a veces nos mueve la ternura:
yo estuve aquí una vez, una mujer
me conjuró, y para detener
su llanto, bajé a la sepultura
del traidor para sacar un alma
del más hondo lugar, el más oscuro
y lejano y de más triste sino.
Fue al poco de mi muerte, así, ten calma,
tan pronto aquél que espero abra este muro,
proseguiremos, conozco el camino.
Pero hay que entrar, las aguas pestilentes
nos rodean...
Él siguió…, yo no oía,
rígido ante el espanto que surgía
a mis ojos de las torres ardientes:
tres formas femeninas con serpientes
por cabellos, y la sangre caía
de sus rostros, mezclándose en la orgía
del veneno que aguardaba en los dientes
de sus turbias melenas, ¡como un reto!

Mas no al valor de mi templado Guía:
—Ve, Meguera, Tisífone y Aleto,
son las verdugas, las hijas espurias
de la Hidra maldita, de la Arpía,
son las Erinnias, las terribles Furias.

En obsceno arrebato, desgarraban
sus pechos con las uñas, ofendidas
de nuestra indiferencia, y encendidas
de rabia y de furor, nos insultaban
con palabras soeces y llamaban
a maldades mayores que escondidas
se encuentran al acecho en sus guaridas,
aguardando sus presas, que allí acaban
a la postre, rendida y fácilmente.

—¡Llamemos a Gorgona y le convierta
en piedra! ¡Que le seque el deseo!
¡Venguemos el ataque de Teseo
y quede su alma eternamente yerta!

—¡Vuélvete! —exclamó inmediatamente
mi Señor—. Si ese horror se presenta
y tú le miras a la cara, sabe
que todo está perdido. Y por si cabe
a mi curiosidad, él, por su cuenta,
puso sus manos sobre mi sedienta
faz, por no dejar al azar la llave
del descuido.

Sepa, el que escucha, el grave
y terrible mensaje que se inserta
en versos misteriosos: “¡Nadie tiente
al mal!” Las sombras, hábilmente,
buscan que el alma ingenua y vanidosa
entre en la red mortal de su falacia.
La batalla final y victoriosa
sólo es de quién es todo Luz y Gracia.

Me llegaba el sonido impetuoso
de un terrible ciclón que retumbaba
en laguna y riberas. Yo palpaba
la euforia de mi Guía que gozoso
deshizo de mi cara el amoroso
escudo de sus manos. Emanaba
nueva y profunda paz que iluminaba
su dulce rostro, antes temeroso
y triste: —¡Mira! ¡Ve la espantada
de los furiosos!
No vi saltar
las ranas cuando ven a la serpiente
enemiga, ni cuenca dilatada
por más hondo terror, que el pulular
ante aquél que avanzaba firmemente,
espantando las aguas de tal modo
que parecía hollar el firme suelo.
A veces apartaba como un velo
el aire denso, pues el triste lodo
huía a su pisada, cual si todo
él llevara en su mirada el Cielo
de donde procedía, y todo el celo
del Amor por espada y acomodo,
sin importarle nada más.
Mi Guía
me hizo guardar silencio y la distancia
obligadas, y bajamos la cara
ante el ser luminoso que seguía
avanzando y, sin más importancia,
abrió el lugar con una simple vara.

Luego, con ese hastío indiferente,
ese desdén al mal que da la ciencia
que sabe la victoria y la paciencia,
surgió a su voz —ni airada ni clemente—
sobre aquellos que fueron en naciente
día, sus amigos, y tras la violencia
del maligno, enemigos. No hay dolencia
ni rencor en su tono, solamente
verdad:

—“¡Cuándo conoceréis que estáis
vencidos y que sólo la gloria
de Aquella a quién teméis, porque la odiáis,
os mantiene! Basta tan sólo que Ella
apoye su sandalia, y sin más huella,
sólo seréis horror, sólo memoria
de horror”.
Y cuando hubo cumplido
su misión se fue, con la mirada
fija, a la sonrisa enamorada
que le envió, dejando en el olvido
todo lo demás.

Algo compungido
quedé: busca, el que sólo es nada,
la atención, pese a serle otorgada
la caridad del más enaltecido
de los seres. Y entramos. Sólo había
campos de soledad y de amargura
por doquier al envés de la muralla.
Ni casas ni ciudad. Sólo agonía
de cementerio, de fuego, de locura,
de sinrazón. El corazón estalla.

Porque en esos sepulcros, enterrados
cabeza abajo, las piernas al vacío,
pataleando, ¡hay hombres! ¡y es mío
su linaje!... Peones utilizados
por el odio… ¡hay hombres! Desafío
donde escupe el maligno el poderío
contra el Amor: ¡hombres desesperados!

Siento el frío que abrasa mi cabeza:
querer ser como Dios desde la nada
y al modo de la nada, en el horror
de la envidia y de la muerte, la realeza,
la dignidad del ser pisoteada,
y la siembra del miedo y el terror
sobre los hombres. Y esto no es humano,
no es propio de la raza que lo siente
como mal, se esconde en la serpiente,
engaña a un ser pequeño, más ufano
que malicioso y, al cabo, el hermano
mata al hermano, y empieza la doliente
soledad sobre la arena ardiente,
y el sueño de un recuerdo en el arcano
del alma.

“¡Cuándo conoceréis
que estáis vencidos, que Aquella a quien teméis
—porque la odiáis—, ostenta la victoria
por encima del tiempo y de la historia!”

Sabed que la sonrisa iluminada
que nació el universo a su mirada
es de los hombres. Suya es la promesa,
suyo es el canto alegre y cristalino,
suya la luz y el goce en el camino,
suyo el manto y el lino de la mesa,
suyo el cristal del vaso en que se besa
el vino, el sueño peregrino,
la pureza, y suyo el Ser Divino
porque quiere ser suyo y se embelesa
en su esclava: Hija, Madre, Esposa.
En su Gracia concibe toda cosa
y de su nombre nace todo nombre.

Sabed que la sonrisa enamorada,
sólo distinta a Dios porque es creada,
es Madre: es la Madre de los hombres.

Trailer · Canto IX

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