La Selva Oscura. El monte venturoso. La pantera. El león. Aparición de Virgilio: invitación al viaje

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En medio del camino de la vida
me vi perdido en una selva oscura,
la buena senda errada y la andadura,
cuando el alma vagaba adormecida.
Largo fuera contar, que no se olvida,
cómo era aquel lugar de desventura
y es sólo recordar tanta amargura,
y la mente quedar despavorida.

Aquel lugar terrible, desolado,
aquel lugar inhóspito, intrincado,
aquel lugar de pena y destemplanza,
aquel vagar sin rumbo ni sentido,
y cuanto más los pasos, más perdido,
sólo a la muerte tiene comparanza.

Mas al llegar al pie de una colina
donde acababa aquel valle de horrores
que en la noche crucé, con mil terrores,
y a punto estuvo de causar mi ruina,
alcé los ojos, vi la matutina
luz en el altozano. Mis temores
cesaron al mirar los resplandores
del astro que a los seres encamina.

Y hé que al subir la cuesta, una pantera
que me cierra el camino, y espantable,
un altivo león terrible y fuerte,
y de pronto, una loba, seca, fiera.
flaca, voraz, ansiosa y miserable.
Y perdí la esperanza de mi suerte.

Como aquel que respira, superado
el peligro mortal que le ha abatido,
para ver, desdichado, que ha caído
en otro más cruel y despiadado,
así yo, que un instante, sosegado,
miré aquel sitio del que no ha salido
alma viviente, me sentí vencido
por el espanto, y muerto, y devorado.

Cuando lleno de horror retrocedía,
vi una figura que me parecía
sin voz: tal fue el silencio que sentí.
Y al punto le grité en mi desespero:
—¡Quien seas!, sombra u hombre verdadero,
¡ven en mi ayuda!, ¡ten piedad de mí!

Me respondió: —Hombre no soy, lo he sido.
Cuando Julio nací, aunque ya tarde,
con Augusto viví, bajo el alarde
de falsos dioses que hoy han fenecido.
Poeta fui, y canté el valor cumplido
de aquel hijo de Anquises que cuando arde
la altiva llión, vencido —no cobarde—
funda imperio mayor que el destruido.
Y dime, ¿por qué estás en tanta pena
y no subes al Monte venturoso,
razón y causa de toda alegría?

Y al escuchar su voz, tornó serena
mi alma, pese al valle tenebroso,
porque mi corazón le conocía.

Así, ¿tú eres Virgilio? ¡Luminar
de los poetas, nobilísima fuente
de palabras, caudal que justamente,
por su grandeza, se llamara mar!
Cuántas horas he puesto en estudiar
tus libros, larga y amorosamente,
por ti, se me mostró, sabio eminente,
mi Maestro, el gran Arte y su rimar.

—Mira la fiera que me está acosando,
impidiéndome el paso, su presencia
sola me hace temblar venas y pulso.
Mira el lugar al que me va arrastrando,
ayúdeme, ante ella, tu prudencia,
pues en mí se ha parado todo impulso.

—Te conviene tomar otro camino
—respondió—, esa fiera es tan malvada,
sanguinaria, perversa y despiadada,
que es matar por matar, su desatino.
Su natural es bajo y tan mezquino
que no se sacia nunca. No acabada
de devorar la presa y la punzada
de hambre mayor abrasa su intestino.
Mas llegará el Mastín que entre dolores
la ha de dar muerte, porque Él no atesora
oro ni tierras, sino paz Amor.
Él la habrá de arrojar a los horrores
del Infierno, de donde, en mala hora,
la hizo salir la envidia y su rencor.

Seré tu guía, por eso he pensado
que te habré de sacar de este paraje
de otra manera, tras un largo viaje
por eterno lugar no visitado.
Oirás el llanto del desesperado
para siempre y el canto del linaje
que, humilde en su tormento, da homenaje
al que ver es ser bienaventurado.
Y en el lugar que todo en Él consiste,
feliz aquél a quien consigo lleva, ser
más digno que yo, te ha de guiar.

—¡Por ese Dios que tú no conociste,
ayúdame, Poeta, en cuanto deba!
Y así empecé a seguir su caminar.

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