Primer Círculo: El Mundo sin Luz: El recuerdo del hombre que libertó a Adán. Encuentro con los grandes poetas. El castillo de las almas nobles.

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Terrible trueno resonó en mi mente
y me hizo despertar. Me vi llegado
al borde del abismo, desolado
lugar donde mora la doliente
multitud. Retumbaban tristemente
los ayes del dolor, profundo y abrumado,
y en tan densas tinieblas penetrado,
que fatigué la vista inútilmente.

—Descendamos, ahora, al mundo sin luz
—dijo mi noble Guía, conmovido
y pálido—. Y yo, al ver su blanca faz:
¡Maestro!, si vacila la virtud
de tu valor, ¿qué haré? —Hijo querido,
lo que en mi rostro ves, sólo es piedad.

Y siguiendo sus pasos, me adentré
en el primer círculo infernal
y oí suspiros de tristeza tal,
de penas sin tormento, que temblé.

—¿No me preguntas nada, ni por qué
llora esta gente? ¿No preguntas cuál
es su falta? Pues sabe que no hay mal
en ellos. Y yo supe y me callé.

Y él siguió: —No lloramos por pecado,
ni indolencia: que humano bien hicimos;
mas sin la Fe no hay bienaventuranza.
Nuestro vivir es sólo inalcanzado
deseo del gran don. De eso sufrimos.
—Dime —exclamé—: ¿Os queda una esperanza?

Él respondió: —Me hallaba en este estado
desde poco, y un Hombre Poderoso,
de dulce faz y gesto bondadoso,
con cetro y de diadema coronado,
bajó hasta aquí. Nacía en su Costado
tal torrente de luz, que este penoso
lugar fue, en su presencia, venturoso
día. ¡Nos dejó el corazón arrebatado!
Se llevó a Adán, a Abraham, a los profetas
y a muchos otros se llevó consigo
a su Reino de Luz, de donde vino.
Y no te digo más, que mi ansia aprietas
y yo no llego a más, querido amigo,
no me atrevo a esperar lo que adivino.

Vi a lo lejos un fuego que vencía
tinieblas y no era la distancia
mengua para el aprecio y la importancia
que supe que a su gente se debía.
—Dime, Maestro, honor de la Poesía,
¿quiénes son los que tienen la ganancia
de tal favor?, ¿cuál es esa sustancia
que hasta aquí manifiesta su valía?

Y él respondió: —Este don se reserva
a los que en su vivir, se acompañaron
de obras de gran valor y gran virtud.
Tal es el bien, que siempre se conserva
y acompaña a las sombras que dejaron
la vida, antes hombres, con su luz.

Y una gran voz clamó con gallardía:
—¡Salve a nuestro altísimo Poeta!
¡Vuelve su noble sombra, siempre inquieta
por la belleza y por la cortesía!

Vi llegar en afable compañía,
un grupo, cuatro sombras, recoleta
figura y noble porte, faz discreta,
sin muestras de tristeza ni alegría.
Y mi amado Maestro, nunca en vano,
me mostró a aquellos cuatro, verdadero
honor del hombre y todo su linaje:
—Homero, Horacio, Ovidio, y a Lucano.
Entre nosotros —dijo— no hay primero
y todos nos rendimos homenaje.

¡Siempre mi alma estará reconocida
por el honor más alto que en el suelo
cabe! ¡Poder mirar la cima donde el vuelo
del Canto tiene nombre y se apellida
en ésos, que tras dar la bienvenida
a mi Señor, me dieron el consuelo
sin par de su amistad, igual modelo
de equidad, de nobleza y de medida!

Fuimos hasta un castillo, rodeado
de siete muros y un arroyo claro,
que bastábale el pie para pasarle.
Cruzamos siete puertas hasta un prado,
con mucha gente, de verdor no avaro,
y subimos a un alto a contemplarle.

Vi a los héroes nobles, valerosos,
las mujeres sencillas y prudentes,
los caudillos preclaros y clementes
y a los que juzgan misericordiosos;
los sabios esforzados y piadosos
de las miserias de las pobres gentes;
vi a los hombres honrados y valientes,
y a los humildes y a los generosos.
Vi, allí, a todos aquellos que buscaron
el bien y de él hicieron su ropaje
con la fe en una bella Humanidad.
Y del grupo de seis se separaron
dos, para que uno prosiguiera el viaje
que pidió para él, la que es Bondad.

Dejad, poetas, que éste, que ha llegado
tras vuestros pasos en peregrinaje
a este lugar, hoy ponga en el lenguaje
que no alcanza a esperar, enamorado,
su ruego a Aquel del pecho traspasado.
Y si una vez bajó, pida que baje
y que unas dulces manos borden traje
de boda para el que desarrapado,
se siente indigno.

Un ruego que sostenga:
si no llega a esperanza, sea sueño,
y este sitio de humano padecer
sea, todo él, deseo, porque venga
el que está ausente pero que es su Dueño,
y esta vez, a su lado, ¡la Mujer!

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